Dwight Lyman Moody – Célebre conquistador de almas – 1837-1899

Dwight Lyman Moody – Célebre conquistador de almas – 1837-1899

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Sucedió durante una de las famosas campañas evangelísticas de Moody. Se había reservado la noche de un lunes para un discurso dirigido a los materialistas. Carlos Bradlaugh, campeón del escepticismo, que entonces se encontraba en el cenit de su fama, había ordenado que todos los miembros de los clubs que había fundado asistiesen a la reunión. Así pues, cerca de 5.000 hombres, resueltos a dominar el culto entraron y ocuparon todos los bancos. Moody predicó sobre el siguiente texto: “Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca, y aun nuestros enemigos son de ello jueces” (Deuteronomio 32:31). Relatando una serie de incidentes pertinentes y conmovedores de sus experiencias con personas que estaban en su lecho de muerte, Moody dejó que los hombres juzgasen por sí mismos quién tenía un mejor fundamento sobre el cual debían basar su fe y su esperanza. Sin querer, muchos de los asistentes tenían lágrimas en los ojos. La gran masa de hombres, mostrando el más negro y determinado desafío a Dios, reflejado en el rostro, encaró el continuo ataque a los puntos más vulnerables, es decir, el corazón y el hogar.

Al finalizar, Moody dijo: “Levantémonos para cantar: ‘Oh, venid vosotros los afligidos, ahora’ y mientras lo hacemos, los porteros abran todas las puertas para que puedan salir todos los que quieran. Después seguiremos el culto como de costumbre, para aquellos que deseen aceptar al Salvador.” Una de las personas que asistió a ese culto, dijo: “Yo esperaba que todos iban a salir inmediatamente, dejando el recinto vacío. Pero la gran masa de 5.000 hombres se levantó, cantó y se sentó de nuevo; ¡ninguno de ellos dejó su asiento!” Moody, entonces dijo: “Quiero explicar cuatro palabras: Recibid, creed, confiad y aceptad al Señor.”

Una amplia sonrisa pasó por todo aquel mar de rostros. Después de hablar un poco sobre la palabra recibida, Moody hizo un llamamiento: “¿Quién quiere recibirlo? Solamente tienen que decir: ‘Quiero.’ ” Cerca de cincuenta de los que se encontraban de pie y arrimados a las paredes, respondieron: “Quiero”, pero ninguno de los que estaban sentados dijo nada. Un hombre exclamó: “Yo no puedo”, a lo que Moody replicó: “Habló bien y con razón, amigo; fue bueno que se haya expresado así. Escuche y después podrá decir: ‘Yo puedo.’ Moody entonces explicó el sentido de la palabra “creer” e hizo el segundo llamamiento: “¿Quién dirá: ‘Yo quiero creer en Él?’ ” De nuevo, algunos de los hombres que estaban de pie respondieron, aceptando; pero uno de los jefes de uno de los clubs gritó: “¡Yo no quiero!” Entonces Moody, vencido por su ternura y compasión, respondió con voz quebrantada: “Todos los hombres que están aquí esta noche tienen que decir: “Yo quiero”, o “Yo no quiero”. Entonces Moody hizo que la audiencia considerase la historia del hijo pródigo, diciendo: “La batalla es sobre querer — solamente sobre querer. Cuando el hijo pródigo dijo: `Me levantaré’, fue cuando él ganó la lucha, porque había alcanzado el dominio sobre su propia voluntad. Y sobre este punto es que depende todo hoy. Señores, tenéis ahí en vuestro medio a vuestro campeón, el amigo que dijo: ‘Yo no quiero. ‘Deseo que todos aquí, los que crean que ese campeón tiene razón, se levanten y sigan su ejemplo, diciendo: ‘Yo no quiero.’

