ANA JUDSON (1789-1826) Una vida de abnegación

ANA JUDSON (1789-1826) Una vida de abnegación

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“Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” (Salmo 139:9-10).

I.  PRIMEROS AÑOS

El nombre Adoniram Judsos le es familiar a todos los que tienen algún conocimiento de la historia de las misiones. Fue uno de los primeros misioneros foráneos, si no el primero, que salió de los Estados Unidos. Muchos creyentes actuales también conocen los principales acontecimientos de su vida. A pesar de esto, ¿cuánto saben acerca de Ana Judson, la esposa de Adoniram Judson? ¿Era Ana sencillamente la esposa de un hombre que quería ser misionero? ¿O era ella su igual en lo que se refiere a consagración, espiritualidad y disposición para sufrir por la causa de Cristo y el alma de los hombres? Lea su historia y encuentre las respuestas a medida que va leyendo la vida de Ana Judson, misionera a Birmania.

Ana Judson nació en un hogar Congregacional en Bradford, Massachusetts, poquito antes de Navidad en 1789. La filosofía de vida en su hogar era que uno debe buscar ser feliz y disfrutar de la vida en toda su plenitud. Por eso, esta chica excepcionalmente inteligente y alegre era muy popular entre sus amistades, y por lo general, el centro de atención en las reuniones y los eventos sociales. Aunque la menor de cinco hermanos, ninguno de ellos le podía hacer sombra. Dondequiera que se encontraba, nadie podía estar triste o infeliz. Aunque asistía a la iglesia con fidelidad y mantenía la costumbre de orar, su interés principal eran sus amistades y su vida social.

Luego, en el verano de 1805, cuando Ana tenía dieciséis años, hubo un avivamiento en su tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra. Resulta que a la Academia Bradford llegó un maestro nuevo. Empezó a hablar acerca de la salvación, el cielo, el infierno y la necesidad de una conversión personal. Muchos se fueron convirtiendo. Los padres, hermanos y la hermana de Ana se convirtieron, al igual que una de sus amigas más cercanas, llamada Harriet Atwood. ¡Y Ana también se convirtió a  Cristo!

Escribió en su diario que aunque se había educado con un fuerte fundamento moral, rara vez había sentido ninguna impresión seria del Espíritu Santo. Había creído que siendo buena y de buena moral, podía escapar del infierno. Aunque en ocasiones sentía culpabilidad por sus pecados, la ignoraba. Llenaba su vida de placeres y diversiones, hasta que un día leyó el versículo: “Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta” (1 Timoteo 5:6). Luego leyó El Progreso del Peregrino y decidió vivir una vida religiosa, pensando que iba camino al cielo. Así siguió titubeando entre renunciar a los placeres y las diversiones, y volver a sus fiestas y esparcimientos. Incluso lloraba, consciente de sus pecados, para luego volver a las diversiones de su vida social.

Esto siguió igual por unos cuantos meses hasta que visitó a una tía quien le preguntó acerca de su condición espiritual. La tía le advirtió en contra de tomar a la ligera la obra del Espíritu Santo en su vida. No obstante, siguió titubeando y hasta llegó a sentir antipatía por un Dios santo, quizá porque él se interponía para impedir que continuara su manera de vivir. Finalmente, mientras leía True Religion (Religión verdadera), por Bellamy, comprendió la verdad acerca del carácter de Dios y la pecaminosidad de su propio corazón, y se convirtió a Cristo. Ahora su vida había cambiado al convertirse en seguidora de Dios y su Palabra, y poseedora de la verdadera felicidad basada en la obra de Cristo a favor de ella, no basada en un fundamento falso de placeres del mundo. Comenzó a demostrar comprensión y habilidad para expresar las verdades más profundas de la teología. Empezó a orar pidiendo que el Señor preparara su corazón para la obra que él quería que ella realizara para él.

