Juan Wesley – Una tea arrebatada del fuego – 1703 – 1791

Juan Wesley – Una tea arrebatada del fuego – 1703 – 1791

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A medianoche el cielo estaba iluminado por el reflejo sombrío de las llamas que devoraban vorazmente la casa del pastor Samuel Wesley. En la calle la gente gritaba: “¡Fuego! ¡Fuego!” Sin embargo, adentro la familia del pastor continuaba durmiendo tranquilamente, hasta que algunos escombros en llamas cayeron sobre la cama de Hetty, una de las hijas de la familia. La niña despertó sobresaltada y corrió al cuarto de su padre. Sin poder salvar absolutamente nada de las llamas, la familia tuvo que salir de la casa vistiendo apenas la ropa de dormir, en una temperatura helada.

El ama, al despertarse con la alarma, sacó rápidamente de la cuna al menor de los hijos, Carlos. Llamó a los otros niños, insistiendo que la siguiesen y bajó la escalera; sin embargo, Juan, que sólo tenía cinco años y medio, se quedó durmiendo. Por tres veces la madre, Susana Wesley, que estaba enferma, tentó en vano subir la escalera. Dos veces el padre intentó, sin lograrlo, pasar por en medio de las llamas corriendo. Consciente del peligro inminente, juntó a toda su familia en el jardín donde todos cayeron de rodillas y suplicaron a Dios por la vida del niño que estaba dentro de la casa presa del fuego.

Mientras la familia oraba en el jardín, Juan se despertó y después de tratar inútilmente de bajar por las escaleras, se trepó sobre un baúl que estaba frente a una ventana, donde uno de los vecinos lo vio parado. El vecino llamó a otras personas y concibieron el plan de que uno de ellos trepara sobre sus hombros y un tercer hombre igualmente trepara sobre los hombros del segundo, hasta alcanzar a la criatura. De esa manera Juan se salvó de morir en la casa en llamas, rescatado apenas unos momentos antes de que el techo se desplomase con gran estrépito.

Los valientes vecinos que lo salvaron, llevaron al niño a los brazos de su padre. “Vengan, amigos”, gritó Samuel Wesley al recibir a su hijito, ¡arrodillémonos y demos gracias a Dios! El me ha restituido a mis ocho hijos; dejen que la casa arda; tengo recursos suficientes.” Quince minutos más tarde la casa, los libros, documentos y mobiliario ya no existían. Años después, en cierta publicación apareció el retrato de Juan Wesley, y al pie del mismo se veía la ilustración de una casa ardiendo, y junto a ella la siguiente inscripción: ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? (Zacarías 3:2).

En los escritos de Wesley se encuentra la siguiente referencia interesante sobre ese histórico siniestro: “El 9 de febrero de 1750, durante un culto de vigilia, cerca de las once de la noche, recordé que era precisamente ése el día y la hora en que, cuarenta años atrás, me habían arrebatado de las llamas. Aproveché entonces la ocasión para relatar ese hecho de la maravillosa providencia. Las alabanzas y las acciones de gracias se elevaron a los cielos, y fue muy grande el regocijo demostrado al Señor.” Tanto el pueblo como Juan Wesley ya sabían para entonces por qué el Señor lo había librado del incendio.

El historiador Lecky se refiere al Gran Avivamiento como la influencia que salvó a Inglaterra de una revolución igual a la que, en la misma época, dejó a Francia en ruinas. De los cuatro personajes que se destacaron en el Gran Avivamiento, Juan Wesley fue el que más se distinguió. Jonatán Edwards, que nació en el mismo año que Wesley, falleció treinta y tres años antes que éste; Jorge Whitefield, nacido once años después que Wesley, falleció veinte años antes que él, y Carlos Wesley tomó parte efectiva en el movimiento por un período de dieciocho años solamente, mientras que Juan continuó durante medio siglo.

Pero para que la biografía de este célebre predicador sea completa es necesario incluir la historia de su madre, Susana. En efecto, es como cierto biógrafo escribió; “No se puede narrar la historia del Gran Avivamiento que tuvo lugar en Inglaterra el siglo pasado, sin conceder una gran parte de la honra merecida a la madre de Juan y Carlos Wesley; no solamente debido a la educación que inculcó profundamente en sus hijos, sino por la dirección que le dio al avivamiento.

