SANTIDAD: EL PECADO – J. C. RYLE

SANTIDAD: EL PECADO – J. C. RYLE

639
Compartir

SANTIDAD: EL PECADO – J. C. RYLE

Traducido por: Erika Escobar

PECADO

“El pecado es la transgresión de la ley”.  (1ª Jn 3:4)

Aquel que desea asumir visiones correctas de la santidad cristiana debe comenzar por examinar el vasto y solemne tema del pecado.  Debemos excavar profundamente si deseamos construir alto.  Un error en ello es muy dañino.  Visiones equivocadas acerca de la santidad generalmente son camino seguro a visiones equivocadas acerca de la corrupción humana.  No me disculpo por comenzar este volumen con mensajes acerca de la santidad haciendo algunas declaraciones simples sobre el pecado.

La simple verdad es que el correcto entendimiento del pecado descansa en las raíces de la cristiandad salvada.  Sin él, las doctrinas de la justificación, conversión, santificación, son palabras y nombres que no conducen a ninguna significancia mental.  La primera cosa que hace Dios cuando El hace de alguien una nueva criatura en Cristo, es poner luz dentro de su corazón y mostrarle que él es un pecador culpable.  El material de la creación en Génesis comienza con “luz” y así también hace la creación espiritual.  Dios “brilla dentro de nuestros corazones” por el trabajo del Espíritu Santo y luego comienza la vida espiritual (2ª Cor 4:6).  Visiones oscuras y poco claras  del pecado son el origen de la mayoría de los errores, herejías y falsas doctrinas de los tiempos actuales.  Si un hombre no se da cuenta de la naturaleza peligrosa de la enfermedad de su alma,  no puede preguntarse si está contento con  remedios falsos o imperfectos.  Creo que una de las necesidades principales de la iglesia contemporánea ha sido, y es, la enseñanza más clara, más completa sobre el pecado.

1)  Comenzaré por el tema entregando algunas definiciones de pecado.  Por supuesto, estamos todos familiarizados con los términos “pecado” y “pecadores”.  Frecuentemente hablamos que el “pecado” está  en el mundo y hombres cometiendo “pecados”.  ¿Pero qué es lo que queremos decir realmente con estos términos y frases?  ¿Lo sabemos realmente?  Me temo que existe confusión mental y bruma sobre este punto.  Déjenme tratar, tan brevemente como sea posible, de entregarles una respuesta.

“Pecado”, hablando en general, es como  lo declara nuestra iglesia en el artículo nueve:  “la falta y corrupción de la naturaleza de cada hombre que está naturalmente engendrado de la descendencia de Adán;  en la que el hombre está muy lejos de la Rectitud original (1 y 2), y está en su propia naturaleza inclinado a la maldad de forma tal que su carnalidad  lucha siempre contra el espíritu, y, por lo tanto está en cada persona nacida en este mundo, y merece la furia y condenación de Dios”.  El pecado es esa vasta enfermedad moral que afecta a toda la raza humana, de cada rango y clase,  nombre y nación, lengua; una enfermedad de la cual nadie nacido de mujer, excepto uno, estaba libre.  ¿Necesito decir que ese “Uno” era Cristo Jesus, el Señor?

Digo, más aún, que “un pecado”, para hablar más particularmente, consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no está en perfecta conformidad con la mente y ley de Dios.  “Pecado”, en breve como las Escrituras dicen, es “la transgresión de la ley” (1ª Jn 3:4).  La más mínima desviación,  interna o externa, del paralelismo matemático de  la voluntad  y carácter  revelados de  Dios constituye un pecado e inmediatamente nos hace culpables a la vista de Dios.

Por supuesto, no necesito decir a nadie que lee su Biblia con atención que un hombre puede romper la ley de Dios en su corazón aún cuando no exista un acto visible y público de maldad.  Nuestro Señor ha establecido ese punto más allá de cualquier disputa o interpretación en el Sermón del Monte (Mat 5:21-28).  Hasta uno de nuestros poetas ha expresado sinceramente que “un hombre puede sonreír y sonreír, y ser un villano”.

Nuevamente, no necesito decir a un cuidadoso estudiante del Nuevo Testamento que hay pecados tanto de omisión como de acción, y que nosotros pecamos, como nuestro libro de oración  nos recuerda, por “dejar de hacer cosas que debemos hacer”, tanto así como “por  hacer cosas que no debemos hacer”.  Las solemnes palabras del maestro Marcos en su evangelio coloca este punto más allá de cualquier discusión.  Está allí escrito:  “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno … Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber” Mat. 25: 41,42.

Pienso que es necesario en estos tiempos  recordar a mis lectores que un hombre puede cometer pecado y  permanecer ignorante de ello, y fantasear que es inocente cuando es culpable. No encuentro ninguna sustentación en las escrituras para la actual argumentación de “que el pecado no es pecado en nosotros hasta que discernimos y estamos conscientes de él”.  Muy por el contrario, en el capítulo cuarto y quinto de ese excesivamente rechazado libro, Levítico, y en el capítulo quince de Números, encontramos claramente que habían pecados de ignorancia que expiaban  las personas impuras y que necesitan purgación (Lev. 4:1-25, 5:14-19, Núm. 15:25-29).  Y encuentro a Dios expresamente enseñando que “el sirviente que no sabiendo el deseo de su señor y no lo hizo”, no fue excusado por su ignorancia más fue golpeado y castigado (Luc. 12:48). Recordaremos bien que cuando nuestra conciencia y conocimiento miserable e imperfecto son la medida de nuestra impureza, estamos en alto peligro.  Un estudio más profundo de Levítico podría ayudarnos mucho.