Después de su conversión, Ana comenzó a sentir el anhelo de que otros comprendieran los grandes atributos de su Dios5 grande. Tomó la resolución de continuar su constante lucha contra sus pecados a fin de poder cumplir plenamente la voluntad del Señor. Leyó a todos los grandes escritores teológicos de su época, aun a Jonathan Edwards. Fue maestra de escuela por varios años en Salem, Haverhill, y Newbury, trabajo que se tomaba muy en serio. Oraba por la conversión de sus alumnos, y en su diario comenzó a mostrar evidencias de un anhelo incontenible de que Dios fuera glorificado por medio de conversiones en otros países. Al leer la vida de David Brainerd, se sintió muy compungida al igual que entusiasmada por vivir una vida santa ante un Dios santo.

Luego, el 28 de junio de 1810, cuando tenía veintiún años, cuatro estudiantes que se habían entregado para ir como misioneros a otros países, visitaron su iglesia y se hospedaron con la familia Hasseltine. Uno de esos jóvenes era Adoniram Judson. Por supuesto, Ana lo cautivó inmediatamente. No es de sorprender que él se preguntara si ella sería la respuesta a una de sus oraciones. No solo le cautivó su belleza, sino de mayor importancia, su profundo espíritu de consagración; y, sí, también su profunda preocupación por la obra misionera. Él le escribió un mes después preguntando si sería posible iniciar un noviazgo. Ella contestó que él le tendría que preguntarle a su padre. Esto eventualmente resultó en que él le escribiera la siguiente carta al papá de ella, pidiendo su mano: Ahora tengo que preguntar si consentiría en separarse de su hija a principios de la próxima primavera para no volver a verla en este mundo; si consentiría en que ella partiera a un país pagano y se sujetara a las pruebas y sufrimientos de una vida misionera; si consentiría en que se expusiera a los peligros del océano y la influencia fatal del clima del sur de India y a toda clase de carencias y angustias y situaciones degradantes, insultos, persecución y quizá una muerte violenta. ¿Puede consentir a todo esto por Aquel quien dejó su hogar celestial y murió por ella, y por las almas perdidas que perecen, por Sión y la gloria de Dios? ¿Puede consentir a todo esto con la esperanza de encontrarse pronto con su hija en la gloria, con una corona de justicia iluminada por las aclamaciones de alabanza al Salvador, de los paganos salvados de una condenación y perdición eterna, gracias a ella como instrumento del Señor?

Juan y Rebecca Hasseltine dejaron que su hija menor tomara su propia decisión. Durante el tiempo de decisión, Ana tuvo una profunda lucha espiritual al examinarse a sí misma, al contar todo el costo que requería encontrar una respuesta. Muchos se oponían rotundamente. Después de todo, ¡sería la primera mujer de Norteamérica en ir a otro país como misionera! Pero una vez que tomó su decisión, nadie podía disuadirla de su propósito de responder al llamado de Dios sobre su vida. En la primavera de 1811, su amiga Harriet Atwood tomó la misma decisión cuando decidió casarse con Samuel Newell, que también había sido uno de los cuatro visitantes.

El Día de Año Nuevo de 1811, Adoniram Judson escribió: Sea este año uno en que tu andar sea cerca del Señor, tu estado de ánimo tranquilo y sereno. Sea este un año en que te eleves por encima de las cosas terrenales y estés dispuesta a hacer en este mundo lo que sea la voluntad de Dios. A medida que cada momento del año te vaya acercando más al final de tu peregrinaje, que te acerque más y más a Dios y estés más preparada para dar la bienvenida al mensajero de la muerte como un libertador y un amigo. Sea este año cuando cambies tu nombre, cuando te despidas de tus familiares y tu patria, y cuando cruces el ancho océano y vivas al otro lado del mundo entre un pueblo pagano. Qué cambio tan grande probablemente suceda este año en nuestra vida.

El 5 de febrero de 1812 se casaron y se despidieron con emoción y lágrimas de sus familiares y amigos. El 6 de febrero se realizó el culto de ordenación de Adoniram Judson y Samuel Newell, y partieron para la India el 18 de febrero de 1812, llegando a Calcuta el 18 de junio del mismo año, listos para servir a su Señor del modo como él quisiera. ¡Poco se imaginaban por qué rumbo les llevaría esa senda!