La madre de Susana era hija de un predicador. Dedicada a la obra de Dios, se casó con el eminente ministro, Samuel Annesley. De los veinticinco hijos de ese enlace, Susana era la vigésima cuarta. Durante su vida siguió el ejemplo de su madre, empleando una hora de la madrugada y otra hora de la noche para orar y meditar sobre las Escrituras. Por lo que escribió cierto día, se puede apreciar cómo ella se dedicaba a la oración: “Alabado sea Dios por todo el día que nos comportamos bien. Pero todavía no estoy satisfecha, porque no disfruto mucho de Dios. Sé que aún estoy demasiado lejos de; anhelo tener mi alma más íntimamente unida a El mediante la fe y el amor.”

Juan fue el decimoquinto de los diecinueve hijos de Samuel y Susana Wesley. Lo que vamos a transcribir, escrito por la madre de Juan, muestra cómo ella era fiel en “mandar a sus hijos y a su casa después de si (Génesis 18:19).

“Para formar la mente del niño, lo primero que se debe hacer es dominarle la voluntad. La obra de instruir su intelecto lleva tiempo y debe ser gradual, conforme a la capacidad de la criatura. Pero la voluntad del niño debe ser subyugada de una vez, y cuanto más pronto, mejor… Después se puede gobernar al niño haciendo uso del razonamiento y el amor de los padres, hasta que el niño alcance una edad en que tenga uso de razón.”

El célebre comentarista de la Biblia, Adán Clark, escribió lo siguiente acerca de Samuel y Susana Wesley y sus hijos: “Nunca he leído ni he oído hablar de una familia como ésta, a la cual la raza humana le deba tanto, ni tampoco conozco ni ha existido otra igual desde los días de Abraham y Sara, y de José y María de Nazaret.” Susana Wesley creía que “el que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Pro_13:24), y no consentía que sus hijos llorasen en voz alta. Por eso, a pesar de que su casa estaba llena de niños, nunca había escenas desagradables ni alborotos en el hogar del pastor. Nunca, ninguno de sus hijos obtuvo nada que quería, mediante el llanto en la casa de Susana Wesley.

Susana marcaba el quinto cumpleaños de cada hijo como el día en que debían aprender el alfabeto, y todos, con excepción de dos, cumplieron la tarea en el tiempo señalado. Al siguiente día en que el niño cumplía los cinco años y aprendía el alfabeto, empezaba su curso de lectura, iniciándolo con el primer versículo de la Biblia. Desde muy pequeños, los niños en el hogar de Samuel Wesley y su esposa, aprendieron el valor que tiene la observación fiel de los cultos. No hay en otras historias hechos tan profundos y conmovedores, como los que se cuentan acerca de los hijos de Samuel y Susana Wesley, pues antes de que ellos hubiesen aprendido a arrodillarse o a hablar, se les enseñaba a dar gracias por el alimento mediante gestos apropiados.

Cuando aprendían a hablar, repetían el Padre nuestro por la mañana y por la noche; además se les enseñaba que añadiesen otras peticiones, según ellos deseaban… Al llegar a una edad apropiada, se les designaba un día de la semana a cada hijo, a fin de conversar particularmente con cada uno sobre sus “dudas y problemas”. En la lista aparece el nombre de Juan para los miércoles y el de Carlos para los sábados. Para cada uno de los niños ‘su día’ se volvió un día precioso y memorable… Es conmovedor leer lo que Juan Wesley, veinte años después de haber salido de su casa paterna, dijo a su madre: “En muchas cosas usted, madre mía, intercedió por mí y ha prevalecido.