2.  En lo que se refiere al origen y causa de esta vasta enfermedad moral llamada “pecado”, me temo que las visiones de muchos cristianos profesantes en este punto son tristemente defectuosas y sin fundamento.  No puedo obviarlas.  Entonces, tengamos bien presente en nuestras mentes que la impureza del hombre no comienza desde el “sin” sino del “dentro”.  No es el resultado de un mal entrenamiento en nuestra juventud.  No es resultado de las influencias de malas compañías o malos ejemplos, como algunos cristianos son tan proclives a decir. ¡No!  Es una enfermedad de la familia, que todos heredamos de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y con la que nacemos.  Creados “a la imagen de Dios”, inocentes y justos al inicio, nuestros padres cayeron de la justicia/corrección original y se volvieron pecadores y corruptos.  Y partir de ese día todos los hombres y mujeres son nacidos de la imagen de Adán y Eva caídos y heredan el corazón y la natural inclinación a la maldad.  “Por un hombre el pecado entró al mundo.”  “Aquel que es nacido de carne es carne”.  “Nosotros somos por naturaleza hijos de  la ira”.  “La mente carnal es enemistad contra Dios”. “Desde el corazón (naturalmente, como emana de una fuente), nacen los pensamientos de maldad, adulterios” y “las inclinaciones”. (Rom. 15:12, Juan 3:6, Efe. 2:3, Rom. 8:7, Mar 7:21)

El más justo de los hijos, que entró a vida este año y se volvió un rayo de sol de la familia no es, como su madre quizá cariñosamente lo llame,  “un ángel” o un pequeño “inocente” sino que es un pequeño “pecador”.  ¡Alas!  Así como ese pequeño niño o esa niña permanece sonriendo y gorjeando en su cuna, esa pequeña criatura lleva en su corazón las semillas de iniquidad.  Sólo observen cuidadosamente, a medida que crece en estatura y su mente evoluciona, prontamente usted  detectará una tendencia incesante hacia lo que es malo y un retraso hacia lo que es bueno.  Usted verá en él los brotes y gérmenes de la falsedad, mal temperamento, orgullo, autonomía, obstinación, posesividad, envidia, celos, pasión, conductas que si son vistas con indulgencia y no corregidas, se asentarán con una dolorosa rapidez. ¿Quién enseña a los niños esas cosas?  ¿Dónde las aprendió?   Sólo la Biblia tiene las respuestas.  Una de las cosas más tontas que los padres dicen acerca de sus hijos,  que es peor que cualquier decir común, es:  “En el fondo mi hijo tiene un buen corazón.  El no es lo que debe ser porque ha caído en malas manos.   Los colegios públicos son lugares malos.  Los profesores desatienden a los niños.  Aún así  él tiene en el fondo un buen corazón”.  Lamentablemente, la verdad es diametralmente opuesta.  La primera causa de todos los pecados subyace en la corrupción natural del propio corazón del niño y no en los colegios públicos.

3. En referencia a la extensión de esta vasta enfermedad moral llamada “pecado”, estemos conscientes de no cometer equivocaciones.   El único piso seguro está para nosotros en las Escrituras.  “Cada designio de los pensamientos del corazón de ellos” es por naturaleza “malicioso” y eso es  “constantemente”. “El corazón es engañoso sobre todas las cosas, y  “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y desesperadamente perverso” (Gen. 6:5; Jer. 17:9).  El pecado es una enfermedad que se extiende y corre a través de cada parte de nuestra constitución moral y cada facultad mental.  El entendimiento, los afectos, el poder de raciocinio, el poder de voluntad, son todos más o menos afectados por éste.  Aún la conciencia es tan ciega que no se puede depender de ella como una guía segura, y es probable que conduzca a los hombres en el mal como en el bien, a menos que sea iluminado por el Espíritu Santo.  En pocas palabras  “Desde la planta de los pies hasta la cabeza no hay sensatez” en nosotros (Isa 1:6).  La enfermedad puede estar escondida detrás de una delgada capa de cortesía, amabilidad, buenas maneras y decoro externo, pero ella yace muy dentro de lo que somos.

Admito abiertamente que el hombre tiene muchas grandes y nobles facultades y que él muestra su inmensa capacidad en artes, ciencias y literatura, pero el hecho es que en las cosas espirituales él está muerto y no tiene conocimiento natural, amor, o temor  a Dios.   Sus mejores obras están entretejidas y entremezcladas con  la corrupción,  y el contraste sólo acentúa el acomodo de la verdad y la amplitud  de la Caída.  La única y misma creatura está en algunas cosas tan alto y en otras, tan bajo; tan grande y sin embargo tan pequeña, tan noble y aún así tan mezquino;  tan grande en sus concepciones y ejecuciones de las cosas materiales y tan envilecido y corrupto en sus afectos.  El debería ser capaz de planificar y erigir edificios como aquellos en Camac y Luxor en Egipto y el Partenón en Atenas, y sin embargo  adora dioses y diosas infames,  y pájaros y bestias y cosas que se arrastran.   El es capaz de crear tragedias como aquellas de Esquilo y Sófocles, e historias como Tucídedes y aún así ser esclavo de vicios abominables como aquellos descritos en el primer capítulo de  la Epístola a los Romanos – todo esto es un doloroso puzle para aquellos que se burlan de la Palabra escrita de Dios y se ríen de nosotros tildándonos de biblia maníacos.  Este es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos.  Podemos reconocer que el hombre tiene todas las marcas de un templo majestuoso de él mismo, un templo en el que Dios habita, pero un templo que está en sus últimas ruinas, un templo que tiene una ventana destrozada aquí, un puerta de escape por allá, y una columna allá, pero que aún da una débil idea de la magnificencia de su diseño original, un templo que ha perdido su gloria y ha caído de su alto estado.  Y nosotros decimos que nada resuelve el complicado problema de la condición del hombre salvo la doctrina del pecado original y los aplastantes efectos de la Caída.