A INDIA Y BIRMANIA

Al partir Ana de los Estados Unidos, escribió lo siguiente en su diario: Me despedí de mis amigos y mi tierra… Durante tanto tiempo había anticipado la dura prueba de la partida, que me resultó más tolerable de lo que había temido. Pero igual mi corazón sangra. O América, tierra mía, ¿tengo que dejarte? ¿Tengo que dejar a mis padres, mi hermana y mis hermanos, mis queridos amigos y todos los recuerdos de mi juventud?… Sí, tengo que dejarlos por una tierra pagana y un clima desagradable. Adiós, recuerdos felices, felices, pero nunca, no, nunca a ser olvidados.

El 27 de febrero de 1812 escribió mientras surcaban el océano: La luna llena se reflejaba luminosamente en el agua, y todas las cosas a mi alrededor conspiraron para darme sensaciones agradables aunque melancólicas. Mi patria, mi hogar, mis amigos y todos los placeres a los cuales había renunciado se agolparon en mi mente. Las lágrimas brotaron profusamente y no tenía consuelo. Pero casi inmediatamente el pensamiento de haber dejado todo eso por la amada causa de Cristo, y la esperanza de un día ser instrumento para guiar a algunas mujeres degradadas y desdichadas a aceptarlo como su Salvador, calmaron mi dolor, secaron mis lágrimas y devolvieron la paz y tranquilidad a mi mente.

Ana estaba convencida que aunque no sabían lo que les deparaba el futuro, Dios sí lo sabía. Tal era la convicción de Adoniram y Ana en la providencia y soberanía de Dios mientras pasaban su luna de miel en un barco rumbo a la India. Indudablemente la presencia de Dios estaba aun en este lugar y en cada lugar por donde anduvieran.

Pasaron varios meses antes de que avistaran su destino, pero finalmente llegaron a la India el 14 de junio de 1812. Sus corazones palpitaban de alegría al igual que de ansiedad al anticipar que su ministerio posiblemente sería allí. Al llegar, los esposos Judson se sintieron completamente abatidos al ver los actos de adoración falsa, la pobreza, esclavitud y la espantosa miseria de la gente.

Y de inmediato tuvieron que hacer frente a varios problemas. Primero, estaba la búsqueda de un lugar dónde servir. Segundo, debido al estudio que habían hecho del Nuevo Testamento griego durante el viaje, Adoniram y Ana se hicieron bautistas. El 6 de septiembre de 1812, William Ward, asociado de Guillermo Carey, los bautizó en Calcuta en la Capilla Lal Basar de Guillermo Carey. Les preocupaba lo que su iglesia congregacional y sus familias dirían de dicho cambio.

Pero, ¿dónde trabajar? Este era el dilema más grande de los nuevos misioneros. Fueron forzados a tomar una decisión cuando en noviembre del 1812, la Compañía de las Indias Orientales les dio un ultimátum para que salieran de la India y regresaran a Londres. ¡Se han de haber preguntado si su carrera misionera había terminado aun antes de que empezara!

Pero el Señor abrió las puertas para que zarparan rumbo a la Isla de Francia a principios de diciembre de 1812. Cuando llegaron, fue solo para encontrase con noticias inesperadas y terribles, ¡Harriet Newell, la amiga de la infancia y compañera misionera de Ana había fallecido! Harriet y su esposo habían viajado con ellos a la India en el mismo barco y luego habían continuado rumbo a la Isla de Francia en otro barco. Pero Harriet y su bebé habían fallecido en alta mar. Antes de dejar la Isla de Francia, Ana visitó la tumba de Harriet y escribió en su diario el 10 de abril: Acabo de regresar de la tumba de Harriet. No la pude visitar antes por la distancia. La visita hizo aflorar muchos sentimientos dolorosos y sombríos. Apenas un tiempito atrás estaba con nosotros en el barco compartiendo oraciones y alabanzas. Ahora su cuerpo se está convirtiendo en polvo, en una tierra de extraños, y su espíritu inmortal sin duda se habrá sumado a la compañía de los espíritus santos alrededor del Trono, donde puede cantar cantos mucho más jubilosos que cuando era prisionera aquí en la tierra.