Quién sabe si ahora también su intercesión para que yo renuncie enteramente al mundo, dé buen resultado. .. Sin duda será eficaz para corregir mi corazón, como lo fue para formar mi carácter.” Después del espectacular salvamento de Juan del incendio, su madre, profundamente convencida de que Dios tenía grandes planes para su hijo, resolvió firmemente educarlo para servir y ser útil en la obra de Cristo. Susana escribió estas palabras en sus meditaciones particulares: “Señor, me esforzaré más definidamente por este niño al cual salvaste tan misericordiosamente. Procuraré transmitirle fielmente, para que se graben en su corazón, los principios de tu religión y virtud. Señor, concédeme la gracia necesaria para realizar este propósito sincera y sabiamente, y bendice mis esfuerzos coronándolos con el éxito.

“Ella fue tan fiel en cumplir su resolución, que a la edad de ocho años, Juan fue admitido a participar de la Cena del Señor. En el hogar de Samuel Wesley nunca se omitía el culto doméstico del programa del día. Fuese cual fuese la ocupación de los miembros de la familia, o de los criados, todos se reunían para adorar a Dios. Cuando su marido se ausentaba, Susana, con el corazón encendido por el fuego del cielo dirigía los cultos. Se cuenta que cierta vez, cuando la ausencia del esposo se prolongó más de lo acostumbrado, de treinta a cuarenta personas asistían a los cultos celebrados en el hogar de los Wesley, y el hambre de la Palabra de Dios aumentó tanto, que la casa se llenaba con las personas de la vecindad que asistían a los cultos.

La familia del pastor Samuel Wesley era muy pobre, pero mediante la influencia del Duque de Buckingham, consiguieron un lugar para Juan en la escuela de Londres. De esa manera el chico, antes de cumplir once años, se alejó de la fragante atmósfera de oración fervorosa, para enfrentar las porfías de una escuela pública. Sin embargo, Juan no se contagió en el ambiente pecaminoso que lo rodeaba. Además, continuó manteniéndose físicamente fuerte, gracias a que obedecía fielmente el consejo de su padre de que corriese tres veces, de madrugada, alrededor del gran jardín de la escuela. De ahí en adelante fue norma de su vida cuidar del vigor de su cuerpo.

A los 80 años, a pesar de su físico desmejorado, consideraba como cosa normal andar a pie una legua y media para ir a predicar. Sobre la influencia que Juan llegó a ejercer sobre sus colegas de la escuela, se cuenta lo siguiente: Cierto día el portero, al ver que los niños no estaban en la terraza de recreo, comenzó a buscarlos y los halló en una de las aulas, congregados alrededor de Juan. Este les estaba contando historias instructivas, que los atraían más que el recreo.

Refiriéndose a ese tiempo, Juan Wesley escribió: “Yo participaba de varias cosas que sabía que eran pecado, aun cuando no fuesen escandalosas para el mundo. Con todo, continué leyendo las Escrituras y orando por la mañana y por la noche. Consideraba los siguientes puntos como las bases de mi salvación:
(1) No me consideraba tan perverso como mis semejantes.
(2) Conservaba la inclinación de ser religioso.
(3) Leía la Biblia, asistía a los cultos y oraba.”

Después de estudiar durante seis años en la escuela, Wesley fue a estudiar en Oxford, y llegó a dominar el latín, griego, hebreo y francés. Pero su interés principal no estaba en cultivar el intelecto. A ese respecto se expresó así: “Comencé a reconocer que el corazón es la fuente de la religión verdadera… reservé entonces dos horas cada día para quedarme a solas con Dios. Participaba de la Cena del Señor cada ocho días. Me guardaba de todo pecado, tanto de palabras como de obras. Así pues, basándome en las obras buenas que practicaba, me consideraba un buen creyente.” Juan se esforzaba para levantarse diariamente a las cuatro de la mañana.

Por medio de las notas que escribía, dejando constancia de todo lo que hacía durante el día, conseguía controlar su tiempo, a fin de no desperdiciar un solo momento. Esa buena costumbre la practicó hasta casi el último día de su vida. Un día, siendo aún joven, asistió a un entierro en compañía de un muchacho, y consiguió llevarlo a Cristo, ganando así la primera alma para su Salvador. Algunos meses más tarde, a la edad de 24 años, y después de un período de oración, fue separado para el diaconado. Cuando estudiaba en Oxford, un pequeño grupo de estudiantes acostumbraban reunirse allí diariamente para orar y estudiar las Escrituras juntos; además, ayunaban los miércoles y viernes, visitaban a los enfermos y a los encarcelados, y consolaban a los criminales en la hora de su ejecución.

