Pastor Hsi – Amado líder Chino – 1836-1896

Pastor Hsi – Amado líder Chino – 1836-1896

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(Había sucedido lo “imposible” y toda la población deploraba semejante “tragedia”; el señor Hsi, ciudadano respetado por todos, se había hecho un creyente! Hacía dos años que un predicador de la “nueva religión” predicaba en la provincia de Shan sí. Al paso que se esperaba que se adhiriesen a la nueva religión algunos ignorantes, nadie imaginaba que el señor Hsi, que era un hombre culto, de gran influencia entre el pueblo y un destacado adepto de Confucio, (fuera el primero en caer “hechizado” por los “diablos extranjeros”!

No había nadie entre el pueblo que odiase tanto a los extranjeros como el señor Hsi. Pero de repente sucedió que se sintió ligado en espíritu al misionero. Entonces abandonó todos los ídolos; (se decía que los había quemado! Dejó de adorar las tablas ancestrales. Ya no se percibía más el olor de incienso en su casa. (Y lo más extraño de todo, el señor Hsi había desistido de fumar opio! Los ancianos recordaban que Shan si había sido una de las provincias más prósperas de la China y contaban cómo había sido introducido el “humo extranjero”, es decir, el opio. El vicio se volvió tan generalizado, que todo el pueblo se encontraba ahora en la mayor pobreza.

Ni siquiera los más ancianos recordaban que alguien habituado a fumar opio, se hubiese librado del vicio al cabo de los años. Sin embargo, el erudito Hsi había abandonado por completo su aparato de fumar opio, y no parecía sentir el ansia que sienten los que se ven privados de la droga estupefaciente. El tiempo que antes pasaba preparando y fumando el opio, ahora él lo empleaba en los ritos, para ellos extraños, de la nueva religión. Día y noche el recién convertido se dedicaba al estudio de los “libros de los extranjeros”; a veces cantaba de una manera singular y otras veces, de rodillas y con los ojos cerrados le hablaba al “Dios de los extranjeros”, un Dios que nadie veía y que no tenía un santuario para localizarse.

Día tras día la señora de Hsi notaba la gran transformación que ocurría en la vida de su marido, y comenzó a abandonar el intenso odio que sintió cuando él se convirtió. Cuando se despertaba de noche lo encontraba absorto leyendo el precioso Libro de los libros, o arrodillado suplicando al Dios invisible, cuya presencia él sentía. La persistencia de este hombre en reunir a todos los miembros de la familia diariamente, para los cultos extraños, fue tan grande que ganó también a su esposa para Cristo. Para el creyente Hsi, Satanás era el temible adversario que realmente estaba siempre incansable y constantemente acechando para abatirlo y destruirlo.

Sin embargo, para él el poder de Cristo era igualmente real, y Hsi salía siempre más que vencedor en todas sus dificultades. El consideraba que la oración era indispensable, y poco tiempo después de convertirse llegó a reconocer también el valor del ayuno para orar mejor. Fue entonces que sucedió lo más inesperado: la propia personalidad de la señora de Hsi parecía cambiada; al convertirse, ella se volvió profundamente alegre y recibía las lecciones sobre las Escrituras ávidamente. Su marido esperaba que en breve ella se volviese una verdadera compañera en la obra de ganar almas.

Pero repentinamente parecía cernirse sobre ella una nube de mal. A pesar de todos sus esfuerzos, se sentía arrastrada, contra su propia voluntad, a practicar todo cuanto el diablo le sugiriese. Especialmente a la hora del culto doméstico, le daban violentos ataques de cólera. Entonces el pueblo decía: “( Hsi y su esposa están cosechando lo que sembraron! Y como afirmamos desde el principio, ésa es una doctrina del diablo y ahora la señora de Hsi esta poseída de demonios.” Durante algún tiempo el enemigo de las almas pareció invencible. La señora de Hsi, a pesar de todas las oraciones de los creyentes, continuaba debilitándose, hasta quedarse casi sin fuerzas. Fue entonces que Hsi confiando en el poder de Dios, llamó a todos los miembros de la familia para que ayunasen y se dedicasen a la oración.

Después de orar durante tres días y tres noches consecutivas, en ayuno, Hsi se sintió débil físicamente, pero fuerte en espíritu. Entonces puso las manos sobre la cabeza de la esposa y ordenó, en el nombre de Jesús, que los espíritus inmundos saliesen del cuerpo de ella para nunca más volver a atormentarla. La cura de la señora de Hsi fue tan notable y completa, que tuvo una gran repercusión en toda la ciudad.