Uno solo puede imaginar los muchos sentimientos encontrados de Ana al visitar la tumba de su amiga, porque también ella esperaba un bebé y no tenía idea de dónde nacería. No obstante, por la providencia de Dios, el Señor les abrió una puerta para que fueran a Birmania, localizada entre India y China. Otros habían intentado trabajar allí, pero el budismo copaba la nación; aún seguía sin ser evangelizada, y su gobierno se oponía al cristianismo. Algunos misioneros en la India les advirtieron que no fueran a Birmania por su inestabilidad. Pero nuevamente por la providencia de Dios, con un decreto que les obligaba a salir de la India y cuya fecha estaba por vencerse, solo pudieron encontrar un barco que salía de la India, ¡y este navegaba rumbo a Rangún, Birmania! Fue un viaje muy triste: su hijito nació muerto y ella también casi pierde la vida.

 

Cuando llegaron a Rangún, encontraron la ciudad plagada de moscas, ratas y muchas otras clases de bichos y alimañas. Es fácil comprender que los esposos Judson se sintieron muy deprimidos y abandonados durante la primera noche de su arribo. Pero Dios restauró la salud de Ana y comenzaron a instalarse, orando mucho a Dios pidiéndole sus bendiciones. Durante los años siguientes, Adoniram y Ana se entremezclaron con la gente del lugar y aprendieron el idioma. Hasta se ocuparon de conocer a los oficiales del país buscando que los aceptaran. Aprovechaban cada oportunidad en sus conversaciones con la gente para tratar de presentar el evangelio.

Al comienzo del año 1815, Ana se volvió a enfermar de gravedad, y no había médicos en Rangún. Tuvo que viajar de nuevo a la India para recibir tratamiento. Volvió a recuperarse y regresó a Birmania, donde el 11 de septiembre de ese año dio a luz a su segundo hijito, Roger Williams Judson. Todo esto sin médico o ayuda, excepto la de su esposo. Se sintieron alentados por su nuevo hijito que nació sano, pero también por el avance que estaban logrando con el idioma y por la habilidad que ahora tenían de compartir el evangelio en el idioma del pueblo. Pero al poco tiempo escribió en una carta a los suyos en Norteamérica las siguientes tristes palabras:

Poco me imaginaba cuando les escribí mi última carta que la próxima estaría llena del triste tema que tengo que comunicarles ahora. La muerte, sin tener en cuenta nuestra soledad, entró en nuestra morada [nuevamente] e hizo de la familia más feliz, la familia más desgraciada. Nuestro pequeño Roger Williams, nuestro único hijito querido, fue sepultado hace tres días en una tumba silenciosa. Durante ocho meses disfrutamos del precioso regalito, en los cuales se entrelazó tan completamente con el corazón de sus padres, que su existencia parecía indispensable para la de ellos. Pero Dios nos ha enseñado con las aflicciones lo que no aprenderíamos a través de sus misericordias: que nuestros corazones son su propiedad exclusiva, y sea cual sea el rival que se inmiscuya, él lo quitará… No nos sentimos con humor para murmurar o para preguntarle a nuestro Soberano por qué ha hecho esto… Oh, que no sea en vano lo que él ha hecho.

Esta experiencia sería una de las más tristes que sufrirían Ana y Adoniram. Después de la muerte del pequeño Roger, se abocaron con renovados bríos a la obra a la cual Dios los había llamado. Pero sus pensamientos también se volvían a la eternidad.