Recordemos, además esto, que cada parte del mundo soporta el testimonio del hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad.  Busque en la tierra, de este a oeste, de polo a polo, busque en cada nación, en cada clima en los cuatro cuartos de la tierra, busque en cada rango y clase de nuestra propia nación desde el más alto al más bajo –y bajo cualquier circunstancias y condición-  el resultado será siempre el mismo.   Las islas más remotas del océano Pacífico, completamente separadas de Europa, Asia, África y América, más allá del alcance del lujo oriental y el arte y la literatura occidental; islas habitadas por personas ignorantes de libros, dinero, vapor y pólvora, no contaminados por los vicios de la civilización moderna. Al ser descubiertas, en ellas siempre se ha encontrado  que son morada de las formas más viles de lujuria, crueldad, engaño y superstición.  ¡Si los habitantes no hubiesen sabido nada más, ellos igual sabrían como pecar!   En todas partes el corazón del hombre es naturalmente “engañoso por sobre todas las cosas y desesperadamente  perverso” (Jer. 17:9).  Por mi parte, no conozco prueba más poderosa de la inspiración de Génesis y el registro Mosaico del origen del hombre, que la fuerza, alcance y universalidad del pecado. Concedidos fueron a la humanidad todos los saltos de un par y este par cayó (como nos cuenta Génesis 3) y ese estado  de naturaleza humana, en todas partes, es fácilmente  detectable.  Niéguelo, como muchos hacen, y usted estará de inmediato envuelto en inexplicables dificultades.  En una palabra, la uniformidad y universalidad de la corrupción humana suministra uno de las instancias  más irrebatibles de las enormes “dificultades de la infidelidad”.

Después de todo, estoy convencido de que la mayor prueba del contenido y fuerza del pecado está en pertinacia con  que fractura al hombre, aún después que él está convertido y se ha vuelto sujeto de las operaciones del Espíritu Santo.  Para usar el lenguaje del artículo noveno (3): “Esta infección de la naturaleza permanece –sí-  aún en aquellos que son convertidos”.   Tan profundamente implantadas están las raíces de la corrupción humana, que aún después de haber renacido, ser renovados, lavados, santificados, justificados y ser miembros vivos de Cristo, estas raíces permanecen vívidas en el fondo de nuestro corazón, y como la lepra en las paredes de la casa, nunca nos libramos de ellas hasta que nuestra casa terrenal de este tabernáculo sea diluida.  El pecado, sin duda, en el corazón de creyente, no tiene dominio.  Es revisado, controlado, mortificado y crucificado por el poder expulsivo del nuevo principio de la gracia.  La vida de un creyente es una vida de victoria y no de falla.  No obstante las batallas que continúan dentro de su seno, la pelea que debe dar diariamente, la observancia celosa de lo que está obligado a hacer sobre su hombre interior, la contienda entre la carne y el espíritu, los “gemidos” interiores de los cuales sólo sabe aquel que los ha experimentado-, todo, todo testifica de la misma gran verdad, todos muestran el poder enorme y la vitalidad del pecado.  ¡Poderoso debe ser en realidad ese enemigo que aún crucificado  vive!  Feliz es el creyente que entiende esto y, mientras se regocija en Cristo Jesús, no tiene la confianza en la carne, mientras  dice “Gracias sean dadas a Dios quien nos dio la victoria”, ¡nunca olvida estar alerta  y orar por temor a caer en tentación!

4.  En lo que respecta a la culpa, vileza y ofensa del pecado a la vista de Dios, mis palabras serán breves.  Digo “pocas” deliberadamente.  No pienso, en la naturaleza de las cosas, que el hombre mortal pueda darse cuenta por completo de la demasiada impureza del pecado a la vista del perfecto y santo con quien nosotros tratamos.  Por una parte, Dios es el Ser eterno que “carga a sus ángeles con necedad” y a cuya vista los mismos “cielos no son limpios”.  El es el que lee nuestros pensamientos y motivaciones como nuestras acciones y el que requiere “verdad en nuestro interior” (Job 4:18, 15:15, Sal. 51:6).   Nosotros, por la otra – pobres creaturas ciegas- estamos hoy y nos hemos ido mañana, nacidos en pecado, rodeados de pecadores, viviendo en una atmósfera constante de debilidad, finitud e imperfección, podemos formarnos alguna, sino la más inadecuada, concepción de la fealdad de la maldad.  No tenemos una línea para sondearla ni una medida con la cual calibrarla.  El hombre ciego no puede ver la diferencia entre una obra maestra de Ticiano o Rafael y  la cabeza de la reina en el mural de su pueblo.  El hombre sordo no puede distinguir entre el tintineo de un centavo y el del órgano de la catedral. Los animales cuyo olor es el más ofensivo para nuestras narices no tienen una idea de lo ofensivos que son a nosotros, porque entre ellos no lo son.  Hombres y mujeres caídos, yo creo, no tienen la mínima idea de lo que una cosa vil y pecaminosa es a los ojos de Dios, cuyo trabajo de orfebre es absolutamente perfecto –perfecto tanto si lo miramos con un microscopio como con un telescopio, perfecto en la formación de planetas poderosos como Júpiter y sus satélites, que mantienen su sincronía perfecta en sus vueltas alrededor de sol; perfecto en la formación del insecto más pequeño que se arrastra sobre a tierra.  Sin embargo, establezcamos en forma indeleble  en nuestras mentes que el pecado es “ una cosa abominable que Dios aborrece”; que Dios “es de ojos puros que no puede mantener la iniquidad, y no puede mirar lo que es malicioso”, que la más leve transgresión de la ley de Dios puede hacernos “culpables de todo”; que “el alma que peca morirá”, que “la paga del pecado es muerte”, que Dios “juzgará los secretos de los hombres”; que hay un gusano que nunca muere y un  fuego que nunca se apaga, que “los perversos serán enviados al infierno” y “ sufrirán el castigo eterno”, y que “nada que esté contaminado entrará en el cielo” (Jer. 44:4; Hab. 1:13; Jn 2:10; Eze. 18:4; Rom. 6:23; Rom. 2:16; Mar 9:44;  Sal. 9:17; Mat. 25:46; Rev. 21:27).  ¡Estas son en verdad tremendas palabras si consideramos que ellas están escritas en el libro del Dios más misericordioso!