Todas las mañanas y todas las noches cada uno de ellos pasaba una hora apartado, orando solo. Durante las oraciones se detenían de vez en cuando para observar si oraban con el debido fervor. Siempre oraban al entrar y al salir de los cultos de la iglesia. Más tarde, tres de los miembros de ese grupo llegaron a ser famosos entre los creyentes:
(1) Juan Wesley, que tal vez hizo más que cualquier otra persona para enraizar la vida espiritual, no sólo de entonces, sino también de nuestro tiempo.
(2) Carlos Wesley, que llegó a ser uno de los más famosos y espirituales escritores de himnos evangélicos;
(3) Jorge Whitefield, que llegó a ser un predicador al aire libre que conmovía a las multitudes.

En aquel tiempo se sentía la influencia de Juan Wesley por toda la América, la que aún persiste en nuestros días, a pesar de que él permaneció menos de dos años en este continente, y eso en un período de su vida en que se encontraba perturbado a causa de la duda. Aceptó un llamado que le hicieron para que predicase el evangelio a los habitantes de la colonia de Georgia, con el deseo de ganar su salvación por medio de buenas obras. Pensó que la vanidad y la ostentación del mundo no se encontrarían en los bosques de América. Durante el viaje, en el navío que lo trajo a la América del Norte, observó, como era característico de su vida, junto con otros de su grupo, un programa de trabajo para no desperdiciar un momento del día. Se levantaba a las cuatro de la mañana y se acostaba después de las nueve. Las tres primeras horas del día las dedicaba a la oración y al estudio de las Escrituras. Después de cumplir todo lo que estaba indicado en el programa del día, era tanto su cansancio, que ni el bramido del mar ni el balanceo del navío conseguían perturbar su sueño, mientras dormían sobre un cobertor extendido en la cubierta.

En Georgia, la población entera afluía en masa a la iglesia para oírlo predicar. La influencia de sus sermones fue tal que, después de diez días, una sala de baile quedó casi desierta, mientras la iglesia se llenaba de personas que oraban y recibían su salvación. Whitefield, que desembarcó en Georgia algunos meses después que Wesley volvió a Inglaterra, se expresó así sobre lo que vio: “El éxito de Juan Wesley en América es indescriptible. Su nombre es muy apreciado por el pueblo, donde echó los cimientos que ni los hombres ni los demonios podrán conmover. ¡Oh, que yo pueda seguirlo como él siguió a Cristo!” Con todo, a Wesley le faltaba una cosa muy importante, como se ve por los acontecimientos que lo hicieron salir de Georgia, conforme él mismo lo escribió:
“Hace casi dos años y cuatro meses que dejé mi tierra natal para ir a predicar a Cristo a los indios de Georgia; pero ¿qué llegué a saber? Vine a saber lo que menos me esperaba: que yo que fui a América para convertir a otros, nunca me había convertido a Dios.” Después de volver a Inglaterra, Juan Wesley comenzó a servir a Dios con la fe de un hijo y no más con la fe de un simple siervo. Acerca de este asunto, he aquí lo que él escribió: “No me daba cuenta de que esta fe nos es dada instantáneamente, que el hombre podía salir de las tinieblas a la luz inmediatamente, del pecado y de la miseria a la justicia y al gozo del Espíritu Santo. Examiné de nuevo las Escrituras sobre este punto, especialmente los Hechos de los Apóstoles.