Mientras Adoniram traducía y avanzaba más en el idioma, Ana inició una escuela para niñas; sus alumnas llegaron a ser veinte y luego treinta. Aunque Rangún era un lugar de miseria, se negaban a salir, porque estaban convencidos de que si se iban, la sangre de los birmanos caería sobre ellos. Sabían que tenían que tener una visión que abarcara mucho más que el futuro inmediato y evitar la tentación de procurar triunfos visibles pero falsos. Dios comenzó a enviar a simpatizantes, pero no fue hasta julio de 1819 que tuvieron al primer convertido, después de seis años de trabajar para hacer conocer la Palabra de Dios. Luego dos misioneros nuevos contrajeron tuberculosis. Era evidente que Edward Wheelock no sobreviviría, pero su esposa se negaba a admitirlo. Esta se puso paranoica, pensando que Ana y Adoniram estaban en contra de ellos. Decidió llevarse a su marido de Birmania contra el consejo de todos sus amigos, a quienes se negaba a creer. En el barco navegando hacia Bengala, el 7 de agosto de 1819, Edward Wheelock se arrojó por la borda y murió ahogado.

¿Estaba Ana desanimada y lista para darse por vencida ante todas estas desilusiones? Le escribió a su hermana que si tuviera la oportunidad de volver a tomar una decisión con relación a la aventura misionera, tomaría la misma. Decía que si algo había aprendido desde su salida de los Estados Unidos, era el creciente conocimiento de su indescriptiblemente malvado corazón. No había en el alma de Ana Judson o de Adoniram Judson ninguna idea de volverse atrás, ¡a pesar del pasado o del futuro!

AÑOS POSTERIORES

Tomó seis años para que los esposos Judson vieran a personas convertidas al Salvador; pero para 1820, diez verdaderos convertidos habían dejado todo para seguir a Cristo, sabiendo muy bien que arriesgaban su vida por Cristo, aun diariamente. Luego, justo cuando parecía que el ministerio comenzaba a dar fruto, Ana volvió a enfermarse; regresar a los Estados Unidos era su única esperanza de recuperación. Era probable que tuviera que ausentarse por dos años, lo cual era claramente una pérdida para Adoniram y todo el ministerio. El 21 de agosto de 1821 partió para Calcuta; pero desde Calcuta le fue imposible conseguir pasaje en un barco rumbo a los Estados Unidos, y finalmente tuvo que embarcarse hacia Inglaterra el 5 de enero de 1822. Cuando Ana llegó a Inglaterra, un miembro del Parlamento metodista la patrocinó y la cuidó gentilmente. Ella embarcó hacia los Estados Unidos el 16 de agosto de 1822, después de estar separada por casi un año de Adoniram. Escribió al partir de Inglaterra: Si termino el viaje con vida, la próxima tierra sobre la cual caminaré será mi propia tierra, mi amada Norteamérica, la tierra donde nací. No me puedo imaginar estar de regreso en mi propio y querido hogar en Bradford, entre los lugares de mi juventud donde cada rincón tiene un tierno recuerdo. Pero la idea constante de que mi querido J. [Sr. Judson] no participa de mis alegrías, las estropea todas.

Fue así como Ana Judson finalmente volvió a su hogar, a su patria, por sus problemas de salud, diez años después de la difícil despedida en febrero de 1812. Recordaba cómo ella y Adoniram con Samuel y Harriet Newell habían sido tan idealistas. Ahora Samuel y Harriet estaban muertos, y ella realmente no había esperado volver a ver a sus padres o a su familia. Aunque la visita estuvo llena de mucho gozo, su salud empeoró. El clima frío la molestaba muchísimo, y el dolor en el costado y la toz terrible volvieron para asolarla. Además, las prácticas médicas en esa época no la ayudaron. Todavía practicaban el procedimiento de hacerle una sangría al paciente, creyendo que sería de ayuda; en realidad, no hacía más que debilitar más a un cuerpo ya exhausto y enfermo.

