George Müller – Apóstol de la fe – 1805-1898

George Müller – Apóstol de la fe – 1805-1898

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“Por la fe Abel… Por la fe Noé… Por la fe Abraham…” Así es como el Espíritu Santo cuenta las increíbles proezas que Dios hizo por intermedio de los hombres que osaron confiar únicamente en El. Fue en el siglo XIX que Dios añadió lo siguiente a esa lista: “Por la fe Jorge Müller erigió orfanatos, alimentó a millares de huérfanos, predicó a millones de oyentes alrededor del mundo y ganó multitud de almas para’ Cristo.” Jorge Müller nació en 1805 de padres que no conocían a Dios. A la edad de diez años fue enviado al colegio con el propósito de que comenzara su preparación para el ministerio, pero no con el fin de servir a Dios, sino única y exclusivamente para llegar a tener una carrera, y una vida cómoda.

Esos primeros años de estudio transcurrieron en prácticas de vicios a los que se entregaba cada vez más, llegando en una ocasión a estar preso durante 24 días por ese motivo. Pero Jorge, una vez que quedó en libertad, comenzó a esforzarse en sus estudios, levantándose a las cuatro de la mañana y estudiando durante todo el día hasta las diez de la noche. Sin embargo, él hacía todo eso para alcanzar una vida descansada de predicador. No obstante, a los veinte años de edad se produjo una completa transformación en la vida de ese joven. Asistió a un culto donde los creyentes, de rodillas, imploraban a Dios que hiciese caer su bendición sobre la reunión.

Nunca se olvidó de aquel culto, en que vio por la primera vez a los creyentes orando de rodillas; quedó profundamente conmovido con el ambiente espiritual, al extremo de querer buscar él también la presencia de Dios, costumbre esa que, luego, no abandonó por el resto de su vida. Fue en esos días, después de sentirse llamado para ser misionero, que pasó dos meses hospedado en el famoso orfanato de el señor Franke. A pesar de que ese fervoroso siervo de Dios, el señor Franke había muerto hacía casi cien años (en 1727), su orfanato continuaba funcionando con las mismas reglas de confiar enteramente en Dios para todo sustento.

Más o menos al mismo tiempo en que Jorge Müller se hospedó en el orfanato, un cierto dentista, el señor Graves, abandonó sus actividades que le daban un salario de $7.500 dólares al año, a fin de hacerse misionero en Persia, confiando solamente en las promesas de Dios para la provisión de todo su sustento. Fue así que Jorge Müller, el nuevo predicador, recibió en esa visita la inspiración que lo indujo más tarde a fundar su orfanato, sobre los mismos principios.

Inmediatamente después de abandonar su vida de vicios, para dedicarse a Dios, Müller llegó a reconocer el error, más o menos universal, de leer mucho acerca de la Biblia y casi nada de la Biblia. Ese libro pasó a ser la fuente de toda su inspiración y el secreto de su maravilloso crecimiento espiritual. El mismo escribió: “El Señor me ayudó a abandonar los comentarios y a usar la simple lectura de la Palabra de Dios hecha con meditación. El resultado fue que, cuando la primera noche cerré la puerta de mi cuarto para orar y meditar sobre las Escrituras, aprendí más en pocas horas, que todo lo que había aprendido antes durante varios meses.” Y añadió: “La mayor diferencia, sin embargo, fue que recibí de esta manera la verdadera fuerza para mi propia alma.”

Antes de fallecer dijo que había leído la Biblia entera cerca de doscientas veces; cien veces lo hizo estando de rodillas. Cuando estaba aún en el seminario, durante los cultos domésticos que celebraba de noche con los otros alumnos, frecuentemente se quedaba orando hasta la media noche. De mañana, al levantarse, nos llamaba de nuevo para la oración de las seis de la mañana. Cierto predicador, poco tiempo antes de la muerte de Jorge Müller, le preguntó si oraba mucho. La respuesta fue ésta: “Algunas horas todos los días, y además vivo en el espíritu de oración; oro mientras estoy caminando, mientras estoy acostado y cuando me levanto.