Quedé grandemente maravillado al ver casi solamente conversiones instantáneas; casi ninguna tan demorada como la de Saulo de Tarso.” Desde entonces Wesley comenzó a sentir más hambre y sed de justicia, la justicia de Dios por la fe. Había fracasado, por así decir, en su primer intento de predicar el evangelio en América, porque a pesar de su celo y bondad de carácter, el cristianismo que poseía era algo que había recibido por instrucción. Pero la segunda etapa de su ministerio se destacó por un éxito fenomenal. ¿Por qué? Porque el fuego de Dios ardía en su alma; había llegado a tener contacto directo con Dios mediante una experiencia personal. Relatamos aquí, con sus propias palabras, su experiencia en que el Espíritu testificó a su espíritu que era hijo de Dios — experiencia que transformó completamente su vida: “Eran casi las cinco de la mañana hoy, cuando abrí el Nuevo Testamento y encontré estas palabras: “(Él) nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Antes de salir, abrí el Testamento y leí estas palabras: “No estáis lejos del reino de Dios”… Anoche me sentí impelido a ir a Aldersgate… Sentí el corazón abrasado; confié en Cristo, solamente en Cristo, creí para la salvación; me fue dada la certeza de que El llevó mis pecados y de que me salvó de la ley del pecado y de la muerte. Comencé a orar con todas mis fuerzas… y testifiqué a todos los presentes de lo que sentía en mi corazón.”

Después de esa experiencia en Aldersgate, Wesley aspiraba bendiciones aún mayores del Señor, conforme él mismo escribió: Suplicaba a Dios que cumpliese todas sus promesas en mi alma. No mucho tiempo después el Señor honró en parte este anhelo, mientras oraba con Carlos, Whitefield y cerca de otros sesenta creyentes.”Son de Juan Wesley estas palabras también: “Eran cerca de las tres de la mañana y nosotros continuábamos perseverando en nuestras oraciones, cuando nos sobrevino el poder de Dios de tal manera, que exclamamos impulsados por un gran gozo, y muchos de los presentes cayeron al suelo. Luego, cuando pasó un poco el temor y la sorpresa que sentimos en presencia de su majestad, exclamamos en una sola voz: ‘Te alabamos, oh Dios, te aceptamos como nuestro Señor.’

Esa unción del Espíritu Santo dilató grandemente los horizontes espirituales de Wesley; su ministerio se volvió excepcionalmente fructífero y él trabajó ininterrumpidamente durante 53 años, con el corazón abrasado por el amor divino. Un pastor predica un promedio de cien veces por año, pero el promedio de Juan Wesley fue de 780 veces por año durante 54 años. Ese hombrecito, cuya altura era de apenas un metro y sesenta y seis centímetros; que pesaba menos de sesenta kilos, se dirigió a grandes multitudes, y bajo las mayores tribulaciones.

Cuando las iglesias le cerraron las puertas, se irguió para predicar al aire libre. A pesar de enfrentar una apatía espiritual casi general en los creyentes, y una ola de perversión y crímenes extendida por todo el país, afluían multitudes de 5 a 20 mil personas para escuchar sus sermones. Era común en esos cultos que los pecadores se sintieran tan angustiados, que llegaban a gritar y a gemir. Si célebres materialistas, tales como Voltaire y Tomás Paine, gritaron convencidos al encontrarse con Dios en el lecho de muerte, no es de admirarse que centenares de pecadores gimiesen, gritasen y cayesen al suelo, como muertos, cuando el Espíritu Santo les hacía sentir la presencia de Dios.

Era así como multitudes de perdidos se convertían en nuevas criaturas en Cristo Jesús en los cultos de Juan Wesley. Muchas veces los oyentes eran transportados a las alturas del amor, del gozo y de la admiración, y recibían también visiones de la perfección divina y de las excelencias de Cristo, a tal extremo de permanecer varias horas como muertos. Como todos los que invaden el territorio de Satanás, los hermanos Carlos y Juan Wesley tuvieron que sufrir terribles persecuciones. En Morfield los enemigos del evangelio acabaron con el culto destruyendo la mesa en que Juan se subía para predicar, y lo insultaron y maltrataron.

En Sheffield la casa fue demolida sobre la cabeza de los creyentes. En Wednesbury destruyeron las casas, la ropa y los muebles de los creyentes, dejándolos a la intemperie, expuestos a la nieve y al temporal. Varias veces Juan Wesley fue apedreado y arrastrado como muerto en la calle. Cierta vez fue abofeteado en la boca y en la cara, y golpeado en la cabeza, hasta quedar cubierto de sangre. Pero la persecución de parte de la iglesia en decadencia era su mayor cruz.