(El pueblo reconoció el poder que los demonios ejercían sobre el cuerpo y allí, delante de sus ojos, estaba la prueba de un poder mayor que el del diablo! Pero fue el señor Hsi, más que cualquier otra persona, el que se aprovechó de esa sensacional maravilla. Se esforzó desde entonces, de una manera nueva, a proclamar el evangelio y se dedicó con una creciente fe en Cristo, a orar en todas las circunstancias. Así, de una manera sencilla y natural Hsi confiaba en que el Señor haría lo que había prometido en Marcos 16:17-18: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán.”

En respuesta a la oración de ese humilde creyente, el Señor obraba con él y confirmaba la Palabra con señales, como en Samaria, Lida, y otros lugares de los tiempos antiguos, de los apóstoles. Y como en los tiempos antiguos, numerosos hombres y mujeres, al ver el poder de Dios, se convirtieron al Señor. Nunca antes hubo nadie que se atreviese a contrariar a Satanás en toda la provincia de Shan Si; por lo tanto, no es de admirar que entonces él se enfureciese. Eso también fue como en los tiempos antiguos.

Entre tanto, la persecución se volvió cada vez más severa, hasta que por fin el pueblo planeó, con motivo de una gran fiesta pagana, estirar cuerdas entre las vigas que sostenían los techos de los templos idólatras y colgar allí por las manos a todos los creyentes, hasta que se retractaran o negaran su fe en la “religión de los extranjeros”. Ahora bien, Hsi era tan práctico como espiritual, y decidió llevar el caso al conocimiento de las autoridades. Era novato en la fe y no conocía bien los versículos de las Escrituras como éstos: “No resistáis al que es malo” y “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.”

Hizo tanto alboroto ante el mandarín, que éste, para librarse de él, envió soldados para que defendieran a los creyentes. Debido a eso, la persecución fracasó y el pueblo asombrado de la “religión de los extranjeros” se sometió. Después de eso, grandes multitudes afluyeron a los cultos. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo Hsi no se sentía satisfecho, pues los creyentes no se desenvolvían en la forma que él esperaba. Las pequeñas iglesias, a pesar de todos sus esfuerzos por alimentarlas no prosperaban, y con cualquier perturbación un gran número de creyentes se desviaban de la fe.

Lo que copiamos a continuación, se encuentra entre sus propios escritos, y muestra cómo en ese tiempo vio su error y se dio a la oración: “Por causa de las embestidas de Satanás, mi esposa y yo dormimos durante tres años con la misma ropa que usábamos de día, para poder vigilar y orar mejor. A veces pasábamos toda la noche orando en un lugar solitario y el Espíritu Santo descendía sobre nosotros… Siempre tratábamos de pensar, hablar y comportarnos de manera que agradáramos al Señor, pero entonces reconocíamos como nunca, nuestra propia debilidad; que de hecho no éramos nada y nos esforzábamos para conocer la voluntad de Dios.

No hay mayor prueba, tal vez, de la verdadera conversión que la influencia sobre el prójimo. Después que Hsi procuró estar más cerca del Señor, fue elegido jefe por el pueblo de la aldea donde vivía, cargo que rehusó de entrada porque no podía participar de los ritos del templo pagano. Pero ese hecho había sido previsto por el pueblo, de modo que insistieron para que aceptase la magistratura, con la condición de que no tenía ninguna obligación de asistir a las solemnidades que tenían relación con los dioses de ellos. “Solamente tiene que mandar y nosotros obedeceremos”, decía la multitud. Sin embargo, cuando Hsi rehusó aceptar, a no ser que el pueblo cesase todas las ceremonias paganas y cerrase el templo, todos se regresaron a sus casas.

Grande fue pues la sorpresa cuando algunos días más tarde, el pueblo volvió y estuvo de acuerdo en cerrar el templo. El erudito Hsi era el único entre ellos que se había librado del vicio del opio y que estaba capacitado para gobernar al pueblo. Entonces el fervoroso creyente asumió el cargo como un servicio que hacía ante el Señor. Hubo una buena cosecha, un buen éxito financiero y prevaleció la paz y la felicidad. Fue reelecto para el segundo año y para el tercero. Pero cuando lo reeligieron para el cuarto año, él rehusó el cargo, insistiendo en que debía entregar todo su tiempo a la obra de la evangelización, obra que había aumentado grandemente.