Estoy constantemente recibiendo respuestas, Una vez que estoy persuadido de que cierta cosa es justa, continúo orando hasta recibirla. ¡Nunca dejo de orar!. . . Millares de almas han sido salvadas como respuesta a mis oraciones. . . Espero encontrar decenas de millares de ellas en el cielo. . . Lo más importante es no dejar de orar nunca hasta recibir la respuesta. He venido orando durante cincuenta y dos años, diariamente, por dos hombres, hijos de un amigo de mi mocedad. No se han convertido aún; sin embargo, espero que lo sean. ¿Cómo puede ser de otra manera? Hay una promesa inquebrantable de Dios y sobre ella descanso.”

Poco antes de su casamiento, él no se sentía a gusto con la costumbre de un salario fijo, prefiriendo confiar en Dios, en vez de confiar en las promesas de los hermanos. Sobre esto dio las siguientes tres razones:
(1) Un salario significa una cantidad de dinero designada, generalmente adquirida del arriendo de los bancos. Pero la voluntad de Dios no es arrendar los bancos.
(2) El precio fijo de un asiento en la iglesia, a veces, es demasiado pesado para algunos hijos de Dios y no quiero colocar el menor obstáculo en el camino del progreso espiritual de la iglesia…
(3) Toda la idea de arrendar los asientos para tener un salario llega a ser un tropiezo para el predicador, induciéndolo a trabajar más por el dinero que por razones espirituales.

A Jorge Müller le parecía casi imposible reunir y guardar dinero, para cualquier emergencia imprevista, sin recurrir también a ese fondo para suplir las necesidades, en vez de recurrir directamente a Dios para ello. Así el creyente confía en el dinero en vez de confiar en Dios. Un mes después de su casamiento, colocó una caja en el salón de cultos y anunció que podían dejar allí las ofrendas para su sustento, y que de ahí en adelante, no le pediría a nadie nada más, ni a sus amados hermanos; porque como él dijo; “Casi sin darme cuenta, he sido inducido a confiar en el brazo de carne en vez de ir directamente al Señor.”

El primer año acabó con un gran triunfo y Jorge Müller les dijo a los hermanos que, a pesar de la poca fe al comenzar, el Señor le había suplido ricamente todas sus necesidades materiales y, lo que era más importante todavía, le había concedido el privilegio de ser un instrumento de su obra. Sin embargo, el año siguiente fue un año de grandes pruebas, porque muchas veces no le había quedado ni siquiera un chelín. Y Jorge Müller añade que en el momento preciso su fe siempre fue recompensada con la llegada del dinero o de los alimentos.

Cierto día, cuando sólo le quedaban ocho chelines, Müller pidió al Señor que le enviase dinero. Esperó durante muchas horas sin recibir ninguna respuesta. Entonces llegó una señora que le preguntó: “¿Hermano, precisa usted de dinero?” Fue una gran prueba de su fe, sin embargo, el pastor le respondió: “Hermana mía, yo les dije a los hermanos, cuando abandoné mi salario, que sólo informaría al Señor respecto de mis necesidades.” — “Pero”, respondió la señora, “El me ha dicho que le diese a usted esto”, y colocó 42 chelines en la mano del predicador.

En otra ocasión, transcurrieron tres días sin que Müller tuviese dinero en casa y fueron fuertemente tentados por el diablo, al punto de que casi resolvieron que se habían equivocado en aceptar la doctrina de fe en ese sentido. Sin embargo, cuando volvió a su cuarto, encontró 40 chelines que una hermana le había dejado. Y entonces, añadió: “Así triunfó el Señor, y nuestra fe fue fortalecida.” Antes de finalizar ese año, se quedaron otra vez totalmente sin dinero, un día en que tenían que pagar el alquiler. Pidieron a Dios que les enviase el dinero, y el dinero les fue enviado.

En esa ocasión Jorge Müller formuló para sí la siguiente regla, de la cual nunca jamás se desvió: “No nos endeudaremos, porque hemos visto que tal cosa no es bíblica (Romanos 13:8), y así no tendremos cuentas que pagar. Solamente compraremos con el dinero en la mano; así siempre sabremos cuánto poseemos realmente y cuánto es lo que tenemos derecho de dar.” De esta manera Dios entrenaba gradualmente al nuevo predicador para que confiase en sus promesas. Estaba tan seguro de la fidelidad de las promesas de la Biblia, que no se desvió, durante todos los largos años de su obra en el orfanato, de la resolución de no pedir al prójimo, ni de endeudarse.