“Todos se quedaron quietos y hubo un gran silencio hasta que por fin Moody lo interrumpió, diciendo: “¡Gracias a Dios! Nadie dijo: ‘Yo no quiero.’ Ahora, ¿quién dirá: ‘Yo quiero?’ “Entonces parece que, instantáneamente, el Espíritu Santo se hizo cargo de ese gran auditorio de enemigos de Jesucristo, y cerca de 500 hombres se pusieron de pie, con lágrimas corriéndoles por las mejillas y gritando: “¡Yo quiero! ¡Yo quiero!” Clamaron hasta que todo el ambiente se transformó. La batalla se había ganado. El culto terminó sin demora, para que se comenzase la obra entre aquellos que estaban deseosos de recibir su salvación. En cuestión de ocho días, cerca de dos mil personas fueron transferidas de las filas del enemigo al ejército del Señor, mediante la rendición de la propia voluntad.

Los años que siguieron probaron la firmeza de la obra, pues los clubs nunca se levantaron. Dios, en su misericordia y poder, los aniquiló mediante su evangelio. Un total de quinientas mil almas preciosas ganadas para Cristo, es el cálculo de la cosecha que Dios hizo por intermedio de su humilde siervo, lo consideraban, del siglo XIX, el hombre que había sido más usado por Dios para ganar almas. No se exagera al decir que hoy en día, más de medio siglo después de su muerte, los creyentes se refieren a su nombre más que a cualquier otro nombre después del tiempo de los apóstoles. Que nadie piense, sin embargo, que Moody fue grande en sí mismo o que tuvo oportunidades que los demás no tienen. Sus antepasados eran sólo labradores, los cuales vivieron por siete generaciones, es decir durante unos 200 años, en el valle de Connecticut, en los Estados Unidos.

Moody nació el 5 de febrero de 1837, de padres pobres, siendo él el sexto de entre nueve hijos. Cuando él todavía era pequeño, su padre falleció y los acreedores se apoderaron de todo, dejando a la familia destituida de todo, hasta de la leña para calentar la casa en tiempo de intenso frío. No hay historia tan conmovedora e inspiradora como la de aquellos años de lucha de la viuda, madre de Moody. Pocos meses después de la muerte de su marido, le nacieron gemelos, cuando el hijo mayor tenía solamente doce años de edad. El consejo de todos sus parientes fue que ella entregase a sus hijos para que otros los criaran. Pero con un invencible coraje y una santa dedicación a sus hijos, ella logró criar a todos los nueve hijos en su propio hogar.

Se conserva todavía, como un preciado tesoro, su Biblia, con las palabras de Jeremías 49:11 subrayadas: “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas.” ¿Qué otra cosa se puede esperar de los hijos que se han criado junto a su madre, sino que se conviertan en hombres y mujeres que conozcan al mismo Dios que ella conoció? Así se expresó Moody, junto al ataúd de la madre, cuando ella falleció a la edad de noventa años: “Si puedo contener mi emoción, quiero decir algunas palabras. Es un gran honor el haber sido hijo de una madre como ella. Yo he viajado mucho, pero nunca he encontrado otra persona como ella. Ella estaba siempre tan unida a sus hijos, que representaba para cualquiera de nosotros un gran sacrificio alejarnos del hogar. “Durante el primer año después que mi padre falleció, ella se dormía todas las noches llorando. No obstante, estaba siempre alegre y animada en presencia de sus hijos.

Las añoranzas le servían para llevarla hacia Dios… Muchas veces yo me despertaba y ella estaba orando, y otras veces, llorando. No puedo expresar la mitad de lo que deseo decir. ¡Cuán querido es para mí aquel rostro! Durante cincuenta años no he sentido gozo mayor que el de volver a mi casa. Cuando yo venía de regreso y estaba todavía a 75 kilómetros de distancia, ya me sentía tan inquieto y deseoso de llegar, que me levantaba del asiento para pasear por el vagón, hasta que el tren llegaba a la estación… Si llegaba después del anochecer, siempre miraba para ver la luz de la ventana de mi madre. Me sentí tan feliz esta vez por haber llegado a tiempo de que ella todavía pudiese reconocerme. Le pregunté; ¿Madre, me reconoces?’ y ella respondió: ‘¡Vamos, cómo no te voy a reconocer!’