A pesar de todo, ella estaba decidida a volver a Birmania en la primavera de 1823. Se embarcó para Calcuta el 23 de de junio y llegó a Birmania el 8 de diciembre. Adoniram estaba contentísimo de verla y más porque no la esperaba, ya que las comunicaciones con los Estados Unidos eran muy lentas, si acaso existían. Ya casi había llegado a la conclusión de que ella no regresaría, no porque no quisiera, sino debido a su salud. Ahora, juntos una vez más, qué ocasión de regocijo compartieron al renovar su amor por el Señor y el uno por el otro. Y, como lo descubriera Ana, ¡en su ausencia, Adoniram había completado la traducción del Nuevo Testamento al idioma birmano! Todo esto le dio una nueva chispa de fe y esperanza a la obra que Dios les había dado para hacer, aun en un lugar tan difícil como Birmania.

Pasado un tiempo, nuestros misioneros decidieron trasladar su obra a Ava, donde estarían más cerca de las autoridades y los gobernantes del país. Pero al poco tiempo, estalló la guerra entre Birmania e Inglaterra. Adoniram y Ana cayeron en desgracia con el gobierno de Birmania. Los oficiales los consideraban espías de los ingleses. La salud de Ana había mejorado mucho, pero su estado todavía era algo delicado. A medida que Inglaterra iba ganando la guerra, la ira contra los misioneros empeoraba. El 23 de mayo de 1824, Rangún fue tomada por los ingleses, y eso no ayudó la condición de los extranjeros en Ava. El 8 de junio de 1824, el rey ordenó el arresto de Adoniram y otros extranjeros. Los metieron en la Cárcel de la Muerte, un lugar espantoso por el calor, la falta de ventanas, la presencia de todo tipo de alimañas e insectos y un olor a podrido permanente. Ana trató de obtener la ayuda del gobernador para su esposo, pero no la consiguió. Pudo salvar el valioso manuscrito del Nuevo Testamento enterrándolo en el jardín; después lo escondió en una almohada que pudo pasarle secretamente a Adoniram en la cárcel.

Para 1825, Ana se dio cuenta que ya no podría continuar sus visitas a la cárcel, porque esperaba otro hijito en cualquier momento. El 26 de enero de 1825, sin la ayuda de nadie, Ana dio a luz a una niña, María Elizabeth Butterworth Judson. Después de tres semanas, llevó a la pequeñita a la cárcel a ver a su papá. Al poco tiempo, continuó con sus recorridos, llevando a la pequeña María a dondequiera que iba, visitando a todos los que podía con la esperanza de obtener la libertad de Adoniram. Sus esfuerzos libraron a su esposo de la muerte varias veces, porque a medida que llegaba una orden para ejecutarlo, no lo hacían debido a las peticiones que ella presentaba. Vivir constantemente en inminente peligro no era fácil. Sabía que en cualquier momento podía enterarse de que su esposo había muerto a mano del hombre o por causas naturales, o por su enfermedad y las condiciones abominables de la cárcel.

Después, el 2 de mayo de 1825, trasladaron a Adoniram a otro lugar. Cuando Ana llegó a la cárcel, no estaba él y le fue imposible averiguar a dónde lo habían llevado. Se fue corriendo por una calle y después por otra, con la esperanza de alcanzar a ver a los prisioneros o para obtener alguna información acerca de su paradero. Una anciana finalmente le dijo que los prisioneros habían sido llevados a Amarapoora. Después de realizar más averiguaciones, cayó en una profunda depresión. Le pareció haber llegado al peor momento de horror y más muerte. En su desaliento, se acostó silenciosamente por un rato, y luego decidió que a la mañana siguiente se iría a Amarapoora a encontrar a Adoniram. Tendría que llevarse hacia lo desconocido a la pequeña María, que tenía apenas tres meses.

A la mañana siguiente, Ana emprendió su camino. Obtuvo un pase, y luego una carreta, y soportó el doloroso trayecto en caminos polvorientos. Cuando llegó a su destino, se encontró con la cárcel más horrible que había visto en su vida; ¡Aún peor que la cárcel anterior! Pero había logrado su objetivo: había encontrado a Adoniram. Pero, ¿dónde se hospedaría? ¿Qué comería? ¿Qué comería Adoniram?