No hay prueba más plena del pecado, después de todo, tan abrumadora como irrebatible como la cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo y la doctrina completa de su sustitución y reconciliación.  Terriblemente negra debe ser la culpa de quienes nada más que la sangre del Hijo de Dios satisfizo.  Oneroso debe ser peso del pecado humano que hizo que Jesús gimiera y derramara las dulces gotas de su sangre en la agonía del Getsemaní y llorara en el Gólgota,  “Mi Dios, Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?” (Mat. 27:46).  Nada, estoy convencido, nos asombrará más, cuando despertemos en el día de la resurrección, como la visión que tendremos del pecado y la retrospectiva de cómo tomamos nuestros incontables defectos y deslices.  Nunca hasta la hora en que Cristo venga por segunda vez  nos daremos realmente cuenta de la “impureza del pecado”.    Bien podría George Whitefield decir:  El anatema en el cielo será:  “Lo que Dios ha forjado”

5.  Sólo queda un punto a considerar en este tema del pecado, el cual no me atrevo a omitir.  Ese punto es su “engaño”.    Este es un punto de la más seria importancia y me aventuro a pensar que no recibe la atención que merece.  Usted puede ver este “engaño” en  maravillosa propensión de los hombres a ver el pecado como menos pecaminoso y peligroso de cómo lo es realmente lo ante los ojos de Dios; en su propensión a agotarlo, a buscar excusas y a  minimizar su culpa. “¡Es tan solo uno pequeño!  ¡Dios es piadoso!  ¡Dios no es extremo en marcar lo que hemos hecho inadecuadamente!  ¡Nuestra intención es buena! ¡Uno no puede ser tan detallista!  ¿Dónde está el mal tan grande?  ¡Nosotros hacemos lo que los otros hacen! ¿Quién no está familiarizado con esta clase de lenguaje?   Usted puede verlo en el largo curso de suaves palabras y frases que los hombres han acuñado para designar las cosas que Dios llama categóricamente perversas y ruines para el alma.  ¿Qué significan palabras como: rápido, gay, salvaje, indeciso, irreflexivo, suelto?  Ellas muestran que el hombre trata de engañarse a sí  mismo creyendo que el pecado no es tan pecaminoso como Dios dice que es, y que ellos no son tan malos como lo son en realidad.   Usted puede verlo en la tendencia, incluso de creyentes, de ser indulgentes con sus hijos en prácticas que son cuestionables, y se hacen ciegos a los inevitables resultados del amor al dinero, del jugar con la tentación y consentir un bajo estándar en la religión familiar.  Me temo que no nos damos suficiente cuenta de la extrema delicadeza de la enfermedad de nuestra alma.  Somos tan ingenuos al olvidar que la tentación del pecado  se presentará raramente ante nosotros en su real color, diciendo “Yo soy tu enemigo a muerte y quiero arruinarte para siempre en el infierno”.  ¡Oh, no!  El pecado viene a nosotros, como Judas, con un beso, y como con Joab, con la mano abierta y palabras de halago.  La fruta prohibida pareció buena y deseable a Eva, y ésta la condujo fuera del Paraíso.   La caminata idílica en los techos de su palacio pareció inofensiva a David, aunque él termino siendo asesino y adúltero.  El pecado raramente parece pecado en sus primeros comienzos.   Estemos alertas y oremos, para no caer en tentación.  Podemos nombrarlo suavemente pero no podemos alterar su naturaleza y carácter ante los ojos de Dios.  Recordemos las palabras de Pablo:  “Exhortémonos unos a otros diariamente… para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Heb 3:13).  Una oración sabia en nuestra letanía es:  De los engaños del mundo, la carne y el demonio, buen Señor, líbranos”.

Y ahora, antes de continuar,  déjenme mencionar brevemente dos pensamientos que se me ocurren con irresistible fuerza sobre este tema.

Por una parte,  pido a mis lectores observar cuáles razones profundas tenemos de humillarnos y para la propia degradación.   Sentémonos frente al cuadro del pecado dispuesto ante nosotros en la Biblia y consideremos lo culpables, viles y corruptos que somos a la vista Dios.  ¡Lo que todos necesitamos tener es un cambio de corazón, llamado de  regeneración, nuevo nacimiento o conversión! ¡Qué cúmulo de enfermedad e imperfección  fisura lo mejor que hay en nosotros y con nuestro consentimiento!  ¡Qué pensamiento más solemne es aquel “sin santidad ninguno podrá ver al Señor”! (Heb. 12:14).  Qué causa tenemos para llorar  con el recolector de impuestos cada noche de nuestras vidas cuando pensamos en nuestros pecados de omisión y de comisión, “¡Dios es misericordioso conmigo un pecador!” (Luc 18:13).  ¡Qué admirablemente encajan las confesiones generales y de comunión de nuestro Libro de Oraciones a la actual condición de todos los cristianos profesantes!  Qué bien encaja ese lenguaje  a los Hijos de Dios que el Libro de Oraciones pone en la boca de cada hombre de iglesia antes de que se levante de la mesa de comunión:  “El recuerdo de nuestros errores es penoso en nosotros, la carga es intolerable.  Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros, Padre misericordioso, por la gracia Tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, perdónanos todo lo que es pasado”.  ¡Cuán verdadero es que el santo más santo es en sí mismo un miserable pecador y deudor de la misericordia y gracia hasta el último minuto de su existencia!