“Aquí está su Biblia, tan gastada, porque es la Biblia del hogar; todo lo que ella tenía de bueno, vino de este libro y fue de él que nos enseñó. Si mi madre era una bendición para el mundo, fue porque ella bebía de esta fuente. La luz de la viuda de Moody brilló desde su casa en la colina durante cincuenta años. ¡Que Dios te bendiga, madre; aún te amamos! ¡Adiós, tan sólo por un poco de tiempo, madre!”Al considerar el éxito de Moody, nos vemos obligados a añadir: ¿Quién puede calcular las posibilidades de un hijo criado en un hogar en que los padres aman sinceramente al Padre celestial, al punto de llamar diariamente a todos sus hijos, para que escuchen la voz de Dios en la lectura de la Biblia, y clamen reverentemente a Él en oración?

Todos los hijos de la viuda de Moody asistían a los cultos los domingos; llevaban la merienda para pasar el día entero en la iglesia. Tenían que oír dos prolongados sermones, y entre ésos, asistir a la Escuela Dominical. Moody después de trabajar toda la semana, creía que su madre le exigía demasiado obligándolo a asistir a los sermones, los cuales él no comprendía. Pero finalmente, llegó a agradecer a esa buena madre su dedicación en ese sentido.

A la edad de 17 años, Moody salió de su casa para ir a trabajar a la ciudad de Boston, donde encontró empleo en la zapatería de un tío suyo. Continuó asistiendo a los cultos, pero todavía no era salvo. Nótenlo bien todos aquellos que se dedican a la obra de ganar almas, que no fue en un culto donde Moody fue llevado al Salvador.

Su maestro de la Escuela Dominical, Eduardo Kimball, nos cuenta lo siguiente: “Resolví hablarle acerca de Cristo y acerca de su alma. Vacilé un poco antes de entrar a la zapatería, pues no quería estorbar al muchacho durante las horas de trabajo. . . Por fin entré, resuelto a hablarle sin más demora. Encontré a Moody al fondo de la tienda envolviendo calzado. Enseguida me aproximé a él y poniéndole una mano sobre el hombro, hice lo que después me pareció una presentación muy pobre, una invitación para aceptar a Cristo. No me acuerdo de lo que le dije entonces, ni el mismo Moody podía recordarlo algunos años después. Simplemente le hablé del amor de Cristo para con él, y el amor que Cristo esperaba de él en reciprocidad. Me parecía que el muchacho estaba listo para recibir la luz que lo iluminó en aquel momento, y allí mismo al fondo de la zapatería, él se entregó a Cristo.”

En la historia del cristianismo, a través de los siglos, no ha habido creyente que fuese, en cuanto a celo, menos remiso, y en espíritu, más fervoroso en servir al Señor, desde su conversión hasta el día de su muerte, que Moody. Cuántas veces después, el señor Kimball daba gracias a Dios por no haber sido desobediente a la visión celestial. ¿Cuál habría sido el resultado si no le hubiese hablado al joven aquella mañana en la zapatería?! Era costumbre de las iglesias de aquella época, que alquilasen los asientos. Moody, inmediatamente después de su conversión, transportado de amor para con su Salvador pagó el arriendo de un banco. Luego recorrió las calles, hoteles y casas de pensión, buscando hombres y muchachos para llenarlo en todos los cultos. Después arrendó otro banco, y después otro y otro, hasta llegar a llenar cuatro bancos todos los domingos.