Otro secreto que lo llevó a alcanzar una bendición tan grande como es la de confiar en Dios, fue su resolución de usar el dinero que recibía, solamente para el fin a que el mismo fuera destinado. De esta regla tampoco se desvió nunca, ni siquiera para tomar prestado de tales fondos, a pesar de hallarse millares de veces frente a las mayores necesidades. En esos días, cuando comenzó a verificar que las promesas de Dios se cumplían, se sintió conmovido por el estado de los huérfanos y de los pobres niños que encontraba en las calles. Reunió algunos de esos niños para que desayunasen con él a las ocho de la mañana, y después les enseñaba las Escrituras durante una hora y media.

La obra aumentó rápidamente. Mientras más crecía el número le niños que venían a su mesa para comer más era el dinero que recibía para alimentarlos, hasta el punto que se encontró cuidando de treinta a cuarenta personas. Al mismo tiempo Jorge Müller fundó la Junta para el conocimiento de las Escrituras en el país y en el extranjero. El fin era: (1) Auxiliar a las escuelas bíblicas y a las escuelas dominicales. (2) Divulgar las Escrituras. (3) Aumentar la obra misionera. No es necesario añadir que todo eso se hizo con las mismas resoluciones de no endeudarse por ningún motivo, sino siempre pedir a Dios en secreto.

Cierta noche cuando él leía la Biblia, se quedó profundamente impresionado con las palabras: “Abre tu boca, y yo la llenaré”, (Salmo 81:10). Se sintió llevado a aplicar esas palabras al orfanato, siéndole dada la fe para pedir al Señor que enviase mil libras esterlinas; también pidió a Dios que levantase hermanos con las aptitudes necesarias para cuidar de los niños. Desde aquel momento ese texto del Salmo 81 le sirvió como lema, y la promesa se convirtió en un poder que determinó todo el curso de su vida futura.

Dios no demoró mucho en dar su aprobación para que arrendase una casa para los huérfanos. Apenas dos días después de haber comenzado a pedir, él escribió en su diario lo siguiente: “Hoy recibí el primer chelín para la casa de los huérfanos.” Cuatro días después recibió la primera contribución de muebles: un armario guardarropa, y una hermana le ofreció prestar sus servicios para cuidar de los huérfanos. Jorge Müller escribió ese día que estaba muy alegre y que confiaba en que el Señor le completaría todo lo demás. Al día siguiente Müller recibió una carta con estas palabras: “Por la presente le ofrecemos nuestro servicio para la obra del orfanato, si es que usted cree que tenemos las aptitudes necesarias para tal fin. También le ofrecemos todos los muebles, etc., que el Señor nos ha dado.

Haremos todo esto sin pretender ninguna retribución económica, creyendo que si es la voluntad de Dios usarnos, El se encargará de suplir todas nuestras necesidades”. Desde aquel día nunca faltaron en el orfanato un auxiliar alegre y dedicado, a pesar de que la obra aumentó mucho más rápido de lo que Müller esperaba. Fue tres meses después que Jorge Müller consiguió alquilar una casa grande, y anunció la fecha de la inauguración del orfanato para el sexo femenino. El día de la inauguración, sin embargo, tuvo la gran desilusión de comprobar que no se había recibido ninguna huérfana.

Solamente después que llegó a su casa se acordó de que no las había pedido. Aquella noche se postró rogando a Dios lo que anhelaba. Obtuvo la victoria de nuevo, pues vino una huérfana al día siguiente. Y luego, cuarenta y dos pidieron su admisión antes de que el mes terminase, y ya había veintiséis en el orfanato. Durante el año hubo grandes y repetidas pruebas de fe. Por ejemplo, se lee en su diario lo siguiente: “Sintiendo una gran necesidad ayer por la mañana, fui guiado a pedir con insistencia a Dios y, como respuesta, por la tarde, un hermano me dio diez libras esterlinas.” Muchos años antes de su muerte, él afirmó que, hasta aquella fecha, había recibido ya de la misma manera, cinco mil veces la respuesta el mismo día en que había hecho la petición.

Era su costumbre y la recomendaba también a los otros hermanos, llevar un libro. En una página registraba su petición, con la fecha, y en el lado opuesto, la fecha en que recibía la respuesta. De esa manera fue inducido a esperar respuestas concretas a sus peticiones, y no había dudas acerca de esas respuestas. Con el crecimiento del orfanato y el aumento del servicio de pastorear a los 400 miembros de su iglesia, Jorge Müller se halló demasiado ocupado para orar. Fue en ese tiempo que llegó a reconocer que el creyente podía hacer más en cuatro horas, después de emplear una en orar, que en cinco horas sin oración.