Uno de los carceleros de Adoniram le dio a regañadientes un lugar para quedarse. Era una bodega mugrienta llena de granos comestibles, y ese fue su hogar durante los próximos seis meses. Soportó esto sin ninguna comodidad, ni siquiera una silla. Durante seis meses, Ana se la pasó consiguiendo comida para ella, su hijita y su esposo. Ella y la pequeña María no estaban bien, y Adoniram se encontraba cerca de la muerte y con los pies destrozados. Era un esqueleto andante, con un cuerpo descuidado y sucio.

El 5 de noviembre, la terrible experiencia llegó a su fin. La guerra había terminado y Adoniram fue puesto en libertad. Ana volvió a su casa, pero sin Adoniram, porque le habían ordenado servir como traductor para ayudar a lograr un tratado de paz entre Birmania e Inglaterra. Aunque estaba enfermo con fiebre, viajó río arriba durante seis semanas, alejándose una vez más de su amada esposa y la pequeña María.

Pero por falta de comunicación durante esas seis semanas en que estuvo traduciendo, Adoniram no supo nada de la condición de Ana y María; y Ana no supo nada del estado de su esposo. Al poco tiempo, Ana contrajo fiebre maculosa, transmitida por garrapatas. Pensó enseguida que la enfermedad sería fatal. Por un tiempo estuvo inconsciente y no sabía nada de lo que pasaba a su alrededor. El Dr. Price, uno de los compañeros misioneros, salió de la cárcel en ese momento. Regresó para atender a Ana, y ella recobró el conocimiento. Su fiebre había durado diecisiete días.

Cuando Adoniram pudo regresar a casa, le permitieron salir de Ava el 21 de febrero de 1826 para ir al campamento militar británico en Yandabo. El 24 de febrero se firmó el tratado de paz entre Birmania e Inglaterra. El 8 de marzo de 1826 la familia viajó a Rangún. Al llegar, se encontraron con que la obra era un caos, el edificio estaba en ruinas y la pequeña congregación de creyentes dispersada. Se dedicaron a un nuevo comienzo, pero no en Rangún, sino en la ciudad de Amhurst. El costo de esos años de guerra había sido enorme, pero ahora esperaban volver a trabajar juntos.

Después de asentarse en Amhurst, Adoniram una vez más tuvo que partir para servir en las negociaciones de paz. Pero esta vez no fue a regañadientes como antes, porque pensaba que estaría ausente de su familia solo semanas, pero en realidad resultaron ser siete u ocho meses. Luego, el 24 de noviembre, recibió una carta que creía que indudablemente le traía la triste noticia de la muerte de la pequeña María. Rápidamente y con ansiedad, abrió el sobre y leyó: Mi apreciado señor, para alguien que ha sufrido tanto y con una fortaleza tan ejemplar, no se necesita un prefacio para dar una mala noticia. Sería, ciertamente, cruel torturarlo con la duda y el suspenso. Para resumir las tristes noticias en pocas palabras: la Sra. Judson ha muerto.

Sin saberlo Adoniram, su amada Ana había fallecido un mes antes, el 24 de octubre, a los treinta y siete años. Sí, había llevado un mes en llegarle la noticia y su cuerpo ya estaba enterrado. Lloró inconsolablemente por el golpe que fue la muerte de su amada.

Al conocer los detalles de la muerte de Ana, Adoniram escribió estas palabras a la mamá de Ana en los Estados Unidos: Parece que su estado mental se vio muy afectado durante los últimos días, y hablaba poco. A veces se quejaba diciendo: “El maestro [su esposo] tarda en venir, y los misioneros nuevos tardan en venir; tengo que morir sola y dejar a mi pequeñita; pero como es la voluntad de Dios, me rindo a su voluntad. No le tengo miedo a la muerte, pero temo que no podré soportar los dolores. Díganle al maestro que la enfermedad fue violenta, y yo no podía escribir; cuéntenle como sufrí y morí”. El último día o dos, permaneció casi inconsciente e inmóvil, acostada sobre un costado, con la cabeza apoyada en el brazo y los ojos cerrados. A las 8 de la noche, con una exclamación de aflicción en el idioma birmano, ¡dejó de respirar…!