Pero eso no era suficiente para satisfacer el amor que él sentía por los perdidos. En ese tiempo, siendo aún de menos de veinte años de edad, se fue a Chicago, donde siguió trabajando con mucho éxito como vendedor de zapatos. Allí cierto domingo visitó una Escuela Dominical, donde pidió permiso para enseñar una clase. El dirigente le respondió: “Hay doce maestros y dieciséis alumnos. Sin embargo, usted puede enseñar a todos los alumnos que consiga traer a la escuela.” Fue una gran sorpresa para todos, cuando el domingo siguiente Moody entró con dieciocho niños traídos de la calle, sin sombrero, sin zapatos y con la ropa sucia y raída — como él dijo: “Todos ellos tienen un alma que salvar.” Continuó llevando cada vez más alumnos a la Escuela Dominical, hasta que algunos domingos después ya no cabían más en el edificio.

Entonces resolvió abrir otra Escuela Dominical en otra parte de la ciudad. Moody no enseñaba, sino que consiguió profesores, y proporcionaba el pago del alquiler y de otros gastos. En pocos meses esa Escuela Dominical se convirtió en la mayor de la ciudad de Chicago. Como no consideraba conveniente pagar a otro para que trabajara el día domingo, Moody, muy temprano por la mañana, sacaba las pipas de cerveza (otros ocupaban el local durante la semana), barría y preparaba todo para el funcionamiento de la escuela. Después, salía para invitar a los alumnos. A las dos de la tarde, cuando volvía después de hacer sus invitaciones, encontraba el local repleto de alumnos.

Después de terminar el servicio en la Escuela Dominical, él iba a visitar a los ausentes e invitaba a todos para que fuesen al servicio de predicación de la noche. En su llamamiento de después del sermón, invitaba a todos los interesados a quedarse para un culto especial, en el cual trataban individualmente con todos. Moody también participaba en esa cosecha de almas. Antes de acabar el año, un promedio de seiscientos alumnos asistían a la Escuela Dominical, divididos en ochenta clases. Luego la asistencia pasó a ser de mil alumnos y a veces hasta de mil quinientos. El éxito de Moody en la Escuela Dominical atrajo la atención de otros que se interesaban por el mismo trabajo. De vez en cuando era invitado a participar en las grandes convenciones de las Escuelas Dominicales.

Cierta vez, después que Moody hablase en una convención, un orador lo censuró severamente por no saber dirigirse a un auditorio. Moody avanzó hacia el frente, y después de explicar que reconocía no ser un individuo instruido, agradeció al ministro por haberle mostrado sus defectos, y le pidió que orase a Dios para que El lo ayudase a hacer lo mejor que pudiese. Al mismo tiempo que Moody se dedicaba a la Escuela Dominical con tan buenos resultados, también se esforzaba por tener éxito todos los días en el negocio. La gran meta de su vida era llegar a ser uno de los principales comerciantes del mundo, un multimillonario. ¡No tenía más de veintitrés años y ya había ahorrado siete mil dólares! Pero su Salvador tenía un plan mucho más noble para su siervo.

Cierto día uno de los maestros de la Escuela Dominical entró en la zapatería donde Moody trabajaba. Le informó que estaba tuberculoso y que, habiendo sido desahuciado por el médico, había decidido volver a Nueva York para morir allí. Confesó que se sentía muy turbado, no porque tenía que morir, sino porque hasta entonces no había logrado llevar al Salvador a ninguna de las muchachas de su clase de la Escuela Dominical. Moody, profundamente conmovido, sugirió que visitasen juntos a las muchachas en sus casas, una por una. Visitaron a una, y el maestro le habló seriamente acerca de la salvación de su alma. La joven escuchó, dejó su superficialidad y comenzó a llorar, entregándose a su Salvador. Todas las otras muchachas que fueron visitadas en aquel día hicieron lo mismo. Pasados diez días, el maestro fue nuevamente a la zapatería. Lleno de júbilo le informó a Moody que todas las chicas se habían entregado a Cristo. Resolvieron entonces invitar a todas a un culto de oración y despedida, la víspera de la partida del maestro para Nueva York.