En adelante él observó siempre fielmente esa regla durante 60 años. Cuando arrendó la segunda casa para huérfanos del sexo masculino, dijo lo siguiente: “Al orar, yo sabía que le pedía a Dios algo que no había esperanza de recibir de los hermanos; pero que, sin embargo, no era demasiado para el Señor.” El oraba, con 90 personas sentadas a las mesas, de esta manera: “Señor, mira las necesidades de tu siervo. . .” Y ésa fue una oración a la que Dios siempre respondió abundantemente. Antes de morir, declaró que mediante la fe alimentaba a dos mil huérfanos, y ninguna comida se sirvió con un atraso de más de treinta minutos.

Muchas personas le preguntaban con frecuencia a Jorge Müller — y muchas aún lo preguntan — cómo lograba él saber la voluntad de Dios, pues nunca realizaba ninguna transacción, por pequeña que fuese, sin tener primero la seguridad de la voluntad de Dios. A esa pregunta él respondía:
1) Procuro mantener mi corazón en tal estado, que no tenga ninguna voluntad propia en el caso. De diez problemas, ya tenemos la solución de nueve, cuando logramos tener un corazón dispuesto a hacer la voluntad del Señor, sea cual sea. Cuando llegamos verdaderamente a ese punto, estamos casi siempre próximos a saber cuál es la voluntad de El.
2) Teniendo dispuesto el corazón para hacer la voluntad del Señor, no dejo el resultado al mero sentimiento o a la simple impresión. Si lo hago, estaré sujeto a grandes engaños.
3) Procuro la voluntad del Espíritu de Dios por medio de su Palabra o de acuerdo con la Palabra. Es esencial que el Espíritu y la Palabra vayan juntos el uno al lado de la otra. Si yo mirase al Espíritu sin tomar en cuenta la Palabra, quedaría sujeto del mismo modo a sufrir grandes engaños.
4) Después considero las circunstancias providenciales. Esas, junto con la Palabra de Dios y con su Espíritu, indican claramente la voluntad del Señor.
5) Pido a Dios en oración que me revele su propia voluntad.
6) De esta manera, después de orar a Dios, estudiar la Palabra y reflexionar sobre su contenido, es que logro la mejor resolución deliberada que puedo con mi capacidad y conocimiento; si continúo sintiendo paz, en ese caso, después de dos o tres peticiones más, sigo conforme a esa dirección. Tanto en los casos mínimos como en las transacciones de mayor responsabilidad, siempre encuentro que este método es eficiente.”

Tres años antes de su muerte, Jorge Müller escribió: “No recuerdo en toda mi vida de creyente, durante un período de 69 años, que yo jamás haya buscado SINCERAMENTE Y CON PACIENCIA, saber la voluntad de Dios mediante las enseñanzas del Espíritu Santo por intermedio de la Palabra de Dios, y que no haya sido guiado con certeza. Sin embargo, si mi corazón no era lo suficientemente sincero y puro ante Dios, o si yo no buscaba con paciencia la dirección de Dios, o si prefería más bien el consejo del prójimo al de la Palabra del Dios vivo, entonces erraba gravemente.” Su confianza en el “Padre de los huérfanos” era tal, que ni una sola vez rehusó aceptar niños en el orfanato.

Cuando le preguntaron por qué asumió el cargo del orfanato, respondió que no fue solamente para alimentar a los huérfanos material y espiritualmente, sino que “el primer objetivo básico del orfanato ha sido, y aún es, que Dios sea glorificado por el hecho de que, estando bajo mi cuidado, los huérfanos han sido y aún son suplidos de todo lo necesario, solamente por la oración y la fe, sin que ni yo ni mis compañeros de trabajo hayamos pedido nada al prójimo; por eso mismo se puede ver que Dios continúa siendo fiel y aún responde a la oración.” Respondiendo a muchos que querían saber cómo el creyente podía adquirir una fe tan grande, les dio las siguientes reglas:
1) Leer la Biblia y meditarla. Se llega a conocer a Dios por medio de la oración y de la meditación de su Palabra.
2) Procurar mantener un corazón íntegro y una buena conciencia.
3) Si deseamos que nuestra fe crezca, no debemos evitar aquello que la pruebe y por medio de lo cual ella sea fortalecida. “Además, para que nuestra fe se fortalezca, es necesario que dejemos que Dios actúe por nosotros al llegar la hora de la prueba, y no procuremos nuestra propia liberación. “Si el creyente desea poseer una fe grande, debe dar tiempo para que Dios trabaje.

