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LA LIBERTAD DEL PREDICADOR 

 ¿Por qué todos tienen derecho a decir lo que piensan
y el predicador no tiene derecho a proclamar lo que dice la biblia?

La libertad de expresión tiene diversos escenarios donde puede manifestarse. Algunos de los tales son clásicos y están en la consideración de todos, como la tribuna de un parlamento, las páginas de un periódico, el micrófono de una radio
o las cámaras de una televisión.
Otros escenarios son más recientes, como las redes sociales.

Pero hay un escenario donde la libertad de expresión tiene unas peculiaridades especiales y ese lugar es el púlpito.

 La palabra predicador, que es la traducción de la palabra griega
para heraldo, se refería en su origen al personaje que era portador de mensajes oficiales, habiendo sido investido para esa función por la autoridad competente, a fin de poner en conocimiento de todos alguna noticia importante.

La paz, las festividades, la guerra, los juegos u otros acontecimientos eran el contenido de sus mensajes. Dicho contenido debía ser entregado tal como había sido recibido, sin añadir ni quitar nada.

El heraldo era responsable de ser fiel a lo que se le había encomendado; lo que hicieran sus oyentes con el mensaje era responsabilidad de ellos. Pudiera ser que algunos mensajes fueran agradables a los oídos, pero también
pudiera ser que otros no lo fueran.

En cualquier caso, el heraldo sabía que debía transmitir lo que se le había dicho que dijera. Su libertad de expresión estaba limitada a lo impartido por el monarca, magistrado, príncipe o gobernador que le había enviado.

Este es el caso del predicador cristiano. Se pone tras el púlpito con un mensaje que no es suyo y sobre el que no tiene derecho de autor para decir lo que quiera,
por lo que está totalmente limitado en su libertad de expresión
en cuanto al contenido.

Pero también se pone tras el púlpito sabiendo que el mensaje que ha recibido ha de proclamarlo con total libertad, con denuedo, porque está respaldado por la máxima autoridad, independientemente de si gusta o no a sus oyentes. Es decir,
con el predicador cristiano sucede una paradoja. No tiene ninguna libertad, pero tiene toda la libertad.

Pero hay quienes pretenden que el predicador cristiano altere su mensaje para que se adapte a las circunstancias actuales y al pensamiento dominante.

No sólo lo pretenden sino que toman las medidas necesarias para obligarle a que diga lo que ellos quieren que diga. Y aquí es donde el predicador cristiano debe decidir qué va a hacer con el mensaje recibido.

 Si es fiel al mismo se pone en contra de los enemigos del mensaje; si no es fiel al mismo se pone en contra de quien le envió.

Personalmente tengo claro a quién prefiero tener en contra.

El dilema del predicador cristiano no es nuevo. En la misma disyuntiva estuvieron Elías, Amós, Jeremías o Juan el Bautista, quienes fueron heraldos de dios
para denunciar la iniquidad reinante en su tiempo.

Pero como su mensaje, que no era suyo, ponía en evidencia el pecado, el precio que tuvieron que pagar por ser fieles al mismo fue muy elevado, desde la persecución hasta la muerte.

El puesto de predicador es el más comprometido que pueda haber, porque el aborrecimiento hacia dios se vierte contra él. Pero ese mismo riesgo que corre por ser fiel al que le envió es un honor añadido al de haber sido enviado.

 El mandato de un viejo predicador, que estaba en la cárcel por predicar,a un joven predicador fue: ‘que prediques la palabra.’

un mandato que es muy pertinente actualmente.