Cuando el pueblo lo elogiaba por la buena manera como servía a todos, él respondía con una sonrisa: “Ahora los ídolos por cierto ya se han muerto de hambre y sería más económico si vosotros no los resucitaseis.” Esa fue una lección práctica que perduró por mucho tiempo. El gran problema que el Pastor Hsi tuvo que enfrentar fue la salvación de un pueblo entregado al vicio de fumar opio. Debía haber un medio para liberar a esos infelices esclavos de la desesperación indescriptible, porque el Hijo de Dios vino con el propósito definido de buscar y salvar a los perdidos. Mientras el Pastor Hsi oraba sobre ese problema, fue inducido a convertir su casa en “Refugio”, e invitó a un misionero que tenía un remedio para aliviar el ansia que sienten los viciados cuando se ven privados de la droga, para que lo ayudara.

Al comienzo, solamente dos de los interesados tuvieron el coraje de experimentar el tratamiento; los otros frecuentaban el “Refugio” día tras día para ver el resultado. Por fin, uno de los pacientes, cuyo cuerpo y mente agonizaban, despertó a los otros a medianoche. En respuesta a la oración, el Señor, que es el mismo ayer, hoy y siempre, lo alivió inmediatamente. El gozo que sintió el hombre que había sido liberado fue tan grande, que uno después de otro de los más interesados solicitaron permiso para comenzar el tratamiento inmediatamente. Poco después se les acabó el remedio importado que usaban para disminuir los sufrimientos de los enfermos.

Acerca de esto el fervoroso Hsi escribió lo siguiente: “Permanecí ante el Señor en oración y ayuno, rogándole que me mostrase cuáles eran los ingredientes necesarios y al mismo tiempo me ayudase y fortaleciese para poder preparar las píldoras que necesitaba para aliviar a los que sufrían.” Para distraer a los pacientes y aprovechar la ocasión, el misionero les enseñaba himnos y pasajes de la Biblia; realizaba cultos dos veces al día y hacía que los interesados repitiesen, hora tras hora, porciones de las Escrituras. Cuando les faltaba otro recurso, recurrían a las píldoras preparadas por el Pastor Hsi, que producían el mismo efecto que el remedio importado.

No obstante, el fiel Hsi no confiaba del todo en las píldoras, ni las fabricaba sin ayunar y orar antes. Cuando fabricaba las píldoras, acostumbraba pasar el día entero ayunando. A veces, en la tarde, sintiéndose demasiado cansado para continuar de pie, salía para pasar algunos minutos ante Dios. “Señor, es tu obra. Dame tu fuerza”, era su petición, y siempre volvía renovado como si hubiese comido y descansado. Uno de los secretos del increíble éxito que alcanzó el Pastor Hsi en la obra del Refugio, era la audacia de su amor para con los desdichados cautivos del vicio del opio; amor que lo llevó a persistir y a sacrificarlo todo por ellos.

Cuando cometían alguna falta, o aun tramaban algún plan para derribarlo, soportaba todo como solamente el amor sabe soportar. Mientras más oraba el Pastor Hsi tanto más aumentaba Dios la obra; y mientras más crecía la obra tanto más sentía él el anhelo de orar. En vez de estar esclavizado por las innúmeras obligaciones, deliberadamente dedicaba horas y hasta días enteros, frecuentemente en ayuno, para orar delante del Señor con el fin de conocer su voluntad y recibir su plenitud.

Cierto día cuando oraba así, el Señor lo impresionó profundamente con respecto a los habitantes de la ciudad de Chao Ch’eng que vivían y morían sin conocer el camino de la salvación. Pero) cómo podía él abrir otro Refugio en una ciudad cuyas costumbres no conocía? ) De dónde podía él sacar el tiempo necesario? Pero entonces mientras estaba orando el Señor le dijo: “Toda potestad me es dada.” Pero) cómo podía ir sin recursos? No tenía dinero suficiente ni para pagar el pasaje hasta la ciudad. Continuó orando y el Señor continuó allanando las dificultades. “) Dinero?) Era dinero lo que precisaba para abrir los corazones y ganar almas? ) Si el Señor llamaba, no supliría El todo lo necesario? ) Acaso los muros de Jericó no se desplomaron hasta el suelo, sin la intervención de manos humanas?…”

Así, al finalizar el año 1884, cinco años después de su conversión, el Pastor Hsi era ya el dirigente de una obra que se extendía desde Teng Ts’uen, al sur de donde él vivía, hasta Chao Ch’eng, ubicada a sesenta kilómetros al norte. Había entonces ocho Refugios ya y un buen número de congregaciones dispersas entre ellos. Pero el Pastor Hsi no podía contenerse. A una distancia de un día de viaje todavía más al norte, quedaba la gran ciudad de Hoh Chau. Constreñido por el amor de Dios, suplicaba al Señor que lo usase como instrumento para abrir la obra allí. Todos los días oraba insistentemente por Hoh chau en el culto doméstico.