Todos se arrodillaron y Moody, después de hacer una oración, estaba por levantarse cuando una de las muchachas comenzó también a orar. Todas oraron suplicando a Dios en favor del maestro. Al salir, Moody suplicó: “¡Oh Dios permíteme morir antes que perder la bendición que recibí hoy aquí!” Más tarde Moody confesó: “Yo no sabía el precio que tenía que pagar por haber participado en la evangelización individual de esas muchachas. Perdí todo el afán de negociar; ya no tenía más interés en el comercio. Había experimentado otro mundo y no quería ganar más dinero. . ¡Qué delicia es llevar un alma de las tinieblas de este mundo a la gloriosa luz y libertad del evangelio!”

Entonces, a la edad de veinticuatro años, poco tiempo después de haberse casado, Moody decidió dejar un buen empleo con un salario de cinco mil dólares al año, un salario que era fabuloso en aquel tiempo, para trabajar todos los días en el servicio de Cristo, sin tener ninguna promesa de recibir retribución económica alguna. Después de tomar esa resolución, se apresuró en ir al trabajo donde muy conmovido, anunció: “¡Ya he decidido emplear todo mi tiempo al servicio de Dios!” “¿Y cómo va a mantenerse?” le preguntaron. “Bueno, Dios me suplirá todo”, contestó, “si Él quiere que yo continúe; y continuaré hasta que me vea obligado a desistir.”

Es muy interesante observar lo que él escribió poco después a su hermano Samuel: “Querido hermano: Las horas más alegres que he experimentado en la tierra, fueron las que pasé en la obra de la Escuela Dominical. Samuel, reúne un grupo de muchachos perdidos, llévalos a la Escuela Dominical y pide a Dios que te dé sabiduría para instruirlos en el camino de la vida eterna.” Al tiempo que Moody describía su alegría, se vio obligado a dejar la pensión, a alimentarse más simplemente y a dormir en uno de los bancos del salón. Acerca de su desprendimiento por el dinero, Torrey hizo esta observación: ” (Moody) me dijo que si hubiese aceptado los lucros provenientes de la venta de los himnarios que él publicó, esos lucros sumarían un millón de dólares. Sin embargo, Moody rehusó tocar ese dinero, aun cuando por derecho le correspondía…

En cierta ciudad que Moody visitó en los últimos años de su vida, estando yo en su compañía, fue públicamente anunciado que él no aceptaría ninguna recompensa por sus servicios. Pero el hecho era que él casi no tenía otros medios de sustento, sino aquello que recibía en sus conferencias. Sin embargo, él no hizo ningún comentario sobre aquel anuncio y salió de aquella ciudad sin recibir un centavo siquiera por su arduo trabajo; y me parece que fue él mismo quien pagó su cuenta en el hotel donde se había hospedado.” La parte de la biografía de D. L. Moody que se refiere a los primeros años de su ministerio está repleta de proezas hechas en la carne. Mencionamos aquí sólo una, esto es, el hecho de que Moody hizo un increíble número de visitas en un sólo día.

El mismo más tarde se refería a aquellos años como una manifestación del “celo de Dios, pero sin entendimiento”, añadiendo: “Hay, sin embargo, más esperanza para el hombre que tiene celo, pero no entendimiento, que para el hombre de entendimiento sin celo.” Cuando estalló la tremenda Guerra Civil, Moody llegó con los primeros soldados al campamento militar, donde armó una gran tienda para los cultos. Después reunió dinero y levantó un templo, donde celebró mil quinientos cultos durante la guerra. Una persona que lo conocía, comentó su modo de

actuar de la siguiente manera: “Moody parecía estar constantemente en todos los lugares, de día y de noche, los domingos y todos los día de la semana; orando, exhortando, hablando con los soldados acerca de su alma, y regocijándose por la abundante oportunidad de trabajar y de cosechar el fruto que estaba a su alcance por causa de la guerra.