¡Oh con cuánta humildad, paciencia, valentía y fortaleza cristiana soportó esos sufrimientos!… Vivió y sufrió mucho por la impiedad de este mundo impío; y fue merecedora de gozar y disfrutar del descanso puro y santo que ha iniciado… Es cierto, ha sido arrancada del corazón quebrantado de su esposo, y de su querida bebita; pero la sabiduría y el amor infinito han primado como siempre en la administración de este sufrimiento tan grande. La fe determina que todo está bien; y la decisión de fe, la eternidad pronto confirmará.

Después, el 24 de abril de 1827, a los seis meses de la muerte de su madre, María se reunió con su ella en la muerte. María murió a la edad de dos años y tres meses, habiendo conocido poco más que el sufrimiento físico.

En diciembre de ese mismo año, Adoniram escribió a su familia y a la de Ana: La muerte se burla de nosotros, y aplasta en el polvo nuestras vidas y esperanzas más queridas. Tirana atroz, hija y aliada del pecado. Pero sigue por ahora, y haz lo peor de lo que eres capaz. Tu hora vendrá. El último enemigo a ser destruido es la muerte. Sí, poder terrible, te devorarás a ti misma y morirás. Y entonces mi Ana angelical, y mi Roger humilde de ojos azules, y mi tierna y cariñosa María, y mi padre venerado, ustedes mis queridas hermanas que todavía permanecen, nuestros padres que aún están en este mundo, y yo, aunque no lo merezco, seremos rescatados del poder de la muerte y la tumba. Y cuando recibamos en nuestra frente la corona de vida, y sepamos con seguridad que no volveremos a morir, haremos que los arcos del cielo se llenen de cantos de alabanzas a él, quien nos ha amado y lavado de nuestros pecados con su propia sangre…

Algunas puestas de sol más y recibirán ustedes noticias de mi muerte, o yo la de ustedes. Hasta entonces, créanme que sigo siendo vuestro hermano que os ama. Y cuando nos encontremos en el cielo – cuando todos hayamos llegado y encontremos a todos a salvo, a salvo para siempre y a nuestro Salvador siempre a salvo y glorioso, y en él todos sus amados – ¡oh, seremos felices, y alabaremos para siempre a Aquel que soportó la cruz para usar y conferir tal corona!

CONCLUSIÓN

Hemos visto algo de la vida de Ana Judson quien, junto con su esposo, fundó la iglesia birmana. Sus esfuerzos inagotables y sobrehumanos salvaron la vida de su esposo durante el tiempo de guerra, de modo que pudo él, más adelante, establecer más firmemente a los creyentes birmanos. Ella, junto con su esposo, avivaron el fuego de las misiones entre los bautistas en Norteamérica e inspiraron a miles a seguirles en diversos campos misioneros alrededor del mundo. Lo escritos de ella son un ejemplo de profunda consagración y dedicación a Cristo. Su percepción de su propio pecado, su profunda convicción de la soberanía y providencia de Dios, su comprensión de la necesidad de una religión centrada en Dios y no una centrada en el hombre, su total dependencia de la Palabra de Dios, y su fe que venció cada desaliento… estas son las características de Ana Judson.

Un escritor resume su vida así: “Fue una mujer que amó mucho: amó a su esposo, amó a sus hijos, amó al pueblo birmano, pero sobre todo, amó a su Dios”.

Debemos agregar que ella fue alguien en cuyo corazón ardían la gracia y el amor de Dios. ¿Podría haber sido tan consagrada sin esa realidad? ¿Podría haber sufrido sin ese poder? ¿Podría haber continuado bajo circunstancias tan terribles sin el poder consumidor de Dios? ¿Y no es esto lo que necesitan nuestros corazones y nuestras vidas en la cómoda Norteamérica y en todo el mundo? ¡Arde en mí, fuego de Dios! Sea hoy esa oración también la nuestra.