Con todo mi corazón, suscribo el pasaje en el sermón de Hooker (4) sobre “justificacón”, el cual comienza:  “Sean consideradas las cosas más santas y mejores.  ¡No estamos más afectados en Dios cuando oramos, porque cuando oramos cómo se distraen muchas veces nuestros pensamientos!  ¡Cuán poca reverencia mostramos ante la majestad de Dios cuando hablamos con El!  ¡Cuán poco remordimiento de nuestras propias miserias!  ¡Cuán poco sabor de la dulce influencia de Su tierna clemencia sentimos! No estamos deseosos de comenzar muchas veces como lo estamos cuando terminamos, como al decir “Ven a mí”.  ¿Ha puesto El sobre nosotros  una tarea difícil de sobrellevar?   Puede parecer de alguna manera extremo, lo que hablaré, sin embargo, que cada uno juzgue sobre esto, como si su propio corazón lo dijera y no de otra forma,  ¡No haré más que una demanda!   Si Dios debe ceder ante  nosotros, no como hizo con Abraham –  si cincuenta, cuarenta, treinta, veinte,  o si diez buenas personas se pueden encontrar en una ciudad,  por cuyo bien esa ciudad no sería destruida… Sería distinto que El nos hiciera una oferta tan grande como esa:   Busquen entre todas las generaciones de hombres desde la Caída de nuestro padre Adán, y encuentren un hombre que haya hecho una acción  pura, sin ninguna mancha o culpa alguna, y por la acción de ese  único hombre ningún otro hombre o ángel sentiría los tormentos que están preparados para ambos.  “¿Piensa usted que este rescate para liberar a los hombres y a los ángeles podría ser encontrado entre los hijos de los hombres?  Las mejores cosas que nosotros tendremos de ellos será algo que merezca perdón”.

Estoy persuadido de que mientras más entendimiento tenemos, más vemos nuestra propia impureza, y que mientras más cercanos estemos del cielo, más nos vestimos de humildad.  En cada época de la iglesia usted encontrará que esto es verdad, si usted lee biografías de los más prominentes santos –hombres como Bradford, Rutherford y Mc´Chyene- ellos han sido siempre  los más humildes de los hombres.

Por otro lado,  solicito a mis lectores observar cuán profundamente agradecidos debemos estar por el evangelio glorioso de la gracia de Dios.  Hay un remedo revelado para la necesidad del hombre, que es tan ancho y vasto, tan profundo como la misma enfermedad del hombre.  No necesitamos temer al mirar el pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, extensión y vileza, si tan sólo miramos al mismo tiempo la todopoderosa medicina que se nos entrega en la salvación que es en  Cristo Jesús.  Aunque el pecado se ha propagado, la gracia lo ha hecho aún más.  Sí, está en el perpetuo pacto de la redención, de la cual Padre, Hijo y Espíritu Santo son parte; en el Mediador de este pacto, Jesucristo el justo, perfecto Dios y perfecto hombre en una Persona; en el trabajo que El hizo al morir por nuestros pecados y levantarse nuevamente para nuestra justificación; en los oficios que El llena como nuestro Sacerdote, Sustituto, Médico, Pastor y Abogado; en la preciosa sangre que El vertió que nos puede limpiar de todo pecado; en la perpetua justicia que El trajo consigo; en la perpetua intercesión que El lleva a cabo como nuestro Representante a la mano derecha de Dios; en Su prontitud a cargar con los más débiles; en la gracia del Espíritu Santo que El pone en los corazones de todo Su pueblo, renovando, santificando y haciendo que las cosas viejas se vayan lejos y todas las cosas se vuelvan nuevas.  En todo esto (y, oh, ¡que breve esbozo es este!, en todo esto, digo, hay mucho, perfecto y completo remedio por la odiosa enfermedad del pecado.  No es de maravillarse que el viejo Flavel termine muchos de los capítulos de su admirable Fuente de Vida con las conmovedoras palabras: “Bendito sea Dios por Cristo Jesús.”

Al traer este poderoso tema a un punto de acercamiento, siento que sólo he tocado la superficie de él.  Es un tema que no puede ser totalmente escudriñado en un mensaje como este.  Aquel que quiera verlo tratado completa y exhaustivamente debe consultar a los maestros de teología experimental como son Owen y Burgess, Manton and Chamock y los otros gigantes de la escuela Puritana.   En temas como estos no hay escritores que puedan compararse a los Puritanos.   Sólo me queda señalar algunos usos prácticos de los cuales  la doctrina del pecado completa puede sacar provecho en estos días.