Fueron denunciados como “falsos profetas”, “charlatanes”, “impostores arrogantes”, “hombres diestros en la astucia espiritual”, “fanáticos”, etc., etc.

Al volver a visitar Epworth, que fue donde nació y se crió, Juan asistió el domingo al culto de la mañana y al de la tarde, en la misma iglesia donde su padre había sido fiel pastor durante muchos años; pero no le concedieron la oportunidad de hablar al pueblo. A las seis de la tarde, Juan, de pie sobre el monumento que marcaba el lugar donde habían enterrado a su padre, al lado de la iglesia, predicó ante el mayor auditorio jamás visto en Epworth — y Dios salvó a muchas almas. ¿Cuál era la causa de una oposición tan grande? Los creyentes de la iglesia durmiente alegaban que se debía a sus predicaciones sobre la justificación por la fe y la santificación.

Los descreídos no lo querían, porque “hacía que el pueblo se levantase a las cinco de la mañana para cantar himnos”. Juan Wesley no solamente predicaba más que los otros predicadores, sino que los excedía como pastor, exhortando y consolando a los creyentes, yendo de casa en casa.

En sus viajes andaba tanto a caballo como a pie, así en días asoleados, como en días lluviosos, o bajo tormentas de nieve, cuando la mayoría de los predicadores viajaban en navíos o en trenes. Durante los años de su ministerio anduvo un promedio de más de 7 mil kilómetros por año, para llegar a los lugares donde tenía que predicar. Ese hombrecito que caminaba 7 mil kilómetros por año, aún tuvo tiempo para la vida literaria. Leyó no menos de 1.200 volúmenes, la mayor parte de ellos mientras andaba a caballo. Escribió una gramática hebrea, otra latina y otras más de francés e inglés.

Sirvió durante muchos años como redactor de un periódico de 56 páginas. El diccionario completo de la lengua inglesa, que él compiló, fue muy popular, y su comentario sobre el Nuevo Testamento todavía tiene una gran circulación. Escogió una biblioteca de 50 volúmenes que revisó y volvió a publicar compendiada en una obra de 30 volúmenes. El libro que escribió sobre la filosofía natural tuvo una gran aceptación entre el ministerio. Copiló una obra de cuatro volúmenes sobre la historia de la iglesia. Escribió y publicó un libro sobre la historia de Roma y otro sobre Inglaterra. Preparó y publicó tres volúmenes sobre medicina y seis de música para los cultos.

Después de su experiencia que tuvo lugar en Fetter Lane, él y su hermano Carlos escribieron y publicaron himnarios. Se dice que en total escribió más de 230 libros. Ese hombre de físico endeble, poco antes de cumplir 88 años escribió: “Hasta después de los 86 años no he sentido ningún achaque propio de la vejez; mis ojos nunca se nublaron, ni perdí mi vigor.” A los 70 años predicó ante un auditorio de 30 mil personas, al aire libre, y fue escuchado por todos. A los 86 años hizo un viaje a Irlanda, donde, además de predicar seis veces al aire libre, predicó cien veces en sesenta ciudades. Uno de sus oyentes al referirse a Wesley dijo: “Su espíritu era tan vivo como a los 53 años, cuando lo encontré por la primera vez.”

Su salud la atribuyó a la observancia de las siguientes reglas:
“(1) Al ejercicio constante y al aire fresco.
(2) Al hecho de que nunca, ni enfermo ni con salud, ni en tierra ni en el mar, perdió una noche de sueño desde su nacimiento.
(3) A su fácil disposición para dormir, de día o de noche, al sentirse cansado.
(4) A levantarse por más de sesenta años a las cuatro de la mañana.
(5) A la costumbre de predicar siempre a las cinco de la mañana durante más de cincuenta años.
(6) Al hecho de que casi nunca sufrió dolores, desánimo o enfermedad de cuidado durante toda su vida.” No nos debemos olvidar de la fuente de ese vigor que Juan Wesley poseía. Pasaba dos horas diarias o más en oración. Iniciaba el día a las cuatro de la mañana.