Cuando acabó la guerra, dirigió una campaña para levantar en Chicago un edificio para los cultos con capacidad para 3.000 personas. Más tarde, cuando ese edificio fue destruido por un incendio, él y otros dos hombres iniciaron otra campaña, antes de que los escombros se hubiesen enfriado, para levantar un nuevo edificio, que se convirtió en un gran centro religioso de Chicago. El secreto de ese éxito fueron los cultos de oración que se realizaban diariamente, al medio día, precedidos por una hora de oración de Moody, que se escondía debajo de una escalera para orar. En medio de esos grandes esfuerzos, Moody resolvió inesperadamente hacer una visita a Inglaterra.

Su principal interés al llegar a Londres fue oír a Spurgeon predicar en el Tabernáculo Metropolitano. El ya había leído mucho de lo que el “Príncipe de los predicadores” había escrito, pero allí pudo verificar que la gran obra no era de Spurgeon, sino de Dios, y salió de allí con una visión distinta. También visitó a Jorge Müller y a su orfelinato en Bristol. Desde aquel momento la autobiografía de Müller ejerció tanta influencia sobre él, como antes lo había hecho “El peregrino” de Bunyan. Sin embargo, lo que en ese viaje llevó a Moody a buscar definitivamente una experiencia más profunda con Cristo, fueron estas palabras proferidas por un gran ganador de almas de Dublín, Enrique Varley:
“EL MUNDO TODAVIA NO HA VISTO LO QUE DIOS HARA CON, PARA, Y POR EL HOMBRE QUE SE ENTREGUE ENTERAMENTE A EL.”

Moody se dijo a sí mismo: “El no dijo ‘por un gran hombre’, ni ‘por un sabio’, ni ‘por un rico’ ni ‘por un elocuente’, ni ‘por un inteligente’, sino simplemente ‘por un hombre’. Yo soy un hombre y cabe al hombre solamente resolver si desea o no consagrarse de esa manera. Estoy resuelto a hacer todo lo posible para ser ese hombre.” A pesar de todo, después de volver a la América, Moody continuaba esforzándose y empleando los métodos terrenales. Fue en esa época, en el año 1871, que la ciudad de Chicago quedó reducida a cenizas debido a un pavoroso incendio. En la misma noche en que se inició aquel incendio, Moody había predicado sobre este tema: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” Al concluir su sermón, le dijo al auditorio, el mayor al cual había predicado en Chicago: “Quiero que llevéis este texto a casa y lo meditéis bien durante la semana, y el domingo próximo iremos al Calvario y a la cruz, y resolveremos lo que haremos de Jesús de Nazaret.”

“¡Cómo me equivoqué!” dijo Moody después. “No me atrevo más nunca a conceder una semana de plazo al perdido para que decida sobre su salvación. Si se pierden, serán capaces de levantarse contra mí el día del juicio. “Nunca más volví a ver a aquel auditorio. Aún hoy deseo llorar. . . Prefiero tener mi mano derecha amputada, antes que conceder al auditorio una semana para decidir qué hará de Jesús. Muchos me censuraron diciendo: ‘Moody, usted quiere que el pueblo se decida inmediatamente. ¿Por qué no les da tiempo para que lo consideren?’ “He pedido a Dios muchas veces que me perdone por haber dicho aquella noche que podían pasar ocho días considerando el asunto, y si El me conserva la vida, no lo volveré a hacer.”

El gran incendio rugió y amenazó durante cuatro días. Consumió, el templo de Moody, y su propia residencia. Los miembros de la iglesia fueron todos dispersos. Moody reconoció que la mano de Dios lo había castigado para enseñarle, y eso se volvió para él un motivo de grande regocijo. Fue a Nueva York a fin de conseguir dinero para los damnificados del gran siniestro. Acerca de lo que pasó allí, él escribió lo siguiente: “Yo no sentía en mi corazón ningún deseo de solicitar ese dinero. Todo el tiempo yo clamaba a Dios pidiendo que me llenase de su Espíritu Santo. Entonces, cierto día, en la ciudad de Nueva York — ¡qué día!— No puedo describirlo, ni quiero hablar del asunto; fue una experiencia casi demasiado sagrada como para ser mencionada.