a. Digo, entonces, en primer lugar, que una visión bíblica del pecado es uno de los mejores antídotos a esa vaga, oscura, difusa, brumosa clase de teología que en esta época está penosamente en aplicación.  Es vano cerrar nuestros ojos al hecho de que existe una vasta cantidad de eso tan llamado Cristiandad, que no puede ser declarado positivamente enfermizo, pero que, sin embargo, no es completa medida, de suficiente.  Es una cristiandad en la cual hay innegablemente “algo de Cristo y algo de gracia y algo de fe y algo de arrepentimiento y algo de santidad, “ pero no es la “cosa real” que está en la Biblia.  Las cosas están fuera de lugar y de proporción.  Como el Viejo Latimer (5) hubiera dicho, es una clase de “mezcla desfigurada” y eso no hace ningún bien.  No ejerce influencia sobre la conducta diaria, tampoco conforta la vida, no da paz en la muerte, y aquellos que la mantienen frecuentemente despiertan demasiado tarde para encontrar que ellos no tienen  nada sólido donde poner sus pies.  Ahora, yo creo que la forma más afortunada de curar y enmendar esta defectuosa clase de religión es traer hasta nuestros días más prominentemente la verdad de las escrituras antiguas que hablan de la impureza del pecado.  Las personas nunca volverán decididamente sus rostros hacia los cielos y vivirán como peregrinos hasta que sientan realmente  que están en peligro de infierno. Tratemos todos de revivir las viejas enseñanzas acerca del pecado en las guarderías, en las escuelas, en los colegios de entrenamiento, en las universidades.   No nos olvidemos que “la ley es buena si la usamos legítimamente” y que “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (1ª Tim 1:8, Rom. 3:20; 7:7),  Traigamos la ley al frente e implantémosla en la atención de los hombres.  Expongamos y golpeemos al mundo con los Diez Mandamientos; mostremos el largo, el ancho y la profundidad y la altura de sus requerimientos.  Esta es la forma de nuestro Señor en el Sermón del Monte.  No podemos hacer mejor que seguir Su plan.  Podemos depender de él.   Los hombres nunca vendrán a Jesús, y  permanecerán con Jesús y vivirán por Jesús a menos que ellos realmente conozcan el por qué ellos deben venir y cuál es su necesidad.  Aquellos a los que el Espíritu de Jesús llama con aquellos a los que el Espíritu Santo ha convencido de pecado.  Sin una convicción verdadera de pecado, los hombres pueden parecer venir a Jesus y seguirlo por un tiempo, pero pronto se apartarán y volverán al mundo..

b.  Esta el siguiente lugar, una visión bíblica del pecado que es uno de los mejores antídotos para la extravagantemente difundida y liberal teología que está en boga en estos tiempos.  La tendencia de pensamiento moderno que rechaza los dogmas, credos y toda clase de ligaduras con la religión.  Es sabio y grandioso condenar cualquier opinión,  cualquiera esta sea y proclamar que  todos los profesores honestos e inteligentes son confiables, sin importar cuán heterogéneas y mutuamente destructivas puedan ser sus opiniones.  ¡Todo, increíblemente, es verdad y nada es falso! ¡Todos están en lo correcto y nadie está equivocado! ¡Todos probablemente serán salvados y nadie se perderá!  La expiación y sustitución de Cristo, la personalidad del diablo, el elemento milagroso de las Escrituras, la realidad y eternidad del futuro castigo, todas estas poderosas piedras fundamentales son frescamente lanzadas por la borda, como trastos viejos, para alivianar el barco de la cristiandad y permitirle mantener la paz con la ciencia moderna.   Póngase de pie por estas verdades y será llamado estrecho de mente, conservador, retrógrado y  fósil teológico. ¡Cite un texto y se le dirá que la verdad no está confinada a las páginas un antiguo libro judío, ya que el espíritu de la libre investigación  ha hecho muchos hallazgos desde que el libro fue escrito!  Ahora no encuentro argumentos más válidos para combatir esta moderna plaga que hacer constantes y claras declaraciones sobre la naturaleza, realidad, vileza, poder y culpa del pecado.  Debemos ir a la carga en las consciencias estos hombres de visión amplia y demandar una respuesta simple a algunas preguntas también simples.  Debemos pedirles que pongan sus manos en sus corazones y que nos digan si sus opiniones los confortan en el día de la enfermedad, en la hora de la muerte, al lado de la cama de sus parientes moribundos, en la tumba de su amada esposa o hijo/a.  Debemos preguntarles si una vaga seriedad, sin una doctrina definida, les da paz en ocasiones como estas.  Debemos desafiarlos a decirnos si no sienten algunas veces a un “algo tormentoso en su interior”, que  el espíritu libre de la investigación filosófica y la ciencia del mundo no puede llenar.  Y también debemos decirles que ese “algo tormentoso” es el sentido de pecado, culpa y corrupción que ellos dejan fuera de sus cálculos.  Y, por sobre todo, debemos decirles que nada nunca los hará sentirse descansados, salvo la sumisión a la vieja doctrinas  “del hombre en  ruinas y la redención de Cristo y la fe,  simple como de un niño, en Jesús”.

c.  Aún más, una correcta visión del pecado trabaja como un antídoto a la clase ceremonial y formal de cristiandad que ha llevado lejos a muchos en su ola.   Mentes no iluminadas pueden encontrar atractiva esta visión de la religión en cierto sentido, sin embargo, no puedo ver cómo una religión sensual y formal pueda satisfacer completamente a un cristiano.  A un niño se le tranquiliza y entretiene fácilmente con elementos para jugar, juguetes y muñecas, en la medida en que no tenga hambre.   Déjenlo sentir hambre y pronto descubrirá que sólo el alimento puede saciarlo y satisfacerlo.  De la misma manera, el alma de un hombre no encontrará satisfacción en la música, las flores, las velas y el incienso, imágenes publicitarias y procesiones, hermosa ropa y ceremonias confesionales y de contrición.  El puede entretenerse con eso, pero  su alma despierta y se eleva sobre la muerte, y él no permanecerá contento con ellas.  Estas le parecerán simples frivolidades y una pérdida de tiempo.  Dejémosle ver el espectro de su pecado, y verá también su necesidad por su Salvador.  El tiene hambre y sed, y nada más que el pan de vida lo satisfará.  La prominencia de esta forma de cristianismo formal y sensual, me atrevo a decir, no existiría si se les enseñara más  a los cristianos  sobre la plenitud de la naturaleza, vileza y impureza del pecado.