Cierto creyente que lo conocía íntimamente, escribió así acerca de él: “Consideraba a la oración como lo más importante de su vida y lo he visto salir de su cuarto con el alma tan serena, que ésta se reflejaba en su rostro el cual brillaba.” Ninguna historia de la vida de Juan Wesley estaría completa si no se mencionasen los cultos de vigilia que se realizaban una vez por mes entre los creyentes.

Esos cultos se iniciaban a las ocho de la noche y continuaban hasta después de la medianoche —o hasta que descendiese el Espíritu Santo sobre ellos. Tales cultos se basaban en las referencias que hace el Nuevo Testamento a noches enteras pasadas en oración. En efecto, alguien hizo el siguiente comentario sobre este asunto: “Se explica el poder de Wesley por el hecho de que él era un homo uníus libri, es decir, un hombre de un solo libro, y ese Libro era la Biblia.”

Wesley escribió poco antes de su muerte: “Hoy pasamos el día en ayuno y oración para que Dios extendiese su obra. Solamente nos retiramos después de una noche de vigilia, en la cual el corazón de muchos hermanos recibió un gran consuelo.” En su diario Juan Wesley escribió entre otras cosas, lo siguiente sobre la oración y el ayuno: “Cuando yo estudiaba en Oxford… ayunábamos los miércoles y los viernes, como hacían los creyentes primitivos en todos los lugares. Epifanio (310-403) escribió: “¿Quién no sabe que los creyentes del mundo entero ayunan los miércoles y los viernes? Wesley continuó: “No sé por qué ellos guardaban esos dos días, pero es una buena regla; si a ellos les servía, también a mí. Sin embargo, no quiero dar a entender que esos dos sean los únicos días de la semana para ayunar, pues muchas veces es necesario ayunar más de dos días.

Es muy importante que permanezcamos solos y ante la presencia de Dios cuando ayunamos y oramos, para que podamos percibir la voluntad de Dios y El pueda guiarnos. En los días de ayuno debemos hacer todo lo posible para permanecer alejados de nuestras amistades y de las diversiones, aun cuando éstas sean lícitas en otras ocasiones.” El gozo que sentía al predicar al aire libre no disminuyó con la vejez; el 7 de octubre de 1790 predicó por última vez de esa manera, sobre el texto: “El reino de Dios se ha acercado, arrepentíos, y creed en el evangelio.

“La Palabra se manifestó con gran poder y las lágrimas de la gente corrían en abundancia. Uno por uno, sus fieles compañeros de lucha, inclusive su esposa, fueron llamados para el descanso, pero Juan Wesley continuaba trabajando.

A la edad de 85 años, su hermano Carlos fue también llamado y Juan se sentó ante la multitud, cubriendo el rostro con las manos, para esconder las lágrimas que le corrían por el rostro. Su hermano, a quien tanto había amado por tanto tiempo, había partido y él ahora tenía que trabajar solo. El 2 de marzo de 1791, cuando casi iba a cumplir los 88 años, dio fin a su carrera terrestre.

Durante toda la noche anterior sus labios no cesaron de pronunciar palabras de adoración y de alabanza. Su alma se inundó de alegría con la anticipación de las glorias del hogar eterno y exclamó: “Lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.” Entonces, levantando la mano como si fuese la señal de la victoria, nuevamente repitió: “Lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.”

A las diez de la mañana, mientras los creyentes rodeaban el lecho orando, él dijo: “Adiós”, y así compareció a la presencia del Señor. Un creyente que asistió a su muerte, se refirió a ese acto de la siguiente manera: “¡La presencia divina se sentía sobre todos nosotros; no existen palabras para describir lo que vimos en su semblante! Mientras más lo contemplábamos, más veíamos reflejado en su rostro parte del cielo indescriptible.”