Los cinco edificios construidos de piedra labrada y situados en Ashley Hill, Bristol, Inglaterra, con sus 1.700 ventanas y espacio suficiente para acomodar a más de 2.000 personas, son testigos fieles de esa gran fe sobre la cual él se expresó. Debemos recordar que, por cada una de esas dádivas, Jorge Müller luchó en oración para conseguirlas una a una de las manos de Dios; oró con un fin seguro y con perseverancia, y Dios respondió con el mismo grado definitivo. Son de Jorge Müller estas palabras:
“Muchas y repetidas veces me he encontrado en situaciones en que no tenía más recursos. No solamente había que alimentar a 2100 personas diariamente, sino también había que conseguir todo lo necesario para suplir lo demás, y todos los fondos estaban agotados. Había 189 misioneros que sustentar, sin tener cosa alguna; cerca de cien escuelas, con más o menos nueve mil alumnos, y sin tener a la mano nada con que proveerlos; casi cuatro millones de tratados para distribuir, y todo el dinero se había acabado.”

Cierta vez el doctor A. T. Pierson fue huésped de Jorge Müller en su orfanato. Una noche, después que todos se habían acostado, Müller lo llamó para que viniese a orar, diciéndole que en la casa no había nada para comer. El doctor Pierson quiso recordarle que los comercios estaban cerrados, pero Müller lo sabía perfectamente. Después de orar, se acostaron y durmieron, y al amanecer ya los alimentos habían sido suplidos, y en abundancia, para los 2.000 niños. Ni el doctor Pierson, ni Jorge Müller llegaron a saber nunca cómo esos alimentos habían sido enviados. La historia le fue contada aquella misma mañana al señor Simón Short, bajo la promesa de que la guardaría en secreto hasta el día de la muerte del benefactor.

El Señor había despertado a esa persona de su sueño y lo había llamado para que llevase alimentos suficientes para suplir la despensa del orfanato para todo un mes. Y eso ocurrió sin que él supiera nada de que Jorge Müller y el doctor Pierson habían estado orando al respecto. A la edad de 69 años Jorge Müller comenzó sus viajes, en los cuales predicó muchos millares de veces, en 42 países, a más de tres millones de personas. Recibió de Dios todo como respuesta a sus oraciones, para pagar los grandes gastos de esos viajes. Más tarde él escribió: “Digo con razón: Creo que no fui dirigido a ningún lugar donde no hubiese prueba evidente de que el Señor me mandaba para allá.” El no hizo esos viajes con el propósito de solicitar dinero para la junta; no recibió lo suficiente para los gastos de medio día de la junta. Según sus propias palabras, el objeto era éste: “Que yo pudiese, por mi propia experiencia y conocimiento de las cosas divinas, comunicar una bendición a los creyentes… y que yo pudiese predicar el evangelio a los que no conocían al Señor.”

Jorge Müller escribió lo siguiente sobre un problema espiritual: “Siento constantemente mi necesidad…  No puedo estar solo, sin caer en las garras de Satanás. El orgullo, la incredulidad u otros pecados me llevarían a la ruina. Solo, no permanezco firme un momento. ¡Que ningún lector piense de mí que no estoy sujeto a la jactancia y al orgullo, que yo no puedo dejar de creer en Dios!” El estimado evangelista Charles Inglis, contó lo siguiente respecto a Jorge Müller: “Cuando por primera vez vine a América, hace 31 años, el capitán del navío era uno de los más devotos creyentes que yo había conocido jamás. Cuando nos aproximábamos a Terranova, él me dijo: ‘Señor Inglis, la última vez que pasé por aquí, hace cinco semanas, sucedió una cosa tan extraordinaria, que causó la transformación de toda mi vida de creyente.