d.  El correcto punto de vista del pecado, es el mejor antídoto a las estresadas teorías de perfección de las cuales oímos mucho en estos tiempos.  A aquellos que piden en nosotros la perfección, para nosotros esto  no implica nada más  que ser consistentes y prestar una atención cuidadosa a todas las gracias que constituyen el carácter de un cristiano, fundamentos  que  no sólo debemos sustentar en  nosotros mismos  sino también estar de acuerdo con ellos. Por todos los medios, apuntemos alto.  Sin embargo, si los hombres realmente quieren decirnos que en este mundo un creyente puede alcanzar la entera libertad del pecado, vivir sus años en una comunión inquebrantable e ininterrumpida con Dios, y sentir que en muchos meses no ha tenido cuando mucho un pensamiento malicioso, debo honestamente decir que esa opinión no es bíblica para mí.  Voy más allá. Digo que esa opinión es muy peligrosa para aquel que la mantiene, y está muy proclive a deprimirse, desalentarse y mantener alejados a los investigadores tras la salvación.   No puedo encontrar ni la más leve garantía en la Palabra de Dios para esperar tal perfección mientras estemos en nuestro cuerpo.   Creo que las palabras de nuestro artículo quinceavo (6) son estrictamente verdaderas:   “Sólo Cristo está sin pecado, y que nosotros, el resto, aunque bautizados y nacidos de nuevo en El, ofendemos en muchas cosas, y si nosotros decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no es en nosotros”.  Para usar el lenguaje de nuestra primera homilía: “habrá imperfecciones en nuestras mejores obras:  no amamos a Dios tanto como somos obligados a hacerlo, con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y fuerza;  no tememos a Dios como deberíamos hacerlo;  no oramos a Dios sino con muchas y grandes imperfecciones.  Damos, perdonamos, creemos, vivimos y esperamos imperfectamente; hablamos, pensamos y hacemos imperfectamente; peleamos contra el demonio, el mundo y la carne imperfectamente.  No debemos, por lo tanto, sentir vergüenza de confesar plenamente nuestro estado de imperfección”.  Una vez más, repito lo que he dicho,  el mejor preservativo en contra de esta ilusión temporal sobre la perfección que nubla nuestra mente –como espero poder llamarlo- es un claro, completo, distintivo entendimiento de la naturaleza, impureza y engañosidad del pecado.

e.  En el último lugar, una visión bíblica del pecado probará ser  un admirable antídoto a las pobres visiones de santidad personal que son tan penosamente prevalentes en estos últimos días de la iglesia.  Este es un tema doloroso y delicado, lo sé, pero no puedo huir de él.  Ha sido por largo tiempo mi penosa convicción de que el estándar de vida diario entre los cristianos de este país ha ido gradualmente cayendo.  Me temo que  la caridad de Cristo, amabilidad, buen carácter, humildad, mansedumbre, gentileza, buena naturaleza, auto-negación, ansioso de hacer el bien y la separación del mundo están muy por debajo de lo que deberían ser y solían ser  los días de nuestros padres.

De las causas de este estado de las cosas, no puedo dar cuenta completamente, puedo sólo sugerir algunas conjeturas para considerar.   Puede ser que cierta clase de religión se haya vuelto de moda y sea comparativamente más fácil en esta época;  que las corrientes que fueron alguna vez angostas y profundas  se hayan vuelto anchas y superficiales, y  lo que hemos ganado a cambio  muestra lo que hemos perdido en calidad.  Puede ser que nuestra prosperidad y  estilos de vida confortables hayan insensiblemente introducido una plaga de mundanería y auto indulgencia y un amor fácil.   Lo que antes llamábamos lujo hoy son comodidades y necesidades, la auto-negación y el soportar lo duro son, consecuentemente, poco conocidas   Puede ser que la enorme cantidad de controversia, que marca esta época, haya secado nuestra vida espiritual sin darnos cuenta.   A menudo, hemos sido demasiado felices con el deseo por la ortodoxia y hemos  rechazado las sobrias realidades de la práctica de la santidad diaria.  Sean cuales sean  las causas, debo declarar  mi propio convencimiento que el resultado es el mismo. En los recientes años ha habido un estándar más bajo de santidad personal entre los creyentes respecto de lo que fue en los días de nuestros padres.  El resultado completo es que el Espíritu se contrista y el asunto requiere humillación y una búsqueda de corazón.

En lo que se refiere al mejor remedio para este estado de cosas que he mencionado, me aventuraré a dar una opinión.   Otras escuelas de pensamiento en las iglesias pueden juzgar por sí mismas.  La cura para los miembros de las iglesia evangélica, estoy convencido, es encontrarlos más apercibidos de la naturaleza y impureza del pecado.  No necesitamos volver a Egipto, o pedir prestadas las prácticas romanas católicas para revivir nuestra vida espiritual.  No necesitamos restablecer el confesionario, el retorno de la vida monástica  o el ascetismo.  ¡Nada de esa clase!  Simplemente debemos arrepentirnos y hacer nuestro primer trabajo.   Debemos volver a los principios primigenios.  Debemos retornar a los “viejos caminos”.  Debemos sentarnos humildemente en la presencia de Dios,  hacer frente al asunto, examinar claramente lo que el Señor Jesús llama pecado y lo que el Señor Jesús llama hacer Su voluntad.  ¡Entonces debemos tratar de darnos cuenta que, terriblemente, es posible vivir descuidadamente, fácilmente, mitad espiritual y mitad mundano y aún mantener los principios evangélicos y llamarnos a nosotros mismos evangélicos!  Una vez que vemos que el pecado es más vil y está más cerca de nosotros de lo que pensamos, adhiriéndose a nosotros más de lo que suponemos,  seremos conducidos, confío y creo, a un Cristo más cercano.  Estando allí más cerca de Cristo, beberemos más profundamente de Su llenura y aprenderemos  a “vivir una vida de fe” en El más completa, como Pablo lo hizo. Una vez que hemos aprendido a vivir una vida de fe en Jesús, y permanecemos en El, tendremos más fruto, seremos más fuertes en el rigor, más pacientes en las pruebas, más cautelosos sobre las debilidades de nuestros corazones, y más como nuestro Maestro en las pequeñas cosas de cada día.  En la misma proporción que nos damos cuenta de lo mucho que Cristo ha hecho por nosotros, así haremos por El. Mientras más perdonados, más amaremos.  En breve, como dice el apóstol: “…mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2ª Cor. 3:18).