Se calcula que diez mil personas desfilaron ante su ataúd para ver el rostro que tenía una sonrisa celestial. Debido a la enorme multitud que afluyó para honrarlo, fue necesario enterrarlo a las cinco de la mañana. Juan Wesley nació y se crió en un hogar donde no había abundancia de pan. Con la venta de los libros que escribió, ganó una fortuna con la cual contribuía a la causa de Cristo; al fallecer, dejó en el mundo: “dos cucharas, una tetera de plata, un abrigo viejo” y decenas de millares de almas, salvadas en una época de tétrica decadencia espiritual. La tea que fue arrebatada del fuego en Epworth, comenzó a arder intensamente en Aldersgate y Fetter Lañe, y desde entonces continúa iluminando millones de almas en el mundo entero.

Durante muchos años había estado el señor Wesley tratando de obtener la salvación por medio de las obras de la ley; mas no pudiendo, a pesar de sus esfuerzos para conseguir su santidad por la oración, el ayuno y la práctica de buenas obras, encontrar la perla de gran precio, por último fue convencido de que la salvación viene por la fe y cuando el alma pone toda su confianza en Cristo el Salvador. Como este sermón fue el resultado de su conversión, nos ha parecido conveniente dar su experiencia en sus propias palabras:
El señor Juan Wesley predicó este sermón ante la Universidad de Oxford el 11 de junio de 1738, diez y ocho días después de haber tenido la conciencia de una nueva vida.
La gracia es la fuente de todas las bendiciones que el hombre recibe y en su condición caída, el manantial especial de su salvación, cuya única condición es la fe.

¿Por qué fe nos salvamos?
1. No es la fe que los paganos tienen en Dios como un Gobernador moral.
2. No es la fe intelectual del diablo.
3. No es solamente la fe que los apóstoles tenían antes de la resurrección.
4. Sino la fe de todo corazón en Cristo y en su sacrificio.
5. De aquí que la fe cristiana sea no sólo un asentimiento a todo el Evangelio de Cristo, sino también una perfecta confianza en su sangre; en los méritos de su vida, muerte y resurrección; en Él mismo co-mo la satisfacción ofrecida por nuestra vida, entregado por nosotros y viviendo en nosotros. Es una confianza segura que el hombre tiene en Dios de que por los méritos de Cristo, sus pecados han sido perdonados y él se ha reconciliado con Dios, de lo que resulta una unión íntima y un apego hacia Él como su “sabiduría, justificación, santificación y redención;” en una palabra: nuestra salvación.

LA SALVACION POR LA FE
Por gracia sois salvos por la fe (Efesios 2:8).
Impulsos únicamente de gracia, bondad y favor, son todas las bendiciones que Dios ha conferido al hombre; favor gratuito, inmerecido; gracia enteramente inmerecida, pues que el hombre no tiene ningún derecho a la menor de sus misericordias. Movido por un amor espontáneo, “formó al hombre del polvo de la tierra y alentó en él…soplo de vida,” alma en que imprimió la imagen de Dios; “y puso todo bajo sus pies.” La misma gracia gratuita existe aún para nosotros.

Son estas otras tantas pruebas más de su gratuita misericordia, puesto que cualquier cosa buena que haya en el hombre, es igualmente un don de Dios. La vida, el aliento y cuanto hay, pues que en nosotros nada se encuentra ni podemos hacer cosa alguna que merezca el menor premio de la mano de Dios. “Jehová, tú nos depararás paz; porque también obraste en nosotros todas nuestras obras.” Son estas otras tantas pruebas más de su gratuita misericordia, puesto que cualquiera cosa buena que haya en el hombre, es igualmente un don de Dios. “A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo.” A quien, con el Padre y el Espíritu Santo sean dados toda honra, majestad, poder, dominio y gloria, por siempre jamás. Amén.

Cualquier que mire la Inglaterra de los años 1700 y vea el trabajo de Juan Wesley, ese santo incansable y apasionante de Dios, estará de acuerdo que la Iglesia de Jesucristo estaba viva y saludable. Una Iglesia saludable es todavía el gran plan de Dios para preservar cualquier cosa de valor dentro de la civilización. La Iglesia – el Pueblo de Dios – la “sal” de la vida cotidiana es el único plan de Dios para salvar la civilización.