ARREPENTIMIENTO BÍBLICO – La necesidad de esta hora

ARREPENTIMIENTO BÍBLICO – La necesidad de esta hora

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“Del arrepentimiento para con Dios, y de la fe para con nuestro Señor Jesucristo”
Hechos 20:21

La necesidad de arrepentimiento

 ¿Por qué es el arrepentimiento bíblico la necesidad de esta hora? Porque vivimos en una época en que la mayoría de los líderes religiosos realmente niegan la necesidad de arrepentimiento. Si es que lo predican, lo debilitan como el presidente de un seminario que dijo que el arrepentimiento no significa más que “un caballero decirle a Dios que lamenta haber hecho lo que hizo”. Otros dicen que el arrepentimiento es únicamente para los judíos y no para nosotros en la actualidad. Algunos dicen que el arrepentimiento es sólo para los hijos de Dios y que no tiene nada que ver con los pecadores perdidos, mientras que otros predican justo lo contrario: ¡dicen que el arrepentimiento es sólo para pecadores perdidos pero no para los hijos de Dios! ¡Y aún otros afirman que el arrepentimiento es meramente una forma de obras y que ningún grupo lo necesita! Por lo tanto, mi propósito es refutar estos errores fatales que están engañando a las almas preciosas para su destrucción eterna.

Ahora escuchemos el testimonio de la Palabra de Dios. Veamos las palabras de nuestro Señor en Lucas 13:3 y 5: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Lo que está diciendo es esto: “A menos que renunciéis a vuestras armas de rebelión contra Dios, moriréis en el infierno porque permanecéis bajo la ira de Dios. ¡Confesad vuestros pecados y no los cometáis más o moriréis para siempre!”

Por lo tanto, para empezar, tengo que presentar el efecto del pecado sobre la raza humana, especialmente sobre ti y sobre mí. ¿Qué es el pecado?

Pecado: su definición

En esencia, el pecado es rebelión contra Dios. Esto significa creer que tenemos el derecho de hacer con nuestra vida lo que nos da la gana y de actuar independientemente de Dios y de su santa ley. Como dice el apóstol Juan: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). De hecho, el  pecado es una manera de decirle a Dios: “No te metas con mi vida; no te necesito”.

Pecado: sus serias consecuencias

La doctrina del efecto del pecado sobre ti y sobre mí y sobre toda la raza humana es muy seria. Así como ningún corazón lo puede concebir apropiadamente, así la boca no puede expresar adecuadamente el estado de perdición y ruina que el pecado ha causado al hombre culpable y desdichado. Te preguntas: “¿Qué ha hecho?” ¡Oh, mi amigo, nos ha separado de Dios! ¡Ha desfigurado y arruinado nuestro cuerpo, alma y espíritu! El pecado ha llenado nuestro cuerpo de enfermedades y dolencias. El pecado ha desfigurado la imagen de Dios en nuestra alma.

¡El pecado ha cortado nuestra comunión con él quien nos hizo a su propia imagen moral! El pecado ha hecho que por naturaleza tú y yo seamos amantes del pecado y aborrecedores de Dios, quien es el único bien. ¡Sí, es cosa muy seria considerar el pecado a la luz de la Palabra de Dios, ver lo que le ha hecho al hombre, a Dios y su Cristo, y a la creación de Dios! El pecado nos ha desligado de Dios y ha abierto las puertas del infierno. Es serio porque el pecado le ha costado al hombre su bien más precioso – su alma imperecedera.

Pecado: humillante para el hombre

Además, la doctrina del pecado revelada en la Palabra de Dios es una muy humillante. ¿Por qué? Porque la Biblia no nos presenta meramente como ignorantes y necesitados de enseñanza. Ni  nos presenta como débiles y necesitados de un tónico. En cambio, revela que tú y yo estamos espiritualmente muertos y que  carecemos de cualquier justicia y rectitud que nos dé algún mérito ante Dios.

Esto significa que espiritualmente carecemos de fuerza, somos totalmente incapaces de mejorarnos a nosotros mismos, estamos expuestos a la ira de Dios y no podemos realizar ni una obra que sea aceptable para un Dios santo (Rom. 3:10-18).

La imposibilidad de que alguno pueda ganarse la aprobación de Dios por medio de sus propias obras resulta claro en el caso del joven rico que se acercó a Jesús (Mat. 19). Cuando juzgamos a este joven según las normas humanas, consideramos que era un modelo de  virtudes y de logros religiosos. Pero, como tantos otros que confían en sus propios esfuerzos y su propia justicia, desconocía la espiritualidad y lo estricto de la ley de Dios. Cuando Cristo le mostró la codicia de su corazón, se fue triste, porque poseía muchos bienes. Era humillante descubrir que sus mejores estudios religiosos no eran más que trapos de inmundicia al olfato de Dios (Isa. 64:6). Este joven no quiso confesar que su moralidad y que sus mejores acciones no eran más que obras de tinieblas condenatorias por las que necesitaba sentir pesar y a las que tenía que renunciar.

Pecado: nuestra naturaleza

¡Qué humillante es descubrir que Dios requiere la verdad en lo íntimo (Sal. 51:6)! ¡Qué humillante es que no podamos librarnos por nuestros propios medios del pecado en nuestro corazón y en nuestra mente! Qué humillante es que nosotros, al igual que todos los demás, tenemos que comparecer ante Dios como pecadores y declararnos culpables ante él. No queremos confesar que somos pecadores – perdidos, descarriados, indefensos y culpables– ante Dios. ¡El moral y farisaico no quiere confesar que está en la misma situación ante Dios que el violador, la prostituta y el borracho! No obstante, somos pecadores por naturaleza y en la práctica.

No podemos librarnos del pecado por medio de una resolución, una orden, un sacrificio ni por medio de apartarnos totalmente del mundo, porque es nuestra naturaleza. Jeremías 13:23 dice: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?”

Este hecho humilló al apóstol Pablo. Lo llevó a arrepentirse y confesar que ante Dios era un pecador merecedor del infierno. En Romanos 7 nos cuenta que en una época vivía sin la ley; pero que cuando conoció el mandamiento de que no debía codiciar, se llenó de codicia. Comprendió que era carnal, que se había vendido al  pecado.

Confesó que era humillante enterarse de que lo que quería hacer – vivir justa y rectamente – no podía hacer. Y lo que no quería hacer – pecar contra un Dios santo, recto y justo—eso es lo que hacía. Confesó tener la voluntad de hacer lo bueno, pero no el poder para hacerlo. Su voluntad estaba depravada, y su naturaleza pecaminosa lo tenía cautivo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Rom. 7:19). Por más que luchaba contra él, que tomaba resoluciones contra él, que lo denunciaba y que hacía todo lo que podía en su contra –no se podía librar de él.

De la misma manera, nos sentimos humillados cuando, por el poder iluminador del Espíritu de Dios, vemos el terrible poder del pecado en nuestra vida.

Pecado: cómo ve Dios nuestro corazón

¡La Biblia declara que el efecto del pecado sobre el hombre es tal que nuestro corazón es comparable a algunas de las cosas más repugnantes que nos podamos imaginar! Se vale de estas descripciones para mostrarnos cómo considera Dios nuestros pecados.