“El apóstol Pablo tuvo una experiencia acerca de la cual no habló durante catorce años. Sólo puedo decir que Dios se me reveló y tuve una experiencia tan grande de su amor, que tuve que rogarle que retirase de mí su mano. Volví a predicar. Mis sermones no eran diferentes; yo no presentaba otras verdades; sin embargo, centenares de personas se convertían. ¡No quiero volver a vivir de nuevo como viví otrora, aun cuando pudiese poseer el mundo entero!” Acerca de esa experiencia, uno de sus biógrafos añadió: “El Moody que andaba por la calle parecía otro. El nunca había bebido mosto, pero ahora conocía la diferencia entre el júbilo que Dios da y el falso júbilo de Satanás. Cuando caminaba, le parecía que un pie le decía al otro: ‘Gloria’, y el otro respondía: ‘Aleluya’. El predicador rompió en sollozos, balbuceando: ‘¡Oh Dios, constríñeme a andar cerca de ti hoy y siempre.’

Sobre el mismo acontecimiento otro escribió lo siguiente: “El fruto de su predicación había sido pequeño. Con espíritu angustiado, él andaba de noche por las calles de la gran ciudad, orando: ‘¡Oh Dios, úngeme con tu Espíritu!’ Dios lo oyó y le concedió allí mismo, en la calle, aquello por lo cual oraba. No se puede explicar con palabras ese resultado. Su vida anterior era como si tratase de sacar agua de un pozo que parecía seco. Hacía funcionar la bomba con todas sus fuerzas, pero sacaba muy poca agua. . . Ahora Dios hizo que su alma fuese como un pozo artesiano, donde nunca falta agua. Así llegó a comprender qué significan las palabras: ‘El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.’

El Señor proporcionó a Moody el dinero que necesitaba para construir un edificio provisional, para celebrar los cultos, allí en Chicago. Ese edificio era de madera rústica, forrado con un papel muy grueso para evitar que pasara el frío; el techo era sustentado por hileras de estacas colocadas en el centro. En ese templo provisional se celebraron los cultos durante cerca de tres años, en medio de un desierto de cenizas. La mayor parte del trabajo de construcción se hizo con la ayuda de los miembros de la iglesia, que vivían en chozas o en lugares excavados entre los escombros. ¡Al primer culto asistieron más de mil niños con sus respectivos padres! Ese templo provisional sirvió también de vivienda para Moody y para Sankey, su evangelista cantor; eran tan pobres como todos los que vivían a su alrededor, pero tan llenos de esperanza y de gozo, que lograron llevar a muchos a hacerse ricos, a pesar de no poseer nada.

Oleada tras oleada de avivamiento tuvo lugar entre la gente. Los cultos continuaron día y noche, casi sin cesar, durante algunos meses. Multitudes lloraban sus pecados, a veces el día entero, y al día siguiente, perdonado, clamaban y alababan con gratitud a Dios. Hombres y mujeres hasta entonces desanimados participaban del gozo desbordante de Moody, transformado por el bautismo del Espíritu Santo. Poco después de haber construido el templo permanente (con asientos para dos mil personas — ¡y sin haber contraído ninguna deuda!), Moody hizo su segundo viaje a Inglaterra. En sus primeros cultos en ese país, encontró frialdad en las iglesias, las cuales tenían poca asistencia y la gente no tenía ningún interés en sus mensajes. Pero la unción del Espíritu Santo que Moody recibió en las calles de Nueva York, todavía permanecía en su alma y Dios lo usó como su instrumento para un avivamiento mundial.

A Moody no le gustaba usar métodos sensacionales, sino que empleó siempre los mismos métodos humildes hasta el fin de su vida; el sermón dirigido directamente a sus oyentes; la aplicación práctica del mensaje del evangelio a la necesidad individual; solos cantados bajo la unción del Espíritu; la invitación para que el perdido aceptase a Cristo y se entregase a El inmediatamente; una sala contigua adonde llevaba a los que tenían “dificultades” para acept