Al contrario  de lo que algunos puedan pensar o decir, no hay duda que un sentimiento más profundo sobre la santidad es uno de los signos de nuestro tiempo.  Se están haciendo comunes en nuestros días las conferencias para promover la “vida espiritual”. El tema de la “vida espiritual” tiene lugar en congresos casi cada año. Ha despertado una cantidad de interés y atención general por todos lados, por lo cual debemos estar agradecidos.  Cualquier  movimiento, basado en principios sólidos, que ayude a profundizar nuestra vida espiritual y a incrementar nuestra santidad personal será una verdadera bendición para la Iglesia de Inglaterra.  Esto hará mucho para juntarnos y sanar  nuestras  infelices divisiones.  Puede traer una efusión fresca de la gracia del Espíritu y “vida a los muertos”.  Estoy seguro, como dije al comienzo, debemos empezar por lo bajo si deseamos construir alto.  Estoy convencido que el primer paso para lograr asir un mayor grado de santidad es darse cuenta de la sorprende impureza del pecado.

Notas al pie:

1 El Libro de Oración Común (LOC) es el libro fundacional de oración de la Iglesia de Inglaterra y de la Comunión Anglicana. El nombre completo en es “Libro de Oración Común y Administración de los Sacramentos y otros Ritos y Ceremonias de la Iglesia de acuerdo al uso de la Iglesia de Inglaterra junto con el Salterio o Salmos de David, definidos para ser cantados o dichos en las Iglesias y la forma y manera de hacer, ordenar y consagrar a los obispos, presbíteros y diáconos”.

2 Rectitud:  calidad de estar moralmente correctos y justificados

3 El pecado original no consiste (como vanamente propalan los pelagianos) en la imitación de Adán, sino que es la falta y corrupción en la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la estirpe de Adán; por esto el hombre dista muchísimo de la rectitud original, y es por su misma naturaleza inclinado al mal, de manera que la carne codicia siempre contra el Espíritu y, por lo tanto, el pecado original en toda persona nacida en este mundo merece la ira y la condenación de Dios. Esta infección de la naturaleza permanece aun en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne, llamada en griego Frovn?a sapkós, (que unos interpretan como sabiduría, otros sensualidad, algunos afecto y otros el deseo de la carne), no está sujeta a la Ley de Dios; y aunque no hay condenación alguna para los que creen y son bautizados, aún así el apóstol confiesa que la concupiscencia y la lujuria tienen en si misma naturaleza de pecado.

4 Richard Hooker (Marzo de 1554 – 3 de noviembre de 1600) fue un sacerdote y teólogo de influencia1 Su énfasis en la razón, tolerancia e inclusión influyó de manera considerable en el desarrollo del anglicanismo, y es considerado, junto a Thomas Cranmer y Mathew Parker, uno de los fundadores de la Iglesia de Inglaterra. Uno de sus trabajos de mayor importancia es su sermón titulado: “Un discurso educado sobre la justificación, las obras y el cómo la fundación por la fe es derrocada”. En este sermón Hooker defiende la posición de justificación epistémica ‘”Sola fide” (justificación por la fe) pero agrega que incluso quienes no la comprenden o aceptan pueden ser salvados por Dios. Esto implica -especialmente en el contexto de la época- que incluso los católicos no están necesariamente condenados (contrario a lo que los teólogos puritanos proponían). Esta posición enfatiza la creencia de Hooker que los cristianos deben concentrarse en lo que los une más que en lo que los divide.   Lo anterior (y otros sermones y pronunciamientos similares) dio origen -como se ha sugerido- a un debate mayor entre Hooker y los partidarios del puritanismo, especialmente con los representantes del calvinismo, quienes mantenían una posición que desagradaba a Hooker. Lutero, por ejemplo, enseñó que la salvación es un regalo exclusivamente de Dios, dado por la gracia a través de Cristo y recibido solamente por la fe.

5 Hugo Latimer nació en Thurcaston, Leicestershire, en una familia de prósperos granjeros, en el año 1492.
Se formó en la Universidad de Cambridge, enclave del catolicismo, en donde completó sus estudios teológicos en 1514. Al año siguiente, llegó el nombramiento papal para ser ordenado sacerdote.   Sobresaliente y devoto, fue destacado como un contrapeso a las ideas luteranas que se difundían por las islas británicas y se infiltraba en los claustros universitarios.  De ser de los más férreos opositores a la Reforma, y uno de los sacerdotes católicos más importantes de su época, pasó a ser el predicador protestante más grande de su tiempo y uno de los íconos del mensaje del Evangelio, el que proclamó con inquebrantable convicción, incluso hasta el martirio.

6 XV. De Cristo, el único sin pecado Cristo.  En la realidad de nuestra naturaleza fue hecho semejante a nosotros en todas las cosas excepto en el pecado, del cual fue enteramente exento, tanto en su carne como en su espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha que, por el sacrificio de sí mismo una vez hecho, quitase los pecados del mundo; y en él no hubo pecado (como dice San Juan). Pero nosotros los demás hombres, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, aún ofendemos en muchas cosas; y, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Y la verdad no está en nosotros.