¿Sabes que la Palabra de Dios nos describe como gusanos? Lo hace en Job 25:4-6: “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios?

¿Y cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo de hombre, también gusano?”3 El significado de la raíz de la palabra usada aquí como gusano en el hebreo es “gusano de podredumbre”. Esta es la forma como Dios nos ve: en proceso de putrefacción, fuera de Cristo.

Además, ¿sabías que Dios nos describe en nuestra naturaleza depravada como una “podrida llaga”. Así lo hace en Isaías 1:4-6:

“¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.”

Las Escrituras también muestran que el pecado ha hecho al hombre como bestias ignorantes y estúpidas. Leemos en el Salmo 73:22: “Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti”. También leemos en el Salmo 49:20: “El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen”. Si todavía estás jugando con el pecado, condenas tu alma al infierno. Y eres como las bestias que perecen, porque no entiendes.

Alguien me podría decir: “¡Ésta no es una manera agradable de decir las cosas!” Lo sé, pero es lo que dice la Palabra de Dios. Tenemos que despojarnos de todo nuestro orgullo y fariseísmo y renunciar para siempre a querer algo en nosotros que nos recomiende a Dios.

¡Qué cuadro del hombre depravado! ¡Qué imagen de ti y de mí por naturaleza! Viéndonos en este estado de putrefacción, Dios tiene que ordenar que nos arrepintamos.

Quiero razonar contigo: Si no te ocupas de la eternidad y no piensas en el mundo venidero, entonces de seguro la Palabra de Dios te retrata con exactitud en estas descripciones. Eres como un gusano, como una llaga podrida y como una bestia que perece. ¡Oh que supieras tu final (Deut. 32:29) y, arrepentido, acudieras ya mismo a Dios, y te encomendaras a su misericordia en Cristo! ¡Oh que te presentaras hoy ante el Dios Santo, humillándote ante él, y clamando a él con verdadero arrepentimiento!

EL SIGNIFICADO DEL ARREPENTIMIENTO

Definición de arrepentimiento

Entonces, ya ves que el hombre está en una posición de rebeldía contra la soberanía y la autoridad de Dios. Por eso es que nuestro Señor Jesús vino al mundo predicando: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Ordena a cada pecador que abandone sus armas de rebelión y enarbole la bandera blanca de rendición para entrar al Reino de Dios. En otras palabras, el pecador tiene que cambiar de parecer en lo que respecta al pecado.

Y esto es exactamente lo que significa arrepentirse: cambiar de parecer en lo que respecta al pecado y a Dios, lo cual da como resultado el apartarse del pecado y acercarse a Dios. ¡Y qué apartarse es éste! El arrepentimiento afecta la totalidad de la vida del pecador.

El vocabulario bíblico relacionado con el arrepentimiento es realmente rico.
Encontramos el tema del arrepentimiento a través de toda la Biblia y expresa su idea aun cuando no se usa la palabra misma. En el AT, dos palabras hebreas, los verbos nacham y shub son traducidos con frecuencia como arrepentimiento. The Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament (Léxico hebreo y arameo del Antiguo Testamento) por Koehler, Baumgartner, Richardson y Stamm dice que nacham significa: “lamentarse, llegar a deplorar algo, arrepentirse” como en Job 42:6: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.” En su Commentary on the Old Testament, (Comentario del Antiguo Testamento) Keil y Delitzsch comentan: “Nacham es la expresión exacta de metanoeo, el dolor santo del arrepentimiento del que no se arrepiente. Se arrepiente (sentado) en polvo y cenizas al estilo de los que sufren el dolor profundo por la pérdida de un ser querido”. Con respecto a shub, que significa “volverse”, The Theological Wordbook of the OT dice: “La Biblia abunda en expresiones idiomáticas que describen la responsabilidad del hombre en el proceso de arrepentimiento. Tales frases incluyen los siguientes: ‘inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel’ (Jos. 24:23), ‘circuncidaos a Jehová’ (Jer. 4:4), ‘lava tu corazón de maldad’ (Jer. 4:14), ‘haced para vosotros barbecho’ (Os. 10:12), etc. No  obstante, todas las expresiones de la actividad penitencial del hombre se suman y resumen en este verbo único: shub. Porque combina en sí, mejor que ningún otro verbo, los dos requisitos del arrepentimiento: volverse del mal y volverse hacia lo bueno.” Concluyen diciendo: “Es cierto que no hay en el Antiguo Testamento una definición sistemática de la doctrina del arrepentimiento. Mayormente, la Biblia lo describe (Salmo 51). No obstante, el hecho de que las personas son llamadas a “volverse”, ya sea “a” o “de” implica que el pecado no es una mancha indeleble, sino que por volverse, lo cual es un poder dado por Dios, el pecador puede encaminar en otra dirección su destino. Hay dos maneras de comprender la conversión, como el acto soberano gratuito de la misericordia de Dios y el acto del hombre por medio del cual va más allá de la contrición y el lamentarse a una decisión consciente de volverse a Dios. Esto último incluye el repudio de todo el pecado y una confirmación de la voluntad total de Dios sobre la vida de uno”.

Lo que incluye el arrepentimiento

Por lo tanto, arrepentirse es cambiar de parecer en cuanto al pecado y a Dios, lo cual da como resultado el apartarse del pecado y acercarse  a Dios. ¡Y qué apartarse es éste! El arrepentimiento afecta la totalidad de la vida del pecador.

Arrepentimiento incluye que el pecador asuma la culpa de su condición pecaminosa ante Dios y ponerse del lado de él en contra de sí mismo. El penitente no culpa a ningún otro de su condición, sino que se condena a sí mismo bajo la ira eterna de Dios porque se lo merece.

Arrepentimiento   incluye   sentir   gran   tristeza   por   el   pecado.

Segunda Corintios 7:10 dice que “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse”. Y Mateo 5:4 dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.

El arrepentimiento lleva a confesar los pecados. No escondiendo nada, el pecador se hace responsable de sus pecados y abre su corazón pecaminoso a Dios.

Además, el arrepentimiento lleva a renunciar al pecado. El pecador arrepentido toma la determinación de no volver a él. Por lo tanto, en el arrepentimiento bíblico, el pecador convicto y convencido asume su lugar ante de Dios como un condenado con justicia. Aborrece su  pecado, anhela ser libre de él. Siente gran tristeza por su pecado y toma la determinación de no volver a él. Y demuestra que su arrepentimiento es real andando en la senda de justicia y en auténtica santidad. “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” es la evidencia de que ha ocurrido un cambio radical en nuestra vida (Mat. 3:8).

Arrepentimiento y juicio

En Hechos 17:30 leemos estas palabras: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. Dios dice que todos los hombres – no sólo los gentiles, sino todos los hombres, lo cual incluye a todo pueblo, lengua, nación y tribu. Y en el v.31 encontramos por qué Dios ha ordenado que todos los hombres en todas partes se  arrepientan:

¡El juicio se acerca! “Arrepentíos!” dice Dios. “El Rey viene para juzgar! Arrepentíos si valoráis vuestra alma” ¿Por qué? “Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó [Jesucristo], dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. Sí, Dios ordena que todos los hombres en todas partes se arrepientan y produzcan fruto digno de su arrepentimiento lo cual es una vida santa, ¡o se enfrentará con ellos en un juicio sin misericordia!