Por fin, la señora de Hsi no pudo contenerse más y preguntó: “Ya hemos orado durante bastante tiempo) no será que ahora nos conviene actuar?” “Por cierto, pero si tuviésemos dinero?” respondió su marido. Al día siguiente, el Pastor Hsi, durante el culto doméstico oró como de costumbre. Al finalizar el culto, la esposa, en vez de retirarse, avanzó y colocó un paquetito sobre la mesa, diciendo: “Yo creo que el Señor ya respondió a nuestras súplicas.” Admirado e ignorando lo que ella quería decir con aquel gesto, tomó el paquete que estaba sobre la mesa.

Contenía algo pesado envuelto en varias tiras de papel, y dentro del papel un pañuelo. Al abrir el pañuelo, encontró los objetos más apreciados por una señora china: anillos, pulseras, pendientes, y broches de oro y de plata, objetos que le fueron regalados a la señora de Hsi cuando se casaron. Con los ojos llenos de lágrimas él contempló a su esposa, notando por primera vez la diferencia en su apariencia, sin los atavíos usados por las mujeres casadas. Ya no llevaba el anillo de matrimonio en el dedo; (en vez de los adornos de plata en sus cabellos, se veían las trenzas aseguradas con hilos de cáñamo! Cuando él quiso rehusar la oferta, ella insistió alegremente, diciendo: “(No importa! Puedo pasar sin esas cosas. Hoh chau debe tener el evangelio.”

El Pastor aceptó el ofrecimiento de su esposa, ofrecimiento que representaba un profundo sacrificio de parte de ella, pero que era suficiente para abrir el Refugio, que luego se convirtió en un centro de luz y de bendición en la gran ciudad. Después de iniciar la obra en Hoh chau, se realizó una convención en la cual fueron bautizados setenta y dos nuevos convertidos. El poder de Dios era tal y la asistencia a esas reuniones era tan grande, que fue necesario realizar los cultos al aire libre, a pesar de las grandes lluvias. Eso sucedió después de un gran período de sequía, y los creyentes no querían orar al Señor para que retuviese la lluvia.

Cierto joven endemoniado, del Refugio de Chaoch’eng asistió a esa convención. Al caer el poder de Dios sobre los cultos, ese joven se puso violento e intentó destruirse y herir a las personas que estaban a su alrededor. Cuando el Pastor Hsi se acercó, el joven dejó de gritar y de luchar; los hombres que lo aseguraban dijeron: “(El ya está bien! (Ahora ya está bien! (El espíritu ya salió de él!” Pero el Pastor no se dejó engañar; poniendo las manos sobre la cabeza del joven, oró con insistencia en el nombre de Jesús. El joven sintió un alivio inmediato y cuando el Pastor se retiró parecía completamente liberado.

Cierto creyente conmovido al presenciar toda esa escena, sacó cincuenta dólares de su bolsillo y le dijo al Pastor: “Acepte esto; sé que sus gastos en la obra son grandes.” El Pastor, sorprendido, aceptó el dinero, pero al pensar sobre el caso se sintió turbado; la suma era muy elevada y la aceptó sin pedir consejo al Señor. Se retiró inmediatamente para llevar el caso a Dios. 84 Apenas había comenzado a orar, llegó uno de los creyentes apresuradamente. El endemoniado se había puesto más violento que nunca y los hombres ya no podían asegurarlo. Cuando el pastor se acercó al joven el espíritu clamó: “Puedes venir, pero ya no te temo más. (Parecías tan elevado como los cielos pero ahora eres bajo, vil e insignificante) (Ya no tienes poder para dominarme!”

El pastor, reconociendo que al aceptar el dinero había perdido la fe y el poder, se dirigió al creyente que se lo había dado, mientras el desgraciado endemoniado blasfemaba en alta voz. Devolvió toda la suma, explicando cómo al recibir el dinero, había perdido su contacto con Dios. Después, con las manos vacías, pero con el corazón lleno de gozo, volvió nuevamente a donde estaba la multitud alborotada. El joven continuaba furioso; pero el Pastor ya estaba en contacto con el Maestro. Con toda calma, y en el nombre de Jesús, ordenó al espíritu que se callase y saliese del joven. El muchacho dio un grito y fue lanzado por el demonio al suelo, donde se quedó por algunos minutos contorciéndose con dolores agonizantes. Luego se levantó, con el cuerpo abatido, pero completamente liberado del espíritu maligno.