Hasta aquel momento yo había sido un creyente común y corriente. Había a bordo con nosotros un hombre de Dios, el señor Jorge Müller, de Bristol. Yo había pasado 22 horas sin alejarme del puente de mando ni por un momento, cuando de pronto me asusté porque alguien me tocó en el hombro. Era el señor Jorge Müller.’ “Capitán me dijo él, vine a decirle que yo tengo que estar en Quebec el sábado por la tarde. Era miércoles ¡Es imposible! — le contesté. Pues bien, si su navío no puede llevarme, Dios encontrará otro medio de transporte. Durante cincuenta y siete años, nunca dejé de estar en el lugar y a la hora que me había comprometido, — respondió el señor Müller —. Tendría muchísimo placer en ayudarlo, pero, ¿qué puedo hacer? No hay medios, — le dije yo —. Entremos aquí para orar — respondió el señor Müller.

Miré a aquel hombre y me dije a mí mismo: ¡¿De qué casa de locos se habrá escapado éste?!’ Nunca había oído hablar de una cosa semejante. Entonces le dije yo: Señor Müller, ¿sabe usted cómo está de espesa esta neblina? — El me respondió —: No, mis ojos no están viendo la neblina, sino que están viendo al Dios vivo, el cual gobierna todas las circunstancias de mi vida. — Cayó de rodillas y oró en la forma más simple. Yo pensé: ‘Esa es una oración como la de un niño que no tiene más de ocho o nueve años.’ Fue más o menos así que él oró: — Oh Señor, si es tu voluntad, retira esta neblina en cinco minutos. Tú sabes que me he comprometido a estar en Quebec el sábado. Creo que ésa es tu voluntad.
— Cuando acabó, yo también quise orar, pero él me puso la mano sobre mi hombro y me pidió que no lo hiciese, diciendo — Primero, usted no cree que Dios lo haría, y, segundo, yo creo que El ya lo hizo. No hay ninguna necesidad de que usted ore con el mismo fin.
— Miré al Señor Müller, quien continuó diciendo: Capitán, conozco a mi Señor desde hace 57 años, y no ha habido un solo día en que yo no haya tenido audiencia con el Rey. Levántese, Capitán, abra la puerta y verá que la neblina ya desapareció. — Me levanté y en efecto la neblina ya había desaparecido.

El sábado por la tarde, Jorge Müller estaba en Quebec, como él lo deseaba.” Para ayudarlo a llevar la pesada carga de los orfelinatos y a apropiarse de las promesas de Dios mediante la oración, estuvo siempre al lado de Jorge Müller su fiel esposa que lo acompañó durante casi 40 años. Cuando ella falleció, muchos millares de personas asistieron a su entierro, entre las cuales se contaban cerca de 1.200 huérfanos que podían caminar. El mismo, fortalecido por el Señor, conforme confesó, dirigió los cultos fúnebres en el templo y en el cementerio.

A la edad de 66 años se casó por segunda vez. Luego, a la edad de 90 años predicó el sermón fúnebre de su segunda esposa, como lo hiciera a la muerte de su primera esposa. Una persona que asistió a ese entierro se expresó de la siguiente manera: “Tuve el privilegio, el viernes, de asistir al entierro de la señora de Müller… y presenciar un culto sencillo, ¡que, tal vez, ha sido el único en la historia del mundo! Aquí un venerable patriarca presidía el culto entero; a la edad de noventa años permanecía todavía lleno de aquella enorme fe que lo ha habilitado para alcanzar tanto, y que lo ha sustentado en emergencias, problemas y trabajos durante una larga vida…”

En el año 1898, a la edad de 93 años, la última noche antes de partir para estar con Cristo, sin haber demostrado ninguna señal de disminución en sus fuerzas físicas, se acostó como de costumbre. A la mañana del día siguiente fue “llamado”, según la expresión de un amigo al recibir las noticias que así explican la partida: “¡Querido anciano Müller! Desapareció de nuestro medio para irse al Hogar celestial, cuando el Maestro le abrió la puerta y lo llamó tiernamente, diciéndole: ‘Ven’.” Los periódicos publicaron, medio siglo después de su muerte, la siguiente noticia: “El orfelinato de Jorge Müller, en Bristol, permanece como una de las maravillas del mundo. Desde su fundación en 1836, la cifra de aportaciones que Dios ha concedido únicamente como respuesta a las oraciones, llega a más de veinte millones de dólares, y el número de huérfanos atendidos asciende a 19.935.

A pesar de que los vidrios de cerca de 400 ventanas se quebraron recientemente por las bombas (en la segunda guerra mundial), ningún niño, ni ningún auxiliar resultaron heridos