La cuestión es que Dios es soberano en su salvación. Sólo él establece los términos bajo los cuales recibe a pecadores rebeldes en su reino. Su Palabra declara que él es amante, gentil, misericordioso y generoso; pero es también santo, recto y justo. Por lo tanto, ordena a los hombres que se arrepientan. A menos que el pecador rebelde se arrepienta y crea el evangelio, no hay perdón. Pero ¡alabado sea su nombre precioso; es a este tipo de pecador que él mirará! El Señor dice en Isaías 66:2 “Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu,  y que tiembla a mi palabra”. También el Salmo 51:17 nos dice: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.

¡Alabado sea el Señor! Nunca rechazará al pecador arrepentido y creyente. Cristo vino a buscar y salvar a justamente este tipo de pecador. Escucha a Isaías 55:6, 7: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. Nota que en estos versículos hay nuevamente un mandato de que dejemos nuestro propio camino y nos volvamos a Dios. ¡Deja tu camino y vuélvete a Dios!

El arrepentimiento es perpetuo

Debo recalcar también otra verdad: el arrepentimiento bíblico es perpetuo—el hijo de Dios se arrepentirá hasta que Dios lo lleve a su morada. El arrepentimiento es un modo de pensar permanente, un aborrecimiento continuo del mal.

¡Oh, cuántas almas preciosas han sido condenadas aquí mismo! Parecen arrepentirse por un tiempo. Dejan sus antiguas compañías y dejan los lugares donde cometían sus pecados: el bar, el salón de baile, la casa de la prostituta. Parecen aceptar a Cristo. Aun predican, enseñan y testifican de él. Pero porque son “oidores pedregales” (Mar. 4:5, 6,  16, 17), sólo duran un tiempo. Empiezan a enfriarse, volviendo gradualmente a sus costumbres de antes. Vuelven al pecado, vuelven a aquello a lo que habían renunciado. Uno a uno vuelven a sus antiguos pecados y compañeros, y vuelven al mundo. Eso es porque su arrepentimiento no era perpetuo: no surgió del nuevo nacimiento sino de la carne. La Palabra de Dios los describe:

“Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y el Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2Pe. 2:20-22).

En muchos casos, ese volver es lento. ¡Pocos vuelven de una sola vez! Primero, anhelan la “libertad”; escudriñan la Palabra de Dios para averiguar cuánta libertad tienen, para poder vivir lo más cerca posible al pecado. Luego, poco a poco vuelven a este pecado y a aquel otro. Por último, ya no tienen un testimonio para Cristo, sino sólo una confesión de fe externa. El pecado ya no los molesta. No lo aborrecen ni están en contra de él. Se dicen a sí mismos que Dios ya no quiere que se arrepientan y aborrezcan al pecado. Piensan que están en el camino de vida, no obstante, ¡el pecado ya no los molesta! Entonces se vuelven a esos pecados de los cuales una vez se habían arrepentido, diciendo: “¡Ahora tenemos libertad para andar en estos caminos!” Pero, ¡oh, mis amigos, esto no es libertad, sino un permiso para hacer lo que siempre has querido hacer, permiso para andar en el pecado sin restricciones!

¡Has jugado con fuego y tu corazón está ahora endurecido por el  engaño del pecado! (Heb. 3:12).

También te advierto: ¡cuídate del arrepentimiento que no continúa! No es un arrepentimiento bíblico auténtico, tu corazón volverá a estar satisfecho con la basura del mundo: “De ceniza se alimenta; su corazón engañado le desvía, para que no libre su alma, ni diga: ¿No es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?” (Isa. 44:20). Por lo tanto, nunca lo olvides: el verdadero arrepentimiento es perpetuo. Si te has convertido de verdad, aborrecerás y dejaras tus pecados por el resto de tu vida. Y anhelarás ser santo, ser como Cristo y agradar a Dios.

Yo te pregunto: “¿Alguna vez has poseído el arrepentimiento bíblico auténtico que Dios ordena de todos los hombres?”

El arrepentimiento es un regalo

Ahora debo agregar que el arrepentimiento es un don de la gracia que obra en el corazón por el poder de Dios el Espíritu Santo. Hechos 11:18 nos dice: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” El Espíritu Santo nos muestra nuestra condición pecaminosa ante Dios y pone en nosotros la voluntad de renunciar a nuestro odio de Dios y su autoridad. Y por su gracia nos da el anhelo de andar con él en novedad de vida y santidad.

Como ya hemos visto, Dios nos ordena arrepentirnos porque tú y yo somos rebeldes contra Dios por naturaleza. Todo hombre aparte de Cristo  es  un  rebelde  contra  el  trono  de  Dios  (Rom. 8:7).  Debido a nuestra naturaleza pecaminosa hemos determinado vivir nuestra vida apartados de Dios. Por eso tenemos que cambiar radicalmente nuestra manera de pensar con respecto a vivir independientemente de él. ¡Esto lo demostramos por medio de nuestro clamor a Dios pidiéndole que sea nuestro Señor y el Soberano de nuestra vida!

Porque le hemos escupido en el rostro, blasfemado su nombre, inclinado ante los dioses del oro y del placer, pasado su día como nos place y andado con orgullo y arrogancia contra él, Dios nos manda arrepentirnos y creer en el Señor Jesucristo. Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar acerca del orgullo y la arrogancia, acerca de  la codicia y los placeres mundanos y acerca de andar por nuestro propio camino. Tenemos que clamar a él para que obre su amor en santidad en nosotros.

Sí, mi amigo, porque no lo hemos amado a él con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas y hemos derrochado nuestro amor en el yo y en el mundo, Dios nos ordena arrepentirnos y confiar en el Señor Jesús para remisión de nuestros pecados. Porque, fíjate bien, el arrepentimiento auténtico quita al yo del trono y entroniza a Cristo como Señor sobre cada área de la vida.

La conexión del arrepentimiento con la fe

En la Palabra de Dios, el arrepentimiento y la fe se hallan conectados inseparablemente, y deben ser predicados juntos. La Palabra de Dios enseña claramente que Dios ordena a“todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hech. 17:30). Además, la Biblia enseña claramente que el arrepentimiento es tan necesario como la fe en el Señor Jesucristo. Pablo les dijo a sus oyentes en Hechos 20:20, 21: “y como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”.

Por lo tanto, el arrepentimiento y la fe son ordenados por Dios en el llamado del evangelio. No separemos lo que Dios ha juntado (Mat. 21:32; Mar. 1:15; Hech. 2:36; 5:31; 20:21; 2 Tim. 2:25).

Las evidencias de las Escrituras

¡Escucha estos versículos en que estas grandes verdades son presentadas juntas en la Palabra de Dios!

“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).

“Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle” (Mat. 21:32).

Dios da este testimonio de su ministerio: “Testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21).