Cierto misionero escribió lo siguiente acerca de Hsi: “El Pastor Hsi estaba siempre alegre; servía al prójimo incansablemente; trataba a todas las personas con la mayor delicadeza. Nunca se comportó con ligereza, ni desperdició el tiempo en asuntos innecesarios. Ganar almas era para él la pasión de su vida.. . Era imposible estar con el Pastor Hsi sin orar. Su instinto en todo era el mirar a Dios. Mucho antes de que rayase el día, se lo oía en su cuarto orando y cantando horas enteras. Parecía que la oración era la atmósfera en que él vivía, y él esperaba y recibía las más sorprendentes respuestas.

“Recuerdo que en cierta ocasión, cuando viajaba con él, nos hospedamos en una pequeña casa de huéspedes. Estando allí, lo buscó una mujer que traía en los brazos a un niñito enfermo y que sufría mucho. Así venían a él hombres y mujeres en todos los lugares por donde pasaba. Reconocían que era un hombre de Dios y que podía socorrerlos. Al verla, el Pastor Hsi se puso inmediatamente de pie, saludó a la mujer que llevaba el hijito y tomó al chico en sus brazos y oró pidiendo a Dios que lo sanase. La mujer se sintió grandemente consolada y partió. Algunas horas más tarde vi al pequeñín sano, correteando y jugando. Tales sucesos eran muy comunes.

“Nunca me olvidaré de la convención que tuvo lugar en P’ing Vang… Cuando nos aproximábamos al local durante la noche, oí a los creyentes llorando y orando en voz baja. Allí estaba el querido pastor Hsi juntamente con un gran número de hermanos, arrodillados, clamando al Señor y suplicando que salvase a sus parientes y amigos… Creían en el poder de la oración, y se dedicaban a la intercesión. “Durante todo el invierno el Pastor Hsi estuvo bajo el poder del Espíritu y transmitía ese poder al prójimo. Cuando encontraba a un auxiliar que estaba pasando por alguna prueba, ayunaba, oraba y le imponía las manos.

El resultado era que, generalmente, los auxiliares recibían el mismo poder. “En ese tiempo también había una gran falta de sujeción a la Palabra de Dios. El Pastor Hsi, por lo tanto, en todo se entregaba a la oración; en el transcurso de los años llegó a ser poderoso en exponer las Escrituras.” La fuerza y resistencia que manifestaba bajo pruebas físicas y mentales, eran extraordinarias; recibía virtud de Dios para realizar su obra. Estando ya viejo podía andar cuarenta y cinco kilómetros de una sola vez, y asimismo, después de ayunar por dos días seguidos podía bautizar a cincuenta personas sin descansar y sin interrupción.

Finalmente, a la edad de sesenta años, en medio de la lucha de esta vida, Dios lo llamó. En la misma sala donde antes de su conversión fumaba opio, pasó algunos meses en cama, sin experimentar ningún sufrimiento, tan sólo con sus fuerzas casi completamente agotadas. Al cerrar los ojos aquí en este mundo, en la mañana del día 19 de febrero de 1896, para ir a estar en la presencia de su Señor, centenares de sus hijos en la fe que lo amaban ardientemente, no pudieron contenerse más y rompieron en un gran llanto y fuertes sollozos. Durante la vida aquí, entregó todo al Señor. Para él no existía nada demasiado precioso que no pudiese usarlo para su Jesús.

No había trabajo demasiado arduo cuando se trataba de ganar un alma, por la cual su Salvador había muerto. Nunca encontró una cruz demasiado pesada, si podía llevarla por amor de Cristo. Jamás consideró un camino demasiado difícil, si se trataba de seguir las pisadas de su Maestro. Así, el fiel Pastor Hsi fue trasladado para un servicio más alto, más sublime; fue promovido para realizar actividades en una más íntima comunión con Jesús. La obra que dejó fundada en Chao Ch’eng, Tengts’uen, Hoh chau, T’ai Yang, Ping Yang y decenas de otros lugares, es como una pujante fortaleza y como un farol resplandeciente, que disipa las tinieblas del paganismo en la China. Los refugios y las iglesias fundadas en esos lugares permanecen como imponentes monumentos a su memoria.