DEL MULADAR AL TRONO – C. H. Spurgeon

DEL MULADAR AL TRONO – C. H. Spurgeon

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 “El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo.” 
Salmo 113:7, 8

La magnificencia y la majestad del Dios Altísimo son enteramente inconcebibles. Las mentes más magistrales, aun encontrándose en su estado más espiritual y pese al máximo ejercicio de su imaginación, se han visto imposibilitadas de vislumbrar la magnificencia de Dios. Nuestras más excelsas concepciones del universo se quedan definitivamente muy cortas en cuanto a qué es realmente. Las investigaciones de la astronomía han revelado hechos que sobrepasan todos los poderes de la mente humana, a pesar de todos los esfuerzos para descifrarlos. El pensamiento, la razón, el entendimiento e incluso la imaginación se quedan azorados en los vastos e ilimitados campos del espacio en medio de las maravillas de la obra de Dios. Sin embargo, todos los portentos que el ojo humano ha visto o que el espíritu mortal ha adivinado, no son sino partes de Sus caminos. No hemos oído sino una estrofa del salmo sin fin de la creación. No hemos visto sino una piedra en el vasto mosaico de las obras del Hacedor. Un imperceptible átomo de vida en una gota de agua podría saber tanto del gran océano, como lo que sabemos nosotros del universo como un todo. Una hormiga que se arrastra sobre un montón de arena junto al mar no debe jactarse de haber contado los granos que limitan el océano: tampoco ha de imaginar el mortal más estudioso que tiene una idea completa de la vasta creación de Dios.

Sin embargo, por encima de todo esto, está el hecho de que todas estas obras portentosas no guardan una mayor proporción con el Dios todopoderoso e invisible, que la que guardaría una línea escrita por la pluma de Milton en relación con su mente magistral. Cuando Dios ha hecho todo lo que decide crear, y cuando hemos visto todo lo que ha hecho, en Él permanecen todavía infinitas posibilidades de creación. El alfarero es mucho mayor que el vaso que hizo, y el Señor es infinitamente mayor que todas Sus obras. Él llena todas las cosas, pero todas las cosas no pueden llenarlo a Él. Él contiene a la inmensidad, Él abarca a la eternidad, pero ni la inmensidad ni la eternidad pueden abarcarlo a Él

“¡Grandioso Dios, cuán infinito eres Tú!
¡Cuán insignificantes gusanos somos  nosotros!”

Muy atinadamente le canta el salmista como el Dios ‘que se humilla a mirar en el cielo.’ Esos seres majestuosos, los querubines y serafines, que se desplazan con alas de fuego para cumplir las órdenes del Eterno, no han de ser observados por Él a menos que, en condescendencia—hablando a la manera de los hombres — se incline para  verlos. Cantamos acerca del cielo, incluso del cielo de los cielos, como propiedad del Señor, y decimos de esos gloriosos lugares que constituyen Su morada peculiar, y eso es lo que son; y, sin embargo, el cielo de los cielos no puede contenerle, y los espíritus celestiales no son nada comparados con Él.

¡Consideren, entonces, la condescendencia del Señor al visitar a los hijos de los hombres! ¡Cuánta condescendencia hay aquí, hermanos míos! ¡Del trono del Infinito a las viviendas de arcilla del hombre! Seguramente en un momento percibirán que todas las escalas de rango entre nuestra raza de gusanos han de ser menos que nada, e incluso despreciables para Él. Él no frecuenta la compañía de los reyes cuando desciende a la tierra, pues ¿qué es su pompa ridícula para Él? Él no busca para Sí la sociedad imperial, como si fuera algo más acorde con Su dignidad que la asociación con la pobreza, pues ¿qué es el juego de niños de la grandiosidad cortesana para Él? ¡Un rey! ¿Qué es un rey sino un gusano coronado? ¡Un rey! ¿Qué es un rey sino polvo y cenizas colocados encima del restante montón de cenizas y polvo? El Señor, por tanto, tiene en muy poca consideración el honor proveniente del hombre cuyo aliento está en su nariz—

“Con escarnio divino Él aparta Sus ojos De las torres de reyes altivos.”

Cuando Su terrible carro desciende rodando de los cielos, hace que los hombres observen Su condescendencia cuando visita a los hombres de baja condición. Él se tendría que rebajar para visitar un palacio, pero no se rebaja más si visita el muladar. Cuando está involucrado en diligencias de misericordia, habiéndose rebajado tanto como para entrar en un salón de sesiones del gabinete, se requiere escasamente un paso más para llegar a la guarida de la pobreza y a la madriguera del vicio. Tengan ánimo, ustedes, que son los más humildes de los hijos de los hombres, pues quien reina en la gloria no desprecia a nadie.

“El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar.” Esto ha ocurrido frecuentemente en la providencia. En Sus arreglos, Dios altera singularmente la posición de los hombres. La historia no carece de ejemplos en los que quienes están más arriba han quedado más abajo, y los de abajo han terminado colocados arriba. He aquí, “hay postreros que serán primeros, y primeros que serán postreros.” Salomón dijo: “Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra”; y lo mismo se ha visto incluso en estos modernos tiempos, cuando los reyes han huido de sus tronos y los hombres que andaban merodeando sumidos en pobreza, se han re- montado al poder imperial. Dios, en la providencia, se ríe a menudo del linaje y de los ancestros, y mancha el honor y la dignidad de todo aquello de lo que se jacta la natura- leza humana. El ascenso del cuchitril al palacio es fácil cuando el cielo favorece.

Esta mañana no tengo el propósito de explayarme sobre la providencia. Mi texto tiene una especial conexión con los actos de la gracia de Dios. Es aquí donde vemos por encima de todo la soberanía condescendiente de Sus tratos. Él toma lo vil del mundo, y lo que no es, para deshacer lo que es. Selecciona para Sí a los que los hombres habrían repudiado con escarnio. Cubre Su tabernáculo del testimonio con pieles de tejones, elige piedras sin labrar para usarlas como materiales para Su altar, una zarza es el lugar para Su manifestación flameante, y escoge un muchacho pastor para ser el varón conforme a Su corazón. Aquellas personas y cosas que desprecian los hombres, son a menudo de gran estima a los ojos de Dios.

Al considerar el texto esta mañana, hemos de notar los objetos de la selección de Dios. Primero, dónde se encuentran algunos de esos hombres; en segundo lugar, cómo los toma de su condición degradada; en tercer lugar, cómo los alza; y en cuarto lugar, dónde los coloca.

Será la historia de un hijo de Dios: del muladar al trono.

Los novelistas embadurnan nuestras paredes con títulos sensacionales, pero hay uno que podría satisfacerlos en su ambición de deleitar a los mórbidos anhelos de esta época. “Del muladar al trono,” es un tema que debería atraer su atención, y si no lo hiciera, la culpa, en verdad, sería mía, pues en él habrá siempre la bendita novedad del interés; y, sin embargo, damos gracias a Dios porque es una descripción correcta de la experiencia del ascenso de todo el pueblo de Dios. El Señor encuentra a decenas de miles de personas colocadas en el muladar y las transporta a lo alto con los brazos de Su misericordia y las lleva a sentarse entre los príncipes de Su pueblo.

I.   Vamos a comenzar allí donde Dios comenzó con nosotros. DÓNDE ESTÁN LOS  ELEGIDOS  DE  DIOS  CUANDO  SE  REÚNE  CON ELLOS.

La expresión usada en el texto implica, en primer lugar, que muchos de ellos se encuentran en la más baja escala social. La gracia soberana tiene un pueblo en todas partes, en todos los rangos y condiciones de hombres. Su fuéremos transportados al cielo y si los espíritus celestiales llevaren cualquier indicativo de su rango en la tierra, diríamos al regresar: “Por aquí y por allá vi un rey; observé unos cuantos príncipes de linaje real, y un puñado de pares del reino; observé un pequeño grupo de personas prudentes y una camarilla de los ricos y famosos; pero vi a un gran grupo de pobres y de desconocidos, que eran ricos en fe y conocidos para el Señor.”

El Señor no excluye de Su elección a nadie, en razón de su rango o condición. No erramos si decimos:

“A la vez que la gracia es dada al príncipe, El pobre recibe su parte; Ningún mortal tiene una justa excusa Para morir en la desesperación.”

Sin embargo, ¡cuán cierto es que muchos de aquellos a quienes Dios ha elegido, son encontrados, no simplemente entre los obreros, sino en los rangos más pobres de los hijos del esfuerzo! Hay algunos cuya faena diaria difícilmente les proporciona el suficiente alimento para mantener el alma en el cuerpo, y sin embargo, se han alimentado opíparamente con el pan del cielo. Muchos están vestidos con ropas del tipo más burdo, parchada y remendada por todas partes, y sin embargo, están tan gloriosamente vestidos a los ojos de Dios y de los santos ángeles, como los santos más resplandecientes: “Pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.” Algunas de las biografías más conmovedoras de algunos cristianos han sido las vidas de los más humildes, entresacadas de las “Crónicas de los pobres.” ¿Quién no ha leído “La joven de la cabaña” y “La hija del lechero”? ¿Quién no ha encontrado el  mayor placer al visitar a quienes están recluidos en cama en las salas de los asilos, esos santos de Dios que deben a la caridad su alimento diario porque la enfermedad los ha privado de los medios de ganar su pan?

Oyente pobre, mientras estás sentado en esa banca esta mañana, podrías sentir como si no fueras lo suficientemente respetable para estar en un lugar de adoración, pero te ruego que no permitas que tu pobreza obstaculice tu recepción del Evangelio, cuya gloria peculiar es ser predicado a los pobres. Puede ser que no tengas absolutamente nada en el mundo, ni una vara de terreno que pudieras llamar propia; podrías haber estado luchando contra la adversidad en una lucha mortal, año tras año, y sin embargo, podrías ser todavía tan pobre como la pobreza misma; no voy a ensalzar ni a vituperar tu pobreza, pues no hay nada necesariamente bueno o moralmente malo en cualquier condición de vida, pero te ruego que no permitas que tus circunstancias te desalienten en el asunto de tu interés espiritual delante de Dios. Ven como un mendigo, si eres un mendigo. Ven en andrajos, si no tienes otra cosa con qué cubrirte. “Los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.”

La expresión en el texto no se refiere meramente a escalas sociales; no tengo ninguna duda de que tiene un significado más espiritual. El muladar es un lugar donde los hombres arrojan sus cosas sin valor. Cuando has utilizado un artículo y no puedes usarlo ya más, lo tiras a la basura. Le has dado dos o tres usos desde que fue empleado por primera vez para su propósito original, y ahora estorba el paso y no puede guardarse más; no sirve para ser vendido ni siquiera como metal viejo, y por tanto lo tiras en el muladar para ser eliminado con el resto de la basura. ¡Cuán a menudo los propios elegidos de Dios se han sentido como meros desechos y basura, como inútiles que han de ser echados fuera!

Ustedes, queridos amigos, se encuentran en un caso semejante, pues han des- cubierto su propia y total inutilidad. Mirándose a ustedes mismos a la luz recibida del cielo, su valor imaginario se ha esfumado. Ustedes fueron alguna vez muy importantes en su propia estima, pero ahora perciben que si se perdieran, lejos de afectar al cielo y a la tierra, no tendría una más grave consecuencia para el mundo en su conjunto que el lanzamiento de una fruta podrida en el muladar, o que la caída de una hoja seca de un árbol del bosque en medio de una miríada de hojas. En su propia estimación hay en ustedes una falta de adecuación para cualquier propósito útil; no tienen mayor utilidad que la sal que ha perdido su sabor. No pueden glorificar a Dios como lo desearían; tampoco lo desean como deberían hacerlo. Ni puedes orar con el fervor que desearías, ni alabar con la gratitud que desearías sentir. Al examinar tu vida pasada, te sientes avergonzado de corazón. Te lamentas en un rincón: “¡Señor, qué indigno pedazo de madera he sido en este mundo! ¡Cómo he inutilizado la tierra! ¡Qué siervo tan inútil he sido!” Has sido útil para tu familia, o para tu país, y pensabas antes que eso bastaba; pero ahora te mides como a la luz de Dios; y en tanto que no has glorificado nunca a tu Hacedor y nos has honrado a tu amable y benevolente Preservador, te sientes tan in- digno que, si el Señor te arrojara al muladar y dijera: “¡Échenlo fuera! ¡Es tan indigno como la escoria o el estiércol!,” sólo te estaría tratando como lo mereces con creces.

Mi querido amigo, esta opinión de ti mismo, aunque te acarrea mucha infelicidad, es un signo muy saludable. Cuando nos consideramos poca cosa, Dios tiene un alto concepto de nosotros. “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” ¡Él no te quebrará, oh caña cascada! ¡Él no te apagará, oh pábilo humeante! Pero aunque sólo sirvas para ser arrojado al muladar, Su benevolencia tendrá una tierna misericordia de ti, y te exaltará entre los príncipes de Su pueblo.

Además, el muladar es un lugar de desprecio. El desprecio dice a veces burlona- mente de sus víctimas: “es una persona tal que yo no la levantaría aunque lo viera en un muladar.” El escarnio del mundo condena a algunas personas así: “¡Oh, son unos buenos para nada! El muladar sería algo demasiado bueno para ellos.” Posiblemente, persona que me escuchas, pudieras estar colocado en una familia donde eres muy despreciado. Tal vez no tengas la habilidad ni la agudeza de otras personas del hogar, y por tanto te ven de menos, y eres considerado un pobre tonto al que no vale la pena tomar en cuenta. A diferencia de otros, no has tenido éxito en la vida y, por consigui- ente, eres visto con gran desprecio por quienes han prosperado mucho y rápidamente.

Es más, sientes esta mañana como si merecieras el desprecio derramado sobre ti. Has estado diciendo: “¡Ah!, tú me desprecias, pero si me conocieras como yo me conozco, me despreciarías más. Piensas que no soy nada, y soy menos que nada. Me pones un mal nombre, pero si pudieras ver el engaño de mi vil corazón, entenderías que el nombre es muy apropiado aunque me lo pusiste en son de burla.”

Bien, amigo despreciado, permíteme recordarte que el Señor se ha fijado con frecuencia en aquellos a quienes el hombre ha despreciado; y aunque tus propios padres pudieran haberse sentido frustrados contigo, y la sociedad pudiera burlarse de ti, y tú mismo pudieras sentir ahora como si el escarnio fuera muy merecido, sin embargo, ten confianza y ten buen ánimo, pues Dios visita muladares cuando no visita palacios, y levantará a los humildes y a los mansos del polvo en el que desfallecen y languidecen.

El siguiente comentario, tal vez, proporcione más consuelo: el muladar es el lugar para las cosas inmundas y ofensivas. Decimos de las cosas de mal olor y sabor: “es algo demasiado malo para tenerlo en casa, por tanto, debe ser desechado; tírenlo a la basura;  cúbranlo.” Cuando la materia se torna fétida, pútrida y ofensiva, necesitamos que sea removida de inmediato. ¡Ah!, es triste que tengamos que decir eso de cualquiera de nuestros semejantes, pero debemos decirlo. Hay algunas personas cuyos pecados son terriblemente graves; sus iniquidades son tan viles que constituyen una ofensa para los ojos y los oídos de todos los hombres decentes y el Dios Santo mira sus acciones con ira y aborrecimiento. Algunos pecadores se han vuelto de un carácter tan infame que son dañinos para todos los que tienen que ver con ellos; no pueden reunirse con nadie sin esparcir el contagio de su pecado; su ejemplo es tan malo que basta para envenenar el distrito en el que viven. Sólo son aptos para ser botados como una masa de podredumbre, de porquería y pudrición en el muladar donde la inmoralidad exhala su hora abominable. Pero, ¡oh, el amor de mi Señor! Él ha condescendido a menudo a rescatar del muladar a los abandonados. En el cielo veo a quienes lavaron sus ropas y las emblanquecieron en la sangre del Cordero, aunque una vez fueron rameras como Rahab, adúlteros como David e idólatras como Manasés. Delante del trono de Dios, entre los pares de Dios, están hoy aquellos que, en sus días de perdición, fueron ladrones, borrachos y blasfemos. Los atrios del cielo son hollados por muchos que una vez fueron los peores pecadores, pero que ahora son los santos más resplandecientes.

Te ruego, amado, que nunca pienses que el Evangelio de Cristo salvó a grandes ofensores en días idos, pero que ahora es sólo para los que no han caído y para los morales. Los morales son libremente invitados a Cristo, de quien nunca olvidamos testificar, pero los inmorales son invitados también. El Señor vino a nuestra tierra como un Médico, y no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento; no vino a sanar a quienes gozan de una buena salud, sino a los enfermos.

Oh, amado oyente, si estás tan enfermo por el pecado que toda tu cabeza está enferma y todo tu corazón está desfallecido, y desde la coronilla de tu cabeza hasta la planta de tu pie no hay un lugar sano en ti, sino sólo heridas y raspones y llagas putrefactas, ¡aun así el amor de mi Señor se inclinará hasta ti! Si has agregado lujuria al robo, y has añadido asesinato a la lujuria, y si estás manchado de sangre con una infame iniquidad, empero, el sagrado baño carmesí que fue llenado por el corazón de Jesús, puede limpiar “todo pecado y blasfemia.” Todo aquel que crea en Él es justificado de todas las cosas de las que no podría ser justificado por la ley de Moisés.

Las mentes refinadas pensaron justo ahora que yo estaba usando una expresión muy fea cuando hablé de rescatar a la podredumbre del muladar, pero la expresión es extremadamente limpia cuando se compara con el pecado; pues toda la inmundicia y repugnancia que hayan ofendido jamás al ojo y a la nariz, es dulzura comparada con el pecado. La cosa más sucia y más detestable en todo el universo es el pecado. Es eso lo que mantiene ardiendo el fuego del infierno como la gran necesidad sanitaria de Dios. Tiene que haber un Tofet permanente allí donde hay un constante pecado.

Leemos que ciertas ciudades francesas encendían grandes hogueras públicas en tiempos del cólera. ¡El cólera! ¿Qué es el cólera comparado con el pecado? Dios hace que las llamas ardientes del tormento eterno asciendan por los siglos de los siglos, pues es sólo por ese terrífico castigo que la plaga del pecado puede ser restringida del todo dentro de los límites. El pecado es un horrible mal, es un veneno letal; y sin embargo, pecador, aunque tú estés tan lleno de él como un huevo está lleno de nutrientes, y destiles su olor del modo que la pieza más pestilente de materia nociva exhala malos olores, sin embargo, la infinita misericordia de Dios en Cristo Jesús puede levantarte de esta extrema degradación, y hacer que brilles como una estrella en Su reino al fin de los tiempos.

Además, el muladar puede ser considerado espiritualmente como el lugar de condenación. Por ejemplo, considera un cierto artículo alimenticio. El ama de casa que es ahorrativa no desea desperdiciar nada. Bien, si no sirve para la alimentación, ¿no podría ser útil para otra cosa? Por fin, cuando ve que no sirve, la sentencia de condenación es: “debe tirarse al muladar.” Nabucodonosor, en su memorable proclamación concerniente al Señor Jehová, dijo que cualquiera que dijera una palabra contra Él, sería hecho pedazos y su casa sería convertida en un muladar. Entonces, hay una conexión entre el muladar y la condenación.

Ahora, podría haber en esta audiencia, esta mañana, un hombre que se sintiera bajo sentencia de condenación. Has tenido con mucha frecuencia remordimientos de con- ciencia; a menudo te han mostrado mejores caminos, y sin embargo, has pecado contra la luz y el conocimiento al punto que ahora consideras que has pecado más allá del alcance de la misericordia. Esta mañana, muy probablemente, mi voz rechina en tu oído; aunque tiene el propósito de transmitirte las noticias más halagüeñas que jamás hubiere proclamado una trompeta de plata al pecador en quiebra en el día del Jubileo, sin embargo, suena para ti como la voz que proclama tu condenación. Bien, pobre pecador, si tú estás condenado en ti mismo y una áspera voz ha dicho: “¡Arrójenlo al muladar! ¡Arrójenlo a las llamas del infierno!,” empero, yo vengo a ti en el nombre de Jehová, y te pido que oigas esta palabra esta mañana: “El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes.” ¿Qué dices a esto? ¿Qué tal si Dios te perdonara esta mañana? ¿Qué tal si te convirtiera en Su hijo?

¿Qué tal si te da una corona incorruptible de vida?

“¡Oh!”— dices tú—“si hiciera eso, yo le amaría y le bendeciría.”

Pecador, Él lo hará si crees ahora en el Señor Jesús, cuya sangre nos limpia de todo pecado. Por la muerte de Jesús te suplico que confíes en el sacrificio expiatorio del Cal- vario, y vivirás para alabar Su amor redentor.

Sin embargo, no debo dejar fuera un pensamiento que acaba de atravesar la mente de alguien. Algo que yace en el muladar está en contacto con repugnantes asociados; y, por tanto, el texto podría representar a aquellos que han vivido hasta aquí entre asociaciones malignas. Cuando estas puertas son abiertas, entran aquí a menudo, por curiosidad, personas que no asisten regularmente a lugares de adoración—debo aclarar que es la clase más esperanzadora de aquellas a las que me dirijo—pues algunos de ustedes han oído mi voz y las voces de otros ministros durante tanto tiempo, que casi están desahuciados; casi podríamos darnos por vencidos, pues hemos argumentado con ustedes tan frecuentemente, y hemos puesto la verdad delante de ustedes tan constantemente, que seguramente si fuera a ser bendecida para ustedes, ya lo habría sido. Pero ocasionalmente nos visitan algunas personas para quienes el Evangelio es algo nuevo, y algunas de estas personas provienen de la peor sociedad: recién salidos del teatro, del palacio de la ginebra, y de peores lugares todavía; el nombre de Jesús es casi desconocido excepto cuando es usado en la blasfemia, y la persona del Dios Altísimo está completamente olvidada, excepto como invocación en una maldición.

Amigo, nos alegra que estés aquí; tú has estado en el muladar y sigues allí; has estado viviendo con los publicanos y las rameras; has frecuentado una triste compañía; no has sido alimentado entre los escogidos y la élite de la humanidad; por el contrario, gozas de una hipoteca entre los tiestos y moras junto a los vallados. Ahora, es así, tal como estás, que Jesucristo te invita a la reunión. “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad y trae acá a todos los que encuentres,” y trajeron a los mancos, a los cojos y a los ciegos y tomaron sus lugares y festejaron mientras que otros que habían sido invitados rehusaron venir.

Yo los llamo a ustedes, entonces, si hay personas con este perfil en mi auditorio, a ustedes, que no atraviesan con frecuencia las puertas del santuario de Dios, a ustedes que viven entre los profanos y los libertinos, ¡vuélvanse a Jesucristo, se los ruego! ¡Que el eterno Espíritu los vuelva este día y que sean encontrados entre los escogidos de Di- os! ¡Ay, y ay de mí, que tenga que decirlo: algunos de ustedes, mis oyentes, que han si- do morales y excelentes y han oído la Palabra todos estos años, yo temo solemnemente que perecerán en sus pecados, pues, en verdad, en verdad les digo que los publicanos y las rameras entrarán en el reino del cielo delante de algunos de ustedes, que oyen la Palabra, pero no la hacen, que la escuchan, pero no sienten su poder, que conocen su gozoso sonido, pero no la reciben en sus corazones.

Esto basta, entonces, en cuanto a dónde son encontradas algunas personas del pueblo de Dios. Permítanme decirles que, en un cierto sentido, allí es donde están to- dos: todos en el muladar de la caída de Adán, todos en el muladar de la presunción, de la justicia propia, de la depravación, del pecado y de la corrupción; pero la misericordia soberana viene a ellos tal como yacen pudriéndose en montones de ruina, y los rescata por medio de la gracia eficaz.

II.    En segundo lugar, deseamos describir CÓMO LOS ALZA DEL MULADAR EL SEÑOR.

Él alza del muladar a los necesitados. Se trata de un peso muerto y nadie sino el brazo eterno podría hacerlo. Es una proeza de la omnipotencia alzar a un pecador desde su natural degradación; todo es hecho por el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra saturada de la energía de Dios. La operación es más o menos de este modo. Cuando el Señor comienza a tratar con el pecador necesitado, el primer alzamiento levanta sus deseos. El hombre no está satisfecho de estar donde ha estado y de ser lo que ha sido. No había percibido que el muladar fuera tan inmundo como realmente lo es; y el primer signo de vida espiritual es el horror por su condición perdida, y un ansioso deseo de escapar de esa condición.

Querido oyente, ¿has llegado hasta ese punto? ¿Sientes que todo está mal en relación a ti? ¿Deseas ser salvado de tu presente estado? En tanto que puedas decir: “todo está bien conmigo,” y te jactes de que no eres peor que los demás, no tengo ninguna esperanza contigo. Dios no alza a aquellos que ya están alzados; pero cuando tú comienzas a sentir que tu presente condición es de degradación y ruina y que desearías ardientemente escapar de ella, entonces el Señor ha puesto la palanca debajo de ti, y ha comenzado a alzarte.

El siguiente signo es generalmente que para un individuo así, el pecado pierde toda dulzura. Cuando el Señor comienza a obrar contigo, incluso antes de que encuentres a Cristo para gozo de tu alma, descubrirás que el gozo del pecado ha desaparecido. Un alma revivida que siente el peso del pecado, no puede encontrar placer en él. Aunque el mal del pecado no puede ser percibido claramente y evangélicamente sin fe en Jesús, sin embargo, la conciencia de un pecador que ha despertado, al percibir el carácter ter- riblemente corruptor de algunos pecados, le obliga a renunciar a ellos. La taberna ya no es visitada; la silla del escarnecedor se queda vacía; las lujurias de la carne son abandonadas: y aunque esto no alza al pecador del muladar es, sin embargo, un signo de que el Señor ha comenzado Su obra de gracia. Cuando el pecado se vuelve amargo, la misericordia se vuelve dulce. Oh, amigo mío, que el Señor te destete de los dulces venenos del mundo, y te lleve a los verdaderos placeres que están ocultos en Cristo Jesús.

Otro bendito signo de que el hombre está siendo alzado del muladar, es que comienza a sentir que su propia justicia no es de ninguna ayuda para él; cuando, habiendo orado, contempla sus oraciones con arrepentimiento, y habiendo ido a la casa de Dios, no descansa en las formas exteriores. Es bueno que el hombre sea cortado enteramente de toda confianza en sí mismo. Podría estar todavía en el muladar, pero estoy seguro de que no estará por mucho tiempo, pues cuanto tú y tú mismo han contendido, Dios y tú mismo comienzan a estar en paz; cuando tú puedes ver a través de esa justicia de telaraña tuya, que una vez pareció ser un hermoso vestido de seda; cuando puedes odiar esa moneda falsa que una vez pareció brillar y sonar como oro legítimo; cuando estás hundido en la zanja y tus propios vestidos te aborrecen, no ha de pasar mucho tiempo antes de que seas salvado con una salvación eterna. Ahora viene el verdadero alzamiento que te sacará del muladar. Ese individuo pobre, culpable, perdido, indigno, oye de Jesucristo que vino al mundo para salvar a los pecadores: esa pobre alma lo mira con una mirada que quiere decir: “¡Señor, Tú eres mi último recurso! Si Tú no me sal- vas, pereceré; y Tú has de salvarme completamente, pues yo no puedo ayudarte. Yo no puedo aportar ni siquiera un hilo para completar Tu perfecta justicia. Si no estuviera terminada, yo no podría contribuir ni siquiera con un centavo para completar mi pro- pio rescate: si Tú no me hubieras rescatado completamente, entonces Tu redención no me serviría. Señor, soy un hombre que está hundiéndose, ahogándose, y me aferro a Ti al momento de hundirme;  ¡oh, sálvame por Tu misericordia!”—

“Toda mi ayuda descansa en Ti; Toda mi confianza obtengo de Ti; Cubre mi cabeza indefensa

Con la sombra de Tu ala.”

Cuando un alma llega a ese punto, entonces está fuera del muladar, pues en el instante en que un pecador confía en Jesucristo, sus pecados cesan de existir; Dios los ha tachado con Su pluma; han desaparecido. Ya no es culpable a los ojos de Dios: es ab- suelto por medio de la expiación, y justificado por medio de la justicia de Jesucristo. Es un hombre salvado. Puede levantarse de su cilicio y de las cenizas, y caminando libre- mente, puede cantar de la misericordia comprada con la sangre que le ha liberado completamente. Así, por el don del unigénito Hijo llevado personalmente al corazón, el Señor levanta a Sus elegidos de su condición de ruina; les hace ver que se trata de un muladar; les hace sentir que no pueden salir por sí mismos; les señala a Cristo; los conduce a confiar en Su sangre preciosa, y así son liberados.

III.    El tercer punto es: CÓMO LOS LEVANTA.

Es algo bendito ser alzado de la degradación pero, alabado sea Jehová, porque no se detiene allí. El Señor no hace nada a medias. ¡Oh, las longitudes y las anchuras del amor! Cuando ha descendido hasta el punto en el que nos encontramos, sólo ha completado la mitad de Su trayecto: le falta transportarnos hasta el punto en que Él está. ¡Oh, es algo bendito ser alzado del muladar, aunque nuestra porción sólo fuera de ser jornaleros en la casa de nuestro Padre!; pero esto no satisface al infinito corazón de Jehová: Él alzará a Su pueblo por encima de los goces comunes, y los llevará más alto, y más alto, y más alto, como sobre alas de águilas, hasta colocarlos en los lugares de los príncipes, y hacerlos reinar con Él.

Ahora hemos de considerar por unos minutos cómo alza nuestro Señor a Su pueblo desde el nivel común de la humanidad para ponerlos al nivel de los príncipes.

En primer lugar, son alzados por una completa justificación. Cada cristiano aquí presente esta mañana, independientemente de lo que hubiere sido su vida pasada, es perfecto en este instante a los ojos de Dios por medio de Jesucristo. La justicia inmaculada de Cristo es imputada a ese pecador creyente en Él, así que, esta mañana, es “acep- to en el amado.”

Ahora, amado, sopesa esto, dale vueltas, y medita en ello. Pobre, necesitado, pero creyente pecador, tú eres tan acepto delante de Dios en este momento presente por medio de Cristo Jesús, como si nunca hubieses pecado, como si hubieses hecho y llevado a cabo cada obra de Su sumamente justa ley sin la menor falla. ¿No es esto sentarse con los príncipes? La plena justificación le depara al creyente un trono tan seguro como excelso, tan feliz como glorioso. ¡Ah, ustedes, vástagos de casas imperiales, algunos de ustedes no saben nada de esto! Esta es una nota que muchos emperadores no podrían haber cantado nunca: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?” Hablando de sentarse en los pabellones del placer, o en los divanes del estado, con nobles, príncipes, reyes, Césares, vamos, la figura se tambalea, se queda corta del blanco, pues el estado del alma completamente justificada sobrepasa en brillo a todo eso, como el sol brilla más que aquella vela vacilante.

Demos el siguiente paso. Muchos de los hijos de Dios que han sido alzados del muladar, gozan de una plena seguridad de fe. Tienen la certeza de que son salvos; pueden decir conjuntamente con Job: “Yo sé que mi Redentor vive.” En cuanto a que si son hijos de Dios o no, no tienen ninguna duda; el testimonio infalible del Espíritu Santo da testimonio con su espíritu de que son nacidos de Dios. Cristo es el hermano mayor, Dios es su Padre, y ellos respiran el espíritu filial por el cual claman: “¡Abba, Padre!” Ellos conocen su propia seguridad; están convencidos de que “ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Yo le pregunto a cada quien que posea un corazón que entiende, si esto no es sentarse con los príncipes.

Amados, yo no daría un centavo por el trono de un príncipe, pero daría todo lo que poseo aunque me lo pidieran mil veces, si pudiera gozar siempre de la plena seguridad de la fe, pues la plena seguridad de la fe es un gozo mayor que el gozo que jamás podrían producir el palacio de lirios de Susa, o la casa del bosque del Líbano de Salomón. Un sentido de la misericordia divina es mejor que la vida misma: es un joven cielo madurando abajo, para ser plenamente desarrollado arriba. Saber que mi Amado es mío y que yo soy Suyo, y que me amó y se entregó por mí, es mucho mejor que ser heredero legítimo de muchos imperios.

Prosigamos. A los hijos de Dios, favorecidos por la gracia divina, se les permite tener entrevistas con Jesucristo. Como Enoc, nosotros caminamos con Dios. Justo como un niño camina con su padre, poniendo su mano en la mano de su padre, mirando hacia arriba con ojos de amor, así el pueblo elegido camina con su Padre Dios muy amorosamente, confiadamente, familiarmente, hablándole, contándole sus aflicciones, y oyendo de Su benevolente boca los secretos de Su amor. Son gente feliz pues tienen comunión con Jesús de una naturaleza más íntima y más tierna que la que incluso los ángeles conocen. Somos miembros de Su cuerpo, de Su carne, y de Sus huesos; estamos casados con Él; Él se ha desposado con nosotros en fidelidad y en justicia; somos más preciados para Él que Su propia carne y sangre—que entregó a la muerte—y ninguno de nosotros perecerá jamás, ni nadie nos arrebatará de Su mano.

Ahora, ¿acaso no es esto sentarse con los príncipes? ¡Príncipes! ¡Príncipes! ¡Miramos con desdén su pompa desde la eminencia en que la gracia nos ha colocado! ¡Pónganse sus coronas! ¡Vístanse con su púrpura! ¡Arréglense con toda su pompa real! Pero cuando nuestras almas puedan sentarse con Jesús y reinar como reyes y sacer- dotes con Él, sus esplendores no valdrán ni siquiera un pensamiento. La comunión con Jesús es la gema más preciosa de las que hubieren resplandecido en una diadema imperial. La unión con el Señor es una guirnalda de belleza que brilla más que todas las coronas de la tierra.

Y esto no es todo: los elegidos de Dios, en adición a recibir una completa justificación, una plena seguridad, y la comunión con Cristo, son favorecidos con la santificación del Espíritu Santo. Dios el Espíritu Santo mora en cada cristiano; sin importar cuán humilde sea, es un templo móvil en el que reside la Deidad. Dios el Espíritu San- to mora en nosotros, y nosotros en Él; y ese Espíritu santifica las acciones diarias del cristiano, de tal manera que hace todo como para Dios; si vive es para Cristo, y si muere es ganancia.

Oh, amados, es, en verdad, sentarse con los príncipes cuando sienten las influencias santificadoras del Espíritu Santo. Oh, Dios mío, si yo pudiera sentir siempre que Tu Espíritu vence mi corrupción y constriñe mi alma a la santidad, ni siquiera pensaría en un príncipe para compararlo con mi propio gozo. Oh, mis queridos hermanos y her- manas en Jesucristo, estoy seguro de que pueden dar testimonio que cuando caen en pecado en cualquier momento, eso los abate mucho, pues les recuerda el olor de ese vil muladar una vez más, y sienten que están a punto de morir bajo su terrible fetidez; pero cuando el Espíritu Santo los habilita para vencer el pecado y para vivir como Cris- to vivió, sienten en verdad que tienen una posición real, y un privilegio más que impe- rial al ser santificados en Cristo Jesús.

Además, muchos santos reciben, en adición a la santificación, la bendición de la utilidad; y pongan atención a esta palabra: cada hombre útil es de un rango principes- co. No estoy exagerando ahora, sino nada más diciendo la sobria verdad; el que bendice a sus semejantes es el verdadero príncipe entre los hombres. Ser capaz de dejar caer perlas de tus labios podría hacerte un príncipe en una historieta de hadas, pero cuando esos labios bendicen a las almas de los hombres conduciéndolos a Jesús, esto es ser un príncipe verdaderamente. Alimentar al hambriento, vestir al desnudo, rescatar al caído, enseñar al ignorante, darle ánimo al deprimido, inspirar al inconstante y conducir a los santos hasta la diestra de Dios, hermanos míos, esto es llevar un lustre que ni estrellas ni galones, ni órdenes ni distinciones, podrían conferir jamás. Este es el privilegio de cada uno de ustedes según el Espíritu de Dios les haya dado la medida de fe. Ustedes, que una vez hicieron el mal, ahora sirven el interés de la virtud; ustedes, que convirtieron a sus miembros en siervos de la injusticia, ahora hacen que esos mismos miembros sean siervos de la justicia para alabanza y gloria de Dios. Las cortes de los soberanos no pueden otorgar ningunos honores como los que consisten en morar en santidad, caridad y celo.

Y además, Dios alza a Su pueblo en otro sentido: a la vez que les da santificación y utilidad, también los unge con gozo. ¡Oh, el gozo de ser cristiano! Yo sé que la idea del mundo es que somos un pueblo miserable. Si leen las páginas de la historia, los escritores hablan de los alegres caballeros como hombres de un elevado espíritu y gozo sobreabundante; pero los pobres ‘puritanos,’ qué desdichado grupo era, blasfemando el día de Navidad, aborreciendo los juegos y los deportes, y andando por el mundo y mostrándose tan terriblemente miserables, que ¡sería una lástima que fueran al infierno, pues ya tuvieron suficiente tormento aquí! Ahora, esos comentarios son total- mente falsos o por lo menos son una burda caricatura. Los hipócritas, entonces como ahora, mostraban una cara larga y un semblante deplorable; en cambio se encontraban entre los ‘puritanos’ huestes de hombres cuya santa jovialidad y gozo eran sin igual, es más, que no podía ser ni imaginado ni comprendido por aquellos pobres necios burlones que revoloteaban en torno al libertino sin corazón, cuyas hipocresías le habían alzado al trono de Inglaterra. Un profundo e inextinguible gozo moraba en los pechos de aquellos puritanos, pero la jovialidad de los caballeros no era más que un crepitar de espinas bajo la olla, hombres que—

“Formaban el cortejo de los altivos y de los fuertes, Que se saciaban en los lugares altos,

y mataban a los santos de Dios.”

¡Oh!, muy por encima de la risa de los galantes de la corte, estaba el poderoso y pro- fundo gozo de aquellos que regresaron del campo victorioso cantando al Señor que los había hecho triunfar gloriosamente. Los llamaban los “Ironsides,” o “Costados de hierro,” y eso eran, pero tenían corazones de acero, quienes a la vez que no vacilaban en el día de peligro no se olvidaban de brillar de gozo igual que el acero resplandece ante el brillo del sol. Créanme que sin importar lo que ellos fueran, nosotros, los que con- fiamos en Jesús, somos las personas más felices, no constitucionalmente, pues algunos de nosotros somos muy atribulados y somos conducidos a los abismos de la pobreza, pero internamente, verdaderamente y realmente, el gozo de nuestros corazones, créanme, no ha de ser sobrepasado. Yo no estaría aquí para mentirles ni por el doble del valor de las Indias, sino que diré la verdad: si tuviera que morir como un perro maña- na, no cambiaría mi lugar con nadie bajo los atrios del cielo por el gozo y la paz de la mente; pues ser un cristiano y saberlo, beber profundamente de esa copa, conocer tu elección, entender tu llamamiento, yo les aseguro que produce mayor paz y bienaventuranza en diez minutos de lo que se encontraría en cien años en todos los atrios del pecado, aunque el desenfreno se desboque y el placer no conozca ninguna licencia—

“Sólido gozo y perdurable placer Nadie sino los hijos de Sion los  conocen.”

Así que cuando leo el texto que dice que Él nos coloca con los príncipes, no me im- presiona la figura, cojea, renquea, pues el Señor nos coloca muy por encima de todos los príncipes terrenales; y si no fuera por la siguiente frase yo preferiría que la figura se desvaneciera por completo, pero esa cláusula la endereza: “Con los príncipes de su pueblo”—esto pone alma y fuerza—éstos son los príncipes de otra sangre, éstos son pares de otro reino, y entre ellos Dios coloca a Su pueblo.

IV.   Para concluir, hemos de notar en último lugar, DÓNDE ES QUE NUESTRO SEÑOR  COLOCA  A  SU PUEBLO.

“Con los príncipes,” se nos informa. Hemos ya reflexionado sobre ese mismo pensamiento, pero vamos a examinar otra de sus facetas. “Con los príncipes,” es el lugar de la sociedad selecta. Ellos no admiten a cualquiera en ese círculo encantado. El pobre plebeyo no debe aventurarse en medio de la aristocracia. La sangre azul corre en un canal más bien estrecho, y no puede esperarse que se le permita al carmesí común vigorizar la lánguida corriente. El verdadero cristiano vive en una sociedad muy selecta.

¡Escuchen! “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.” ¡Cuando se habla de una sociedad selecta, no hay ninguna como ésta! Somos una generación escogida, un pueblo peculiar, un sacerdocio real. “Porque no nos hemos acercado al Monte Sinaí, sino que nos hemos acercado a la sangre rociada y a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos.” Esta es una sociedad selecta.

A continuación, ellos tienen una audiencia en la corte: se espera que el príncipe tenga derecho de admisión ante la realeza cuando la gente común como nosotros debemos permanecer lejos. Ahora, el hijo de Dios tiene libre acceso a la realeza del cie- lo. Nuestros privilegios cortesanos son del orden más elevado. ¡Escuchen! “Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.” “Acerquémonos, pues, confiadamente”—dice el apóstol—“al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Tenemos una audi- encia en la corte y una sociedad peculiarmente selecta.

Junto a esto se supone que entre los príncipes hay riqueza abundante, pero ¿qué es la riqueza de los príncipes comparada con las riquezas de los creyentes?, porque “todo es vuestro… y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”

Entre los príncipes, además, habita un poder peculiar. Un príncipe tiene influencia; blande un cetro en su propio dominio: y “nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos por los siglos de los siglos.” Nosotros no somos reyes de Inglaterra, Escocia e Irlanda, y sin embargo, tenemos un triple dominio; reinamos sobre espíritu, alma y cuerpo. Reinamos sobre el reino unido del tiempo y de la eternidad; reinamos en este mundo, y hemos de reinar en el mundo venidero, pues reinaremos por los siglos de los siglos.

Los príncipes, además, tienen un honor especial. Todos los presentes en la multitud desean contemplar al príncipe, y se deleitarían en servirle. Él ha de ocupar la primera posición en el imperio; es un príncipe de sangre, y ha de tenérsele estima y respeto.

Amados, oigan esta palabra: “Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,” de tal manera que compartimos el honor de Cristo así como compartimos Su cruz. Pablo fue tomado del muladar de la persecución, pero no es inferior a nadie en la gloria; y a ti, aunque pudieras haber sido el primero de los pecadores, no te irá peor cuando el Señor venga en Su reino; pero así como los reconoció en la tierra y los redimió con Su sangre preciosa, así los reconocerá en el estado futuro, y los hará sentarse con Él y reinar con los príncipes, por los siglos de los siglos. Que el Señor bendiga estas palabras por Jesucristo nuestro Señor.  Amén.