La epístola a los Hebreos dice:

“Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios” (Heb. 6:1).

Y uno de los últimos mandatos de nuestro Señor a sus discípulos antes de ascender al cielo se encuentra en Lucas 24:46-48:

“Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas”.

La Biblia nos da ilustraciones de los que se acercaron a Cristo con arrepentimiento y fe; éstos acudieron a él para que los perdonara de sus pecados. El ladrón en la cruz se arrepintió y creyó Luc. 23:39ss), el hijo pródigo se arrepintió y creyó (Luc. 15:11ss), y por lo tanto pedimos a los hombres hoy que se arrepientan y crean.

El arrepentimiento y el perdón del pecado deben ser predicados juntos

A través de los siglos ha existido un debate entre los hijos del Señor en cuanto a cuál viene primero: el arrepentimiento o la fe.

Ambos lados tienen sus defensores entre cristianos creyentes de la Biblia. Pero la regeneración es un milagro que no puede ser examinada bajo un microscopio. Aunque el milagro del nuevo nacimiento siempre se manifiesta en la vida de Dios en el alma del hombre, hemos de cuidarnos de poner un orden demasiado estricto en la manera cómo Dios obra ese milagro en la vida del pecador. Dado que tanto el arrepentimiento como la fe surgen de la regeneración, ambos se manifestarán claramente en los hijos del Señor. Ninguna pecador cree en Cristo para salvación a menos que haya cambiado de parecer en cuanto al pecado, Dios y Cristo. Tampoco ningún pecador se arrepiente auténticamente a menos que crea la Palabra de Dios en cuanto a su condición perdida y el poder salvador de Jesucristo. Enfatizar demasiado la fe o el arrepentimiento puede dar como resultado por lo menos cuatro errores:
1) Enfatizar demasiado el arrepentimiento como algo separado de la fe puede dejar al pecador con la impresión que debe sentir un cierto dolor o derramar cierta cantidad de lágrimas antes de poder creer en Cristo.
2) Enfatizar demasiado el arrepentimiento como algo separado de la fe puede dar al pecador la idea de que tiene que dejar todo pecar antes de poder creer en Cristo.
3) Enfatizar demasiado la fe sin arrepentimiento puede dejar al pecador con la impresión que puede “creer en Jesús” sin tener que preocuparse por una vida  cambiada. El evangelio llama a pecadores a acudir a Jesús como un Salvador del pecado. Jesús no vino para asegurar al pecador de que irá al Cielo aunque siga en una vida pecaminosa y egoísta; en cambio,  Jesús  vino  para llamar  “a pecadores al  arrepentimiento” (Mat. 9:13;Mar. 2:17; Luc. 5:32). El pecador nunca se apresurará para acudir a Jesús como Salvador del pecado a menos que vea al pecado como una maldad que ofende a Dios y lo condena con justicia ante él. Su nombre es “JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21).
4) Enfatizar demasiado ya sea el arrepentimiento o la fe puede llevar a un concepto erróneo en cuanto al fundamento correcto para la justificación. El arrepentimiento aparta la vista del pecado y el yo a la vez que la fe recibe la justicia perfecta de Jesús. Ni el arrepentimiento ni la fe ameritan justificación.

Nuestro  Señor  les  dijo  a  sus  discípulos,  así  como  a     nosotros también, que siguieran su ejemplo en la predicación del arrepentimiento y la remisión de pecados por medio de la fe en Cristo porque esto muestra realmente su ministerio mientras estaba en la tierra. Su primer mensaje según lo registra Marcos 1:15 fue “el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”.  Y sus últimas palabras a sus discípulos y a nosotros fueron que el arrepentimiento y la remisión de pecados por medio de la fe en Cristo debían ser predicado en su nombre entre todas las naciones  comenzando en Jerusalén (Luc. 24:46-48). Pero parece que muchos en la actualidad tienen miedo de predicar el arrepentimiento. Nuestro  Señor no tenía miedo de llamar a los hombres a arrepentirse, y nos ha comisionado a nosotros para que hagamos lo mismo. Entonces anhelamos proclamar a todos los hombres que deben arrepentirse y  creer en el nombre de Cristo para la remisión de sus pecados.

“Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Éstas son palabras llenas de significado que necesitan ser proclamadas hoy tal como en aquel entonces. Hay una verdadera remisión de los pecados por medio de la fe en Cristo para los que se consideran a sí mismos pecadores. El pecador impío –perdido, sin Dios y sin esperanza, lleno de pecado, lleno de perversidad– debe acudir a Cristo, renunciando a las armas de rebelión y enarbolando la bandera blanca de rendición. A él Dios le brinda la remisión de los pecados. Lo invita a venir, como al hijo pródigo, de regreso a su hogar.

Arrepentimiento y remisión están entrelazados, de modo que cuando encontramos uno, encontramos el otro. Donde no hay arrepentimiento, podemos estar seguros de que no hay fe en Cristo.  Pero donde hay arrepentimiento auténtico, podemos estar seguros de que hay una fe que confía en Cristo para el perdón total y gratuito de todos los pecados. Nuestro Señor Jesucristo declaró con autoridad que “todo pecado…será perdonado a los hombres” (Mat. 12:31). Está escrito en Los Hechos de los Apóstoles:
“A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31).

“Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que todo aquellos de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:38, 39).

“Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:20, 21).

Los apóstoles lo declararon, y nosotros hoy declaramos esta misma verdad.

El arrepentimiento es un don de la gracia

Ahora, basado en la autoridad de la Palabra de Dios, quiero declarar que el arrepentimiento debe ser predicado en el nombre del Señor  Jesús como una gracia otorgada desde lo Alto. Es otorgada por Dios.  Sí, por lo tanto, el arrepentimiento ha sido dado a los gentiles al igual que a los judíos porque es un don de la gracia (Hech. 11:18). No nos llega por las obras de la ley, sino que nos llega total y completamente del corazón generoso de Dios. No debe ser predicado en el nombre de Moisés como una obligación legal, sino que debe ser predicado como lo predicó Jonás, sin ninguna esperanza –porque éste proclamó que Nínive sería destruida en sólo 40 días– sino que debe ser predicado en el nombre de Jesús como la gracia de Dios.

El arrepentimiento es un don dado por la gracia de  Dios, igual como la fe es dada por la gracia de Dios. Nuestro Dios generoso y Padre celestial ha exaltado grandemente a su Hijo y le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, habiéndolo puesto a su diestra para ser “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hech. 5:31). Por lo tanto, es la gracia de Dios, la bondad de Dios lo que lleva al arrepentimiento (Rom. 2:4).

Dondequiera que haya verdadera tristeza por el pecado,  dondequiera que haya un cambio radical en la manera de pensar con respecto al pecado, puedes estar seguro de que esto ha sido producido por el Espíritu de Dios. Es un don del pacto de gracia tanto como lo es el perdón que lo acompaña. Y recuerda, Dios otorga esta gracia únicamente a pobres pecadores. Los hace tener conciencia de que lo necesitan. El escritor del canto lo expresó así: Venid, necesitados, venid y bienvenidos, Venid, la dádiva de Dios glorificad; Verdadera fe y verdadero arrepentimiento, Son gracias que a él os acercan;

Sin dinero, venid a Jesucristo y comprad.

Por su gracia, Dios usa la Ley para mostrarte lo que eres y luego te acerca  a  Cristo.  Su  Espíritu  con  su  gracia  usa  la  Ley  para darte conocimiento del pecado (Rom. 3:19, 20; 7:7-25). Por lo tanto, ¡nunca descartes la Ley de Dios! Sí, te coloca bajo la ira de Dios y te condena al Infierno. Pero, alabado sea Dios, por la Ley de Dios ves, admites y comprendes tu estado pecaminoso, tu gran distanciamiento de Dios y tu gran necesidad de un Salvador. Gálatas 3:24 dice que la Ley es el ayo que te conduce a Cristo como tu única esperanza. Entonces, es la gracia de Dios lo que produce arrepentimiento en tu corazón y fe en el Señor Jesucristo.

El Espíritu Santo te enseñará cuan terriblemente sufrió Cristo por tus pecados, y esta verdad será el medio que te lleve a aborrecer el pecado. Comprenderás que el Espíritu Santo, al iluminar tu entendimiento e influenciar tus sentimientos, produce en ti arrepentimiento –¡aun en ese corazón que parecía tan duro y estéril que no se podría producir nada en él! Tu corazón será quebrantado y hecho fértil al caer sobre tu alma el suave rocío de la lluvia de gracia sobre tu alma. Entonces, por el Espíritu de Dios obrando en ti, verás una hermosura y una gloria en el Señor Jesucristo que causará que lo desees (2 Cor. 4:4, 6; Job 23:3; Cantares 2:3). No sólo aborrecerás el pecado y sentirás gran tristeza por él (2 Cor. 7:10, 11) sino que voluntariamente te volverás de él por fe en Cristo al comprender lo que le ha hecho a él.

Entonces, Dios da arrepentimiento al pecador, es uno de los dones gratuitos de su gracia. Y quien quiere lo posea puede estar seguro de que la mano del Señor está sobre él para siempre.

Pero vayamos más adelante. ¡Dondequiera que hay un arrepentimiento real, es evidencia de la fe en Cristo operando en el corazón! ¡Esto es evidencia de que estás vivo en Cristo! Si tu corazón  se ha apartado del pecado, si te postras en el polvo ante Dios debido a tus pecados, si acudes a Cristo en la cruz realmente penitente13 clamando “¡Señor, acuérdate de mí! ¡Señor, sálvame! Señor, ten misericordia de mí y líbrame de caer en el pozo”, entonces hay en tu corazón arrepentimiento y fe. No puedes separarlos, donde encuentras uno, encuentras el otro.

Tenemos esto bellamente ilustrado en el caso del publicano que encontramos en Lucas: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece , será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (18:13, 14). Fíjate bien, las palabras del salmista siguen siendo ciertas: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu”   (Sal. 34:18). Fue por pecadores como estos que nuestro Señor Jesús sufrió en la cruz.

Por lo tanto, salga y sea proclamado el mensaje en todos los pueblos debajo del cielo: dondequiera un alma se arrepiente y se vuelve a Jesucristo con fe, la gracia de Dios ya está obrando y le es otorgado perdón.

Arrepentimiento por la autoridad de Jesucristo

Sigamos adelante. Nuestro Señor nos enseñó que el arrepentimiento predicado en el nombre de Jesús es predicado por la autoridad de Jesús como Señor. ¡Escucha!

“Toda potestad [autoridad] me es dada en el cielo y en la tierra, Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones…en mi nombre” (Mat. 28:19, 20).

Lo que está diciendo es esto: En el nombre de Jesús es que se  postra el pecador arrepentido, y todas las fortalezas amuralladas de su corazón se derrumban ante Dios. En el nombre de Jesús la legión de demonios fue sacada del hombre que vivía en los sepulcros de Gadara. En el nombre y la autoridad del Rey Jesús, el pecador es librado por medio de la fe en su sangre. Todos los pecados son perdonados, su poder es quebrantado y su dominio desaparece. En la autoridad de su nombre tienes que acudir a ese Trono de Gracia, que ha sido colocado por Dios mismo para el pobre pecador (Heb. 4:16).

Dios promete perdón total al pecador arrepentido

El evangelio promete al pecador un perdón total de todos los pecados que jamás haya cometido, ya sea un pecado de pensamiento, palabra o acción; ya sea un pecado de omisión o  comisión.15  Este perdón es tan grande como lo es total. Es un perdón de las ofensas más horribles y más repetidas: impureza, robo, blasfemia, violación, borrachera, sí, prostitución, adulterio y aun homicidio. Es un perdón de los crímenes del peor tipo, un perdón comprado con la sangre preciosa de Cristo. Cuando nos volvemos a Dios con un arrepentimiento auténtico y confiamos en Jesucristo que nos limpie por fe, ¡seremos salvos!

Esto es el evangelio, la esperanza que Dios nos dice que  ofrezcamos al pecador. Esto no es Jonás, quien dijo “¡De aquí a cuarenta días Nínive será destruida!” – no dijo nada de arrepentimiento. Pero yo te digo que la ira de Dios viene. Y enseguida te digo también que si te arrepientes y te vuelves a Dios con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, creyendo la verdad del evangelio, entonces  hay para ti perdón y remisión absolutos en la sangre del Salvador. Porque “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Porque a todos los que se arrepienten y creen en él, esta sangre les limpia todos los pecados que prohíben a los hombres estar en la presencia del Dios tres veces santo. Sí, proclamo perdón en el nombre de Jesús para pecados como éstos. No son demasiado negros para ser perdonados por Dios. ¡No están arraigados tan profundamente que no puedan ser lavados por la sangre preciosa de nuestro Señor Jesús!

¿Es el perdón de Dios para ti?

Pero alguien puede decir: “No dudo que el arrepentimiento y la remisión de los pecados deben ser predicados en el nombre de Cristo, y que tales cosas sean enseñanzas de Cristo. Mi problema es: ¿son para ?” Pues bien, ésta es una cuestión que tienes que determinar bajo la dirección del  Espíritu Santo. Pero déjame hacerte algunas preguntas:

¿Te arrepientes de tus pecados? ¿Sientes gran pesar por los pecados porque son la plaga de tu corazón y la maldición de tu vida? ¿Aborreces el pecado? ¿Te vuelves del pecado queriendo vivir como el Santo Dios quiere que vivas?

Entonces te digo a ti: si tienes este arrepentimiento, entonces cuentas también con esta remisión de tus pecados. Cristo los puso juntos: “arrepentimiento y el perdón de pecados” (Luc. 24:47). Y recuerda: Cristo te ha ordenado arrepentirte y creer (Mar. 1:15). Lo que él ha ordenado, tú por su gracia puedes llevar a cabo.

Pero si en realidad no has sabido por experiencia lo que es el arrepentimiento, ¿quisieras elevar esta oración? “Oh Señor, muéstrame la culpa de mi pecado, y hazme ver a tu Hijo amado pagando esta culpa en mi lugar. Enséñame a sentir gran pesar por mis pecados y a aborrecerlos, y dame la seguridad, por la enseñanza de tu Palabra y por la gracia de tu Espíritu de que todos han sido perdonados en el nombre de Jesús. Haz que pueda seguir mi camino regocijándome por ser un pecador salvado por tu gracia soberana”. ¿Elevarás al Señor esta oración?

El medio del arrepentimiento

Consideremos ahora el medio por el cual el arrepentimiento obra en el corazón.

La Palabra de Dios es el instrumento del arrepentimiento

En el arrepentimiento auténtico vemos un cambio radical en la manera de pensar y en el corazón que lleva a una transformación total de la vida; esto sucede en el alma por el poder del Santo Espíritu que convence de pecado. Pero, ¿qué instrumento usa? Mi amigo, usa la Palabra de Dios, de la cual él es autor, para convencer “de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Fíjate bien: aparte de la Palabra de Dios no puede haber salvación, ya que leemos en Romanos 10:17: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” Y 1 Pedro 1:23 dice: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.”

Ahora, con la Biblia en mano, leamos Hebreos 4:12, 13: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos  que dar cuenta.”

Fíjate bien, en el arrepentimiento auténtico, la Palabra de Dios penetra nuestro corazón por obra del Espíritu Santo quien nos constriñe con su poder a fin de que podamos ser salvos. Pablo, escribiendo a la iglesia de los Tesalonicenses sobre este tema, dice: “Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección.” ¿Cómo? “Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1 Tes. 1:4, 5). Y en la salvación, éste es exactamente el modo como la Palabra de Dios penetra el corazón de cada pecador por quien murió Cristo.

¿Notaste la descripción que nuestro texto, Hebreos 4:12, 13, hace  de la Palabra de Dios? Dice que es “viva”, una Palabra viva. Nuestro bendito Señor la describe de la misma manera en Juan 6:63: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.” Sí, la Palabra de Dios crea conciencia en el pecador de que necesita volverse a Dios dejando sus caminos rebeldes. Arrojará al suelo sus armas de rebelión, enarbolará la bandera blanca de la rendición, y pondrá sus ojos con fe en el Señor Jesucristo para que lo salve, lo limpie del pecado y lo libre de la ira venidera. Fíjate bien, el Espíritu vivificador de Dios usa la Palabra para dar al alma el conocimiento de su impiedad ante Dios y el conocimiento del Dios Santo contra quien ha pecado.

“Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz”, –¡no es meramente un montón de letras muertas que pronto desaparecerán! ¡No, vive en la mente de Dios! ¡Vive en los decretos del cielo! Y vive y vivirá para siempre en el corazón y la mente de todos los redimidos de Dios porque es la Palabra viva de Dios. Opera en la mente y los sentimientos y no te dejará tranquilo. Es realmente la ley de Dios en las manos del Espíritu Santo el ayo que te trae a Cristo (Gál. 3:24).

La Palabra de Dios es poderosa

Nuestro texto sugiere que esta Palabra es poderosa. Escucha el llamado que Dios mismo te hace en Jeremías 23:29 con respecto a su Palabra: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” ¡Y yo digo que sí lo es! Sí, creo y sé que todo hijo de Dios dirá que la Palabra de Dios entró como un fuego en su alma, y que no hubo tranquilidad hasta caer a los pies de Dios con auténtico arrepentimiento. ¡El corazón realmente fue quebrantado por  la Palabra poderosa de Dios!

¡La Palabra de Dios en manos del Espíritu Santo es tan poderosa que da muerte al alma! Pablo dice en Romanos 7:9: “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí.” La Palabra de Dios le dio muerte, porque como nos dice 2 Corintios 3:7, la Ley es el ministerio de muerte. Da muerte a los pecados que amas,  a tus ambiciones que amas, a tus planes que amas,  tu fariseísmo, tu egoísmo, tu orgullo, y te deja a los pies del Dios soberano clamando: “¡Ten misericordia de mí, pecador!”

Fíjate bien, el Espíritu Santo pone esta Palabra poderosa y viva en  tu mente y la escribe en tu corazón (Heb. 8:10; 10:16). No puedes zafarte de ella, te persigue y clama a tu alma: “¡Tú eres el hombre, tú eres el pecador!” Te pregunto: ¿Alguna vez has tenido la experiencia de la obra de muerte de la Palabra de Dios? Si no, te encuentras todavía en la hiel de la amargura y la esclavitud de la iniquidad. El Espíritu de Dios usa la Palabra para dar muerte al alma antes de volver a levantarla para andar en novedad de vida en Cristo Jesús. Tienes que morir por su mano  antes de poder ser levantado a la vida.

Primera Pedro 1:23 describe esta palabra preciosa como una Palabra viva. ¿Por qué? Porque por el poder del Espíritu Santo da vida.

¡Y, alabado sea el Señor, nunca puede ser destruida ni exterminada! Cielo y tierra pasarán, pero la Palabra de Dios permanecerá para siempre (Mat. 24:35).

La Palabra de Dios es eficaz

Hebreos 4 también nos dice que esta Palabra de Dios, en las manos del Espíritu Santo, no sólo es viva sino también eficaz. Es activa, operativa, vigorizante y efectiva. Trae convicción –convicción de pecado y de la impiedad de la incredulidad– porque discierne entre el bien y el mal en el pensamiento aun más santo del mejor de los  hombres y le muestra lo que es: ¡un pecador ante Dios!

El Espíritu Santo usará la Palabra para darte la convicción de que eres espiritualmente ciego a causa del pecado. No puedes ver el peligro en que te encuentras ni puedes ver ninguna hermosura en Cristo. “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos” (2 Cor. 4:3, 4).

Luego la Palabra te dará la convicción de que eres sordo a causa del pecado. No puedes oír la voz de Dios fuera de su llamado eficaz (Mar. 8:18). Te dará la convicción de que eres vil, corrupto y moralmente enfermo por causa del pecado (Gén. 6:5; Rom. 3:10-12). Y te dará la convicción de que te encuentras en un estado de parálisis espiritual por causa del pecado. El pecado ha paralizado tu voluntad, de modo que no tienes poder para levantarte de tu condición impotente. Romanos 5:6 dice: “Cuando aún éramos débiles …”

La Palabra te dará la convicción de que tus pecados te han separado de Dios (Isa. 59:1, 2) y lo han convertido en tu enemigo. Te dará la convicción de que el pecado ha llenado tu corazón y tu mente de rebelión, de manera que reconozcas que Romanos 6:7 es verdad: eres carnal, enemistad contra Dios, y necesitas un arrepentimiento auténtico.

¡Oh mi amigo, necesitas desesperadamente la obra poderosa del Espíritu Santo para que escriba en tu corazón la Palabra eterna de Dios!

¡Necesitas clamar con gran pesar por el pecado, pidiendo misericordia ante Dios en Cristo!

También, Hebreos 4 nos dice que la Palabra de Dios en las manos del Espíritu Santo es más cortante que toda espada dedos filos. Fíjate que la Palabra de Dios abarca tanto que no hay pensamiento o propósito en toda la creación que no esté dentro de su alcance: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:2, 4). Porque su Autor es espiritual, la Palabra es espiritual. Y escudriña a los hombres espiritualmente. Cuando  el  Espíritu  Santo  hace  penetrar  la  Palabra en el alma del hombre, lo convence de sus pecados que antes ni siquiera percibía.

La Palabra de Dios hiere y da vida

La Palabra de Dios hiere y da vida. Da muerte al fariseísmo, al pecado y la incredulidad. Te trae a Dios clamando: “¡Ay de mí porque estoy deshecho! ¡Estoy perdido! ¡Dios, sé propicio a mí, pecador!” Escucha el clamor de David en el Salmo 51 cuando la Palabra de Dios penetró forzadamente en su corazón bajo la convicción de su pecado:

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. . . Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve

… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”

David no culpó de sus pecados a otro, no culpó a las circunstancias ni al ambiente. Se hizo cargo absoluto de sus pecados y se arrepintió de ellos ante Dios. Clamó a él pidiendo misericordia y perdón. Oh, eso es lo que necesitas hoy –un arrepentimiento bíblico auténtico. tienes que hacerte cargo de tu culpa ante Dios por tu condición espiritual. tienes que confesar: “He pecado y soy culpable. Necesito la misericordia de Dios en Cristo”.

La Palabra de Dios no ofrece atajos

Muchas gentes con las que me encuentro en la actualidad buscan  “la vida más profunda”, cuando en realidad lo que necesitan tan desesperadamente es encontrar su camino a la cruz de Cristo con un corazón verdaderamente quebrantado por su pecado. Están tratando de circunvalar la convicción del Espíritu Santo; por lo tanto, ¡han errado totalmente! Quiero decirte de lo profundo de mi corazón que te brindo con compasión: ¡no existen atajos para superar la vida! Cuando el Señor te confronta con tus pecados, tienes que arrepentirte. El Espíritu tiene que abrir tu corazón para que, por medio de la Palabra de Dios, puedas ver tu condición perdida, desdichada y pecaminosa. Sé que no te gusta oír esto porque amas el pecado. ¡Tu orgullo no te deja admitir que eres un pecador hipócrita, un pecador merecedor del infierno y el más grande de los pecadores! Pero recuerda, ¡o vienes por este camino o mueres!

Prueba lo que quieras: blanquea tu exterior, límpiate todo lo que puedas, asiste a la iglesia, ora, predica, enseña, da testimonio, ten grandes experiencias y sentimientos religiosos. Pero todo esto de nada te servirá si el fundamento de tu vida cristiana no está puesto en el fundamento del arrepentimiento dirigido a Dios y de la fe en el Señor Jesucristo. Volvemos a las palabras del Señor en Lucas 13:5: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” ¡No hay vuelta  que darle! Tienes que hacerle frente: si no te arrepientes, no tienes salvación en Cristo. ¡Tiene  que haber ese cambio radical en tu manera de pensar  y en tu corazón que te lleve a la transformación completa de tu vida! Esas palabras en Lucas 13 no son palabras mías. Éstas son las Palabras de Aquel que habla desde el cielo. Tienes que prestarle atención o morirás en tus pecados (Heb. 12:25).

Déjame preguntarte también: ¿Alguna vez has tomado tu lugar ante Dios como David, implorando su misericordia al confesar tus pecados , doliéndote arrepentido por ellos? Si desconoces estos ejercicios del alma, no importa la fe que profesas o que practicas, no importa en la  alta estima en que te tengas a ti mismo o en la que los demás te  tengan,

¡Dios dice que sigues muerto en tus pecados!

Pero si, por la gracia de Dios su Palabra ha penetrado tu corazón y levantado el velo de modo que puedes ver lo que Dios ha estado viendo todo el tiempo, entonces sé que clamarás pidiendo misericordia. Implorarás que te vista en su manto perfecto de justicia para poder presentarte ante el santo Dios. Entonces valorarás al Cristo del  Calvario. Entonces dejarás todo lo demás y serás encontrado en él, vestido únicamente de su justicia.

Este es el modo en que Dios llama a pecadores para ser salvos en Cristo. Por su Espíritu y la Palabra, él obra arrepentimiento hacia Dios  y fe en el Señor Jesucristo en sus corazones. Te pregunto   nuevamente:

¿Alguna vez ha tratado Dios a tu corazón de este modo? ¿O desconoces la convicción que da el Espíritu Santo y el arrepentimiento y la fe que da Dios?

Los frutos del arrepentimiento

Los frutos que siempre son el resultado

En conclusión, consideremos los frutos que siempre son  el resultado del arrepentimiento bíblico auténtico.

Juan el Bautista advirtió a sus oyentes: “Haced, pues, frutos  dignos16  de arrepentimiento” (Mat. 3:8). Y el apóstol Pablo le dijo al  rey Agripa que su mensaje a los judíos y los gentiles era “que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:20). Entonces, por estos dos pasajes aprendemos que el arrepentimiento bíblico auténtico se demuestra en la vida del creyente por sus frutos. Por lo tanto, consideremos algunos de estos frutos. Al hacerlo, oremos pidiendo que el Espíritu Santo abra nuestro entendimiento para poder comprender su Palabra preciosa y que abra y escudriñe nuestros corazones. Quiera el Señor mostrarnos  si estos frutos son producidos en nuestra vida por el Espíritu del Dios viviente.

El arrepentimiento da como resultado un verdadero aborrecimiento por el pecado

Primero, el fruto del arrepentimiento bíblico auténtico en nuestra vida es un verdadero aborrecimiento por el pecado como pecado y no meramente aborrecimiento por sus consecuencias17, la cual es la separación de Dios en el infierno para siempre. Este aborrecimiento no es contra este o aquel pecado, sino aborrecimiento por todo pecado, y particularmente por la raíz misma que es la obstinación. En Ezequiel 14:6 leemos: “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” Hacemos esto con un aborrecimiento por ellos y un desprecio por nosotros mismos. Esto es presentado en Ezequiel 20:43: “Y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros  pecados que cometisteis”.

Fíjate bien, el cambio de parecer que Dios requiere, el cambio de parecer que complace a Dios, es un aborrecimiento por el pecado como pecado contra Dios. Por lo tanto, te pregunto: ¿Tenemos tú y yo un aborrecimiento así por el pecado? En caso contrario, entonces no hemos dado los frutos del arrepentimiento bíblico auténtico. El arrepentimiento da como resultado un gran pesar santo por el pecado

En segundo lugar, el fruto del arrepentimiento bíblico auténtico es una gran tristeza santa por el pecado. Segunda Corintios 7:9, 10 dice: “Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios… porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” Esta gran tristeza es el pesar por haber despreciado a un Dios tal, por habernos rebelado contra su autoridad, y por haber sido indiferentes a su gloria. Fue un gran pesar como éste lo que causó que Pedro saliera y llorara amargamente por haber negado a su Señor (Mat. 26:75). Y un gran pesar como éste es la que causa que nosotros lloremos amargamente por nuestros pecados porque son contra Dios. Nos vemos obligados a clamar como David: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:3, 4).

¿Has sentido este pesar porque tus pecados son contra Dios? Este fruto del arrepentimiento bíblico auténtico es el que nos causa que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24) y que sigamos a Dios en Cristo de todo corazón. Este tipo de gran pesar por el pecado es el único genuino.

El arrepentimiento da como resultado la confesión de los pecados

Tercero, el fruto del arrepentimiento bíblico auténtico es la confesión de los pecados. Leemos en Proverbios 28:13: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Sí, tiene que haber el fruto de confesar y no esconder nada. Fíjate bien, tú y yo sabemos que es nuestra naturaleza negar directa o indirectamente nuestros pecados, y restarles importancia o justificarlos. Pero cuando el Espíritu Santo obra en nuestra alma y saca a luz nuestros pecados, tenemos que reconocerlos delante de Dios.

Si el arrepentimiento bíblico auténtico está obrando en nuestro corazón, no encontraremos alivio hasta confesar nuestros pecados y exponerlos antes Dios. El Salmo 32:3, 4 destaca esto en las siguientes palabras: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir  todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano”. Fíjate bien, la confesión de nuestros pecados hecha de todo corazón es lo único que puede darnos paz con Dios en Cristo. Y, mi amigo, esto continúa en nuestra  vida hasta que lleguemos a la gloria. La confesión y el arrepentimiento forman parte de la oración cotidiana del creyente cuando reclama la promesa de 1 Juan 1:9 ante el Trono de Gracia: “Si confesamos  nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

El arrepentimiento da como resultado un verdadero volverse del pecado

Cuarto, el fruto del arrepentimiento bíblico auténtico es un verdadero volverse del pecado. El arrepentimiento auténtico es un cambio radical en la manera de pensar y en el corazón que lleva a una transformación completa de nuestra vida. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). Si yo realmente aborrezco el pecado y siento gran pesar por él, entonces renunciaré a él. Tomaré en serio  Isaías 55:7 que dice: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. Tal es el cambio de rumbo que Dios requiere. Se verá en el hecho de que el pecador arrepentido y creyente haga caso a la Palabra de Dios que dice: “Huid de la fornicación” (1 Cor. 6:18), “Huid de la idolatría” (1 Cor. 10:14), “Huid del amor al dinero” (1 Tim. 6:10, 11), “Huye también de las pasiones juveniles” (2 Tim. 2:22). Y también se verá en la práctica de las gracias positivas de seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con  los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Tim. 2:22). Mi amigo,  la pregunta que enfrentamos es: Tú y yo, ¿nos hemos vuelto verdaderamente del pecado a Dios de todo corazón?

El arrepentimiento da como resultado el deseo de justicia y santidad

Quinto, los frutos del arrepentimiento bíblico auténtico se verán en el deseo de poner en práctica las Escrituras que nos  enseñan  que hemos de andar en justicia y santidad (Ef. 4:24) y de ser cuidadosos en ocuparnos de buenas obras (Tit. 3:8). Esto, para mí, es una de las señales que distinguen al arrepentimiento bíblico auténtico: el deseo de andar en un nuevo camino –de tomar un rumbo diferente del que andábamos antes en la vida. Leemos en Hebreos 12:14: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Así es que por la gracia de Dios anhelamos procurar esta paz y santidad porque Dios nos ha dado un nuevo corazón. En Mateo 1:21 leemos que Cristo    vino para salvar a su pueblo de sus pecados, no en sus pecados. Entonces el penitente verdadero implora a Dios diariamente para que lo libre del pecado y del yo. Además, en Efesios 1:4 leemos: “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él.” Entonces por la gracia de Dios anhelamos ser santos, libres de nuestros pecados y nuestra obstinación. Y en 1 Tesalonicenses 4:7 leemos: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación”. Así es que, por la gracia de Dios,  anhelamos andar dignos de este llamado a la santidad.

Y en 1 Tesalonicenses 4:3 leemos que la voluntad de Dios para nuestra vida es que seamos santificados –apartados para el uso santo de Dios. Entonces anhelamos por la gracia de Dios estar separados del pecado y unidos con Cristo. Al desear justicia, andar en verdadera santidad y cuidadosos de realizar buenas obras, manifestamos los frutos del arrepentimiento bíblico en nuestra vida. Porque leemos  en  Tito 2:11, 12:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.”

¡Y éste es el deseo de nuestro corazón! Nuestra plegaria es: “¡Oh Señor, ayúdame a comprender tu Palabra y por tu gracia ayúdame a andar en el camino que te agrada a ti”. O, como la del salmista: “Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día” (Sal. 25:4, 5). Y “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). Enséñame de tal manera tu camino, y llévame por sendas claras de modo que te siga todos los días de mi vida.

Estos, pues, son los frutos del arrepentimiento bíblico auténtico:

  • un anhelo profundo de haber terminado con el pecado, porque es la plaga y el gran pesar de nuestro corazón
  • un anhelo profundo de abstenernos de las lascivias carnales que batallan contra el alma
  • un anhelo por pelear la buena batalla de la fe
  • un anhelo profundo de nunca volver a un camino de obstinación y egoísmo, sino anunciar las alabanzas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable
  • un anhelo profundo de seguir al Señor en una senda de santidad todos los días de nuestra vida
  • un deseo profundo de complacerle a él en todos nuestros caminos
  • un anhelo profundo de juzgarnos cada día a nosotros mismos ante el Señor y vivir a sus pies con un corazón quebrantado y un espíritu contrito.

Conclusión

El arrepentimiento bíblico auténtico no puede ser separado de la fe salvadora verdadera; ambos van siempre juntos. Aquel que realmente se arrepiente, realmente cree, porque el mismo Espíritu Santo que nos da arrepentimiento de manera que reconocemos nuestra conducta pecaminosa delante de Dios, y que nos da el anhelo de confesar y renunciar a ella con verdadero pesar santo, también volverá nuestros ojos hacia el hermoso Señor que murió en nuestro lugar. La Palabra de Dios revela que el Espíritu Santo nunca separa el arrepentimiento y la fe. Donde encuentras al uno, encuentras la otra en la vida del alma salvada. ¡Alabado sea el nombre de nuestro Dios tres veces santo! ¡Él, que da fe, también da arrepentimiento!

La fe encuentra en Cristo un Salvador completo. En Cristo encontramos paz porque él hizo las paces por la sangre en su cruz. En Cristo encontramos esperanza, y la esperanza no es avergonzada porque el Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestro corazón. En Cristo encontramos una posición perfecta delante de Dios quien hace a Cristo sabiduría, justicia, santificación y redención para nosotros (1  Cor. 1:30). En Cristo encontramos un refugio perfecto de la ira de Dios contra nuestros pecados porque el juicio de todos nuestros pecados ha caído sobre Cristo (Isa. 53). En Cristo encontramos todo lo que Dios da al pobre pecador arrepentido y que cree; porque sabemos que estamos completos en él, el Salvador de nuestra alma, el Señor Jesucristo.

El arrepentimiento aparta la vista del yo y la fija en Cristo con fe, y encuentra en él un Salvador suficiente para cada necesidad. Confiemos en él con un arrepentimiento bíblico auténtico. Tal es la necesidad